¿Cómo no querer a Orhan Pamuk?, se han preguntado los críticos. “El hombre es un buen tipo. Afirma escribir novelas y eso hace. Declara estar ‘comprometido’ con la realidad de su país y apenas si escribe sobre otra cosa. Posee, además, un perfil político intachable. Cuando hubo que condenar la fatwa contra Salman Rushdie, fue el primer turco en hacerlo. Aun contra las leyes de su país, denunció el genocidio armenio y la masacre de kurdos. Ha defendido la espesa identidad de su país ante el afán homogeneizador de la Unión Europea, a la vez que apoya la integración de Turquía a la liga de naciones democráticas. Vaya, el tipo es incluso fotogénico”, escribió recientemente Rafael Lemus en el suplemento cultural El Ángel. Pero, ¿quién es este Orhan Pamuk? Bueno, sin duda es ahora el Premio Nobel de Literatura 2006 –un reconocimiento dado con un ojo en la literatura y otro en la política–. Así, sabemos que es el primer turco en recibir este galardón, pero, ¿qué más sabemos de él? Poco, muy poco y, al mismo tiempo, mucho, casi todo. Lo cierto es que Pamuk ofrece el perfil de un escritor muy particular. Es un hombre de apariencia bondadosa, tranquila, recibió una educación privilegiada, como correspondía a un miembro de la alta burguesía turca; sus abuelos, ingenieros de profesión, labraron la fortuna familiar con el negocio de la construcción de los ferrocarriles. “Acudió a una escuela laica, la Americana de Estambul, donde se enseñaba en inglés y en turco. Finalizado el bachillerato fue a la universidad de Estambul para estudiar arquitectura. Corría el año 1970, por entonces soplaban aires marxistas e izquierdistas en las aulas, sin embargo, el ahora laureado se mantuvo al margen, aprovechando el tiempo para sumergirse en la lectura de los textos canónicos de la literatura moderna universal, de los eminentes novelistas rusos del siglo XIX a Proust o Virginia Woolf”, sostiene el español Germán Gullón, especialista en su obra, en un artículo publicado en el suplemento El Cultural. Su primer éxito vendría con El astrólogo y el sultán en 1985, texto que evi- logo dencia una fuerte influencia del argentino Jorge Luis Borges y del italiano Italo Calvino. La obra llamó la atención, entre otros, del estadounidense John Updike, quien asemejó al autor turco con el francés Marcel Proust. Pamuk vivió luego tres años en Nueva York, acompañando a su mujer, Aylin Turegen, mientras ella hacía su doctorado en historia. El tiempo se le va encerrado en la biblioteca de la Columbia University, redactando lo que sería su cuarta novela, El libro negro. Ficción que Ficción supondría su consagración en Turquía, pero a la vez su primer encontronazo con la crítica de su país. Y aquí viene la primera gran clave de la obra y el éxito de Pamuk: “Su genio literario deriva de cómo representa en sus textos al hombre enfrentado a un gran dilema, la imposible elección entre el secularismo occidental, la tradición ilustrada, o el oriente, la islámica”, señala Gullón.
La vida nueva, aparecida en 1994, fue apa un éxito de ventas en Turquía. Desde entonces, las presentaciones de los libros de Orhan Pamuk son como eventos hollywoodenses, característica a la que sus numerosos detractores han sacado provecho, argumentando que todo se trata de un gran plan de mercadotecnia. De este modo, su producción literaria se ha insertado en el debate político del presente, debido, en gran parte, a las actuaciones de los ultranacionalistas turcos, quienes lo acusaron de traición por las declaraciones hechas a un periódico suizo en 2005 sobre la matanza, en 1905, de más de un millón de armenios y 30 mil kurdos. “Muchos turcos le reprochan su conducta, el sacar a la luz pública los trapos sucios de su historia. Pero la élite literaria occidental apoyó fuertemente a Pamuk, declarándole una especie de Émile Zola actual, lo que constituyó una buena ocasión para que autores famosos como el alemán Günter Grass y el portugués José Saramago –también galardonados con el Nobel y ‘conciencias críticas’ de sus respectivos países–, entre otros, se sintieran inspirados por un nuevo héroe intelectual”, explica el especialista español. Pamuk no fue condenado, incluso se canceló el juicio, pero poco antes de la audiencia escribió: “Viviendo como vivo en un país que honra a sus pashas, santos y policías en cada oportunidad, pero que se niega a honrar a sus escritores hasta que no hayan pasado varios años en juzgados y prisiones, no puedo decir que ser procesado me haya tomado por sorpresa. Entiendo por qué mis amigos sonríen y dicen que al fin soy ‘un escritor turco de verdad’. Pero cuando dije las palabras que me pusieron en problemas yo no buscaba esa clase de honor”. De cualquier forma, ser el primer escritor turco que recibe el Premio Nobel de Literatura ha hecho que el premio sea muy preciado en dicho país, como el mismo autor reflexionó en una entrevista telefónica con la Academia Sueca el mismo día del anuncio: “Es bueno para Turquía, por supuesto, pero lo hace (al premio) más político, lo cual podría ser un peso más para mí”.
