Estelares
Ana Cristina Fox
por: Luis Díaz
Fuente: Caras

Antes de irse nos recibió en la cabaña donde vivió el sueño de millones de niñas y nos contó sobre su vida ante los reflectores y su nuevo amor.

Provincianos, procedentes de León, Guanajuato, los hijos del Presidente Vicente Fox, Ana Cristina, Vicente, Paulina y Rodrigo, serán recordados, en general, por la misma cualidad que su papá: la sencillez. Pero una de sus hijas supo sacarle el mayor provecho posible al sueño de millones de niñas: ser la hija del Presidente de la República. Ana Cristina no sólo se hizo notar desde el primer año del mandato de su papá, acompañándolo a eventos públicos y llenando ese rol como de ‘‘primera dama’‘ que en el momento se encontraba vacío, hasta que llegó a llenarlo –o quizá a arrebatárselo- su nueva madrastra, Marta Sahagún.

Muchos seguidores de la historia de la ‘‘Primera Familia’‘ simpatizaron con Ana Cristina, y de los cuatro hijos del Presidente, ella se convirtió en la favorita, pues no guardó un bajo perfil como su hermana Paulina, sino que se convirtió en poco tiempo en una asediada socialité, seguidora de las tendencias de la moda, asistiendo a los mejores eventos sociales y haciéndose un cambio de look muy favorecedor al operarse la nariz. Pero detrás de todo eso, hay una niña que se describe a sí misma como alguien relajada, easy going, comprometida con su trabajo y con las cosas que le interesan, responsable, amiguera y que generalmente está de buenas. Pero, ¿cómo fueron realmente sus años en Los Pinos?, ¿cómo cambió su vida? y sobre todo, ¿qué pasará ahora que ya no sea la hija del Presidente? Por eso buscamos a Cris –como le dice su familia–, para que ella nos contara su privilegiada experiencia desde su cabaña, la que ha sido su casa estos seis años y así terminar con los rumores, los chismes y conocer una sola historia: la suya.

UN BOSQUE, ¿DE CUENTO DE HADAS?
Llegamos a la puerta número 4 de Los Pinos. Nos identificamos –con credencial del IFE– y comprueban que nuestros nombres coincidan en una lista que previamente habíamos enviado al Estado Mayor. Se abre el portón verde del estacionamiento, vemos las camionetas donde viaja la familia presidencial y nos indican que nuestra anfitriona ya está lista para el maquillaje –diario se levanta a las 7:45, así que ya le había dado tiempo de bañarse y desayunar. Todo huele a bosque y –aunque estamos en la ciudad de México– se respira un aire superfresco. Subimos una pequeña rampa, del lado izquierdo hay una cabaña grande (donde viven Vicente y Marta Fox), enfrente una más pequeña, la de Cristina (y Paulina, antes de que se casara y se fuera a vivir Australia), en medio de las dos hay una pequeña resbaladilla de plástico, seguramente para diversión del nieto del Presidente (el hijo de Vicentillo y Paulina Rodríguez). El gran jardín está en silencio, sólo se escucha el canto de algunos pájaros –dicen que cuando hay manifestación, se oyen los gritos y las protestas en Constituyentes–, pero esta mañana está tranquila y justamente ese es uno de sus atractivos y de las cosas que más se podrían extrañar.

En la puerta de madera nos recibe otra persona del Estado Mayor, luego Cris sale a saludarnos y nuevamente se mete a su vestidor para que la maquillen y la empiecen a peinar. Mientras nos instalamos, reconocemos una auténtica casa de campo, fría, húmeda, sencilla, principalmente de colores claros y con toques modernos. ‘‘Yo di la idea de mi cabaña y la acondicionó un arquitecto y diseñador. A mí me encanta, me siento muy bien aquí, es muy acogedora, muy mi estilo, como minimalista, pero al mismo tiempo te sientes en casa, no en un espacio vacío... es un privilegio despertar con una vista llena de verde, de árboles’‘.

