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El México católico, que es la inmensa mayoría, recibió la visita de su más alto guía espiritual, el Papa Juan Pablo II. Su venida a nuestro país tiene un objetivo sumamente importante y significativo para todos, creyentes y agnósticos por igual. Para los primeros el Sumo Pontífice llega a entronizar en el mundo de los Santos a un indígena, Juan Diego, y a dar un respaldo más al llamado milagro del Tepeyac. Para los demás de cualquier denominación religiosa o postura intelectual que sean se trata de un bienvenido reconocimiento a nuestra mexicanidad mestiza, a nuestras más hondas raíces étnicas y culturales.
Al mismo tiempo es un gesto humano, lleno del verdadero espíritu del Cristo, ya que se trata de un anciano que se encuentra sumamente enfermo, de un hombre que ha agotado sus fuerzas en su tarea pastoral de búsqueda de la paz y concordia entre los pueblos del mundo, y para quien ‘México siempre fiel’ significa la posibilidad no extinta de entendimiento y concordia entre los hombres.
Ojalá y los buenos deseos del Pontífice se conviertan en una hermosa realidad cotidiana, y que en México reinen la verdad, la concordia y la comprensión que tanto necesitamos todos.
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