Pero aun siendo una ‘celebridad’ en su país por la calidad de su escritura, el reconocimiento internacional a sus novelas, el volumen de ventas y sus posturas públicas, Pamuk rechaza públicamente el nombramiento de ‘Artista del Estado’. Lo cierto es que su obra no es totalmente desconocida en las latitudes hispanas, además, y a diferencia de otros laureados previos, varios de sus libros se han traducido a nuestro idioma. Entre ellos el más reciente, Estambul. Pero Estambul hay otra ‘buena’ noticia para el lector mexicano e hispanoamericano en general: “Será el menos sorprendido con la obra de Pamuk –ha sostenido Rafael Lemus–. Estamos acostumbrados a su presencia incluso antes de haberlo leído. Su estrategia narrativa nos es extrañamente familiar, entre otras cosas porque no es distinta a la del Boom. Tanto Pamuk como Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa están casados con el mismo proyecto: aplicar las técnicas modernas a la tradicional realidad de sus países y anotar lo que emerja de ese encuentro.
Lo mismo el turco que los latinoamericanos se saben versiones excéntricas de Occidente y decidieron, desde hace tiempo, encarnar la modernidad narrativa dentro de sus tradiciones locales”. Sin embargo, Orhan Pamuk pertenece también al linaje de Günter Grass, Gabriel García Márquez y Salman Rushdie. “Narradores torrenciales cuyo reparto de personajes se ordena en genealogías o sagas migratorias y cuyas tramas se multiplican al modo de Las mil y una noches”, apunta Juan Villoro en una de sus columnas publicada en Reforma. Pero volvamos a la pregunta: ¿Quién es Orhan Pamuk? Pamuk es una persona con un inusitado afán controlador, como lo demostró en una entrevista rijosa con la escritora española Rosa Montero para el diario El País, poco País tiempo antes de anunciado el Nobel.
“Los primeros cinco minutos, nada más encontrarnos, me somete a un férreo y minucioso interrogatorio: ¿No viene un fotógrafo con usted? ¿Entonces qué fotos van a utilizar? ¿Dónde va a salir la entrevista? ¿Cuántas páginas ocupará? ¿El suplemento tiene formato de revista o de periódico? ¿Va a ser una entrevista o un perfil? ¿Será todo pregunta y respuesta, o habrá textos escritos por usted? ¿Sólo un texto al principio, o también observaciones intercaladas entre las preguntas?”, relata la periodista. “Alto y delgado, de huesos elegantes y aspecto juvenil (no aparenta sus 54 años), con penetrantes ojos verdes tras las gafas metálicas. Sin duda atractivo. Y también refunfuñón, impertinente e irritable. Al menos, a ratos. Este espléndido escritor tiene un carácter racheado y mudable, como de tormenta veraniega. De pronto ríe a carcajadas, bromea, resulta cercano y seductor. Y de pronto se convierte en un hosco gruñón”.