Mientras recorremos la cabaña para definir las tomas que vamos a hacer, encontramos el estudio. La primera imagen que salta a la vista es una pintura de Vicente Fox, en los libreros hay una virgen, un cuarzo, tambores, libros de geografía, derecho (eso estudió Cris), tomos de la Constitución, un reconocimiento de la Cruz Roja, otro de la Universidad Iberoamericana y algunas revistas CARAS. En una mesita varias fotos de ella (cuando tenía actividades de ‘‘primera dama’‘) y otras de su mamá con su sobrino. Detrás, una computadora, lápices, papelería membretada con su nombre, el estéreo y hasta un karaoke. Pasamos a la sala y de frente hay una chimenea. Al fondo del pasillo, a mano izquierda, la habitación donde dormía Paulina y a la derecha su espacio personal, solamente reservado para ella: su cuarto; su lugar favorito en la cabaña: ‘‘Es al que más le he metido yo. Están mis fotos, mi computadora, aquí están todas mis cosas’‘. Frente a un gran espejo está el comedor y, junto, una charola con los periódicos del día, sólo dos: el Reforma y El Financiero. Al fondo está la cocina decorada con el mismo estilo; ahí su cocinera ya prepara algo para la hora de la comida. Sus utensilios son de lo más sencillos, entre ellos cucharas de hierro y ollas de peltre.

AUSTERIDAD VS. LUJO
El mito de los lujos exagerados –cuando menos en este sexenio– se desmorona. Por ningún lado hay ‘‘charolas y ollas de plata’‘, no hay nada ostentoso y al parecer aquí se vive de lo más normal. Sin embargo a cualquiera le emociona la idea de llegar a vivir a Los Pinos: ‘‘La primera vez que entré aquí sí dije ‘wow!, estoy en Los Pinos’ ‘‘; sin embargo, su papá siempre les hizo ver que eso era algo pasajero: ‘‘Pero ya; para mí, ahorita, es mi casa, y siempre aprendí a verlo como algo temporal. No sabía si iba a vivir aquí los seis años, si en ese lapso... No sé, la vida te cambia en un segundo. Entré aquí cuando tenía 21 años y mi papá siempre nos dijo que esto era temporal’‘.

La casa, los privilegios, las atenciones, el poder, sólo duran un momento y es esa filosofía la única que puede ayudar a mantener los pies en la tierra. ‘‘Siempre fui una persona normal, y en donde lo notas, es en los detalles –como que te abran paso– o cosas que se imagina la gente que le pasan a los hijos del presidente. Por lo menos, hablo por este sexenio, conmigo no fue así. Cuando llego a un antro, (por ejemplo al Cluv o al Shine) no me tratan bien porque soy hija del Presidente, sino porque soy muy asidua, pero el otro día fui a un antro nuevo y tuve que esperarme en la cadena. Realmente soy normal y la gente tiene esas ideas, mal concebidas, o que se les quedaron en la mente de lo que estaban acostumbrados a ver, lo que se oía o se escuchaba de otros hijos de presidentes, pero en este caso no fue así’‘.

Efectivamente, hoy existen ‘‘leyendas urbanas’‘ y cosas que se dicen sobre los excesos que pasaron en otros sexenios, las fiestas, las parrandas y las actitudes prepotentes de algunos. Sin embargo, hoy solamente son anécdotas del pasado. ‘‘Se me hace que llevo un tipo de vida distinto, tampoco los conocí en aquel entonces y ellos, como yo, seguramente estuvieron en el ojo del huracán y muchas de las cosas que se dicen a lo mejor no son ni remotamente ciertas’‘. Pero ¿qué es, entonces, lo que sí se puede hacer en Los Pinos? ¿Qué se permite? ¿Qué pasa si Ana Cristina quiere hacer una fiesta en su cabaña? La contestación sigue aquel consejo tan sabido de: Nada con exceso, todo con medida. ‘‘Mi fiesta de cumpleaños, generalmente sí (la hago aquí). Nunca la hago con mucha gente; no me está permitido, a mi papá no le gustan los escándalos, ni las fiestas grandes, ni ser ostentosos. Yo sé que no le gustaría que las hiciera. Creo que cuando ves a alguien sudar como vi a mi papá luchar en su carrera política, lo he visto trabajar, partirse el lomo, desvelarse, pasar por situaciones políticas muy difíciles, entonces creas conciencia de que una estupidez tuya no merece la pena como para destruir lo que le ha costado tanto trabajo; son demasiados sacrificios para estar haciendo escándalos o provocando que la gente hable mal de mí y, por consiguiente, de mi papá’‘.

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. Foto: Caras

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