Curiosamente, la vocación de Pamuk cuando era joven no era la de escritor, sino la de pintor. “Debo decir que yo estaba totalmente seducido por la idea. Porque además no fue sólo cosa de mis padres, también en la escuela, los profesores, los compañeros, los amigos, todo el mundo decía que yo era un pintor con mucho talento. De manera que me lo creí totalmente y me dije: ‘Oh, qué vida tan maravillosa’. Y al final, claro, si la gente cree que tienes talento para pintar, y tú también te lo crees, pues empiezas a ejercitarte, y trabajas, y trabajas, y terminas aprendiendo”, le dijo Pamuk a Montero. No obstante, Pamuk se enfrentó después a la desaprobación familiar y a un comentario lapidario por parte de su propia madre: “Esto no es París –le decía–, esto es Estambul, y aunque seas el mejor pintor del mundo, nadie va a prestarte atención”. Finalmente, desistió de seguir la carrera pictórica y se volcó a la escritura. Paralelamente, estudió arquitectura y periodismo, siempre en su ciudad natal. En cierta forma, Pamuk decidió pintar a través de la escritura.
Él mismo lo apunta así, de manera consciente o inconsciente, en Estambul, la primera parte de una autobiografía en la que el narrador dice a su madre: “No quiero ser un artista... voy a ser un escritor”. Así, habiendo ‘dejado de lado’ la pintura, Pamuk comienza a escribir a los 22 años y, desde entonces, lo hace durante ocho horas al día. Consultado acerca de qué libro suyo recomendaría a quienes lo descubran ahora que ganó el Premio Nobel, Pamuk no dudó en recomendar Me llamo Rojo, publicada en 1998, una novela que contiene lo que sus críticos han identificado como ‘su temática’; sin embargo, podría ser en Estambul donde encontremos respuesta a la pregunta que motiva la escritura de este artículo.
El autor escribe sobre ésta lo siguiente: “Los colores de las calles que a uno le hacen sentirse en casa desaparecen de repente, súbitamente comprendo que las mismas multitudes que tan misteriosas me parecen cada vez que las veo, en realidad, llevan siglos errando sin rumbo por las aceras. Todos los parques se transforman en un momento en eriales fangosos e insípidos, las plazas cubiertas de postes eléctricos y paneles publicitarios en fríos espacios de cemento y la ciudad en un lugar tan completamente vacío como mi alma. La suciedad de los callejones, el hedor que se extiende por toda la ciudad desde los contenedores de basura abiertos, los infinitos socavones en calles y aceras, las subidas y bajadas, todo ese desorden, esa confusión y ese caos que convierten Estambul en ella misma me provocan la impresión de que no es la ciudad la insuficiente, mala y deficiente, sino mi vida y mi alma.
Es como si la ciudad fuera para mí un castigo merecido y yo algo que la contamina”. ¿Le preocupa el hecho de ser recordado, de pasar a la posteridad? “Pues sí. Soy tan imbécil que me preocupa. Realmente te pones a pensar y ves que sólo recordamos a unos pocos autores de hace cien años, a menos de hace 200 o 300, a ninguno de hace 500; o sea, que verdaderamente es una idiotez aspirar a quedar en la memoria, pero no puedo evitarlo. Imaginar que te pueden leer dentro de varias generaciones es una especie de consuelo”. Pamuk escribe aún en la misma casa donde creció, mirando al Bósforo, ese estrecho que divide en dos a Estambul, ese ‘no lugar’, el límite entre ‘dos mundos’, Occidente y Oriente, ‘ideas’ aún hoy en dura pugna. A lo mejor, el turco, el escritor, el esposo, el padre, el profesor, el hombre, se pregunta lo mismo mientras escribe: ¿Quién es Orhan Pamuk? Nadie lo sabe. Pero ante la gran pregunta, él ha encontrado, con tino, alivio en eso que llamamos literatura, como describe en El libro negro: “En ciertos libros hay negro algunas páginas que parecen grabarse en nuestras mentes de tal manera que somos incapaces de olvidarlas, más que por la pericia del autor, porque la historia parece fluir ‘por sí misma’ como si estuviera escrita ‘por sí misma’.
Esas páginas permanecen en nuestra mente o nuestro corazón –llamadlo como queráis–, no como maravillas creadas por la pluma de un profesional experto en la materia, sino como un recuerdo conmovedor, doloroso y que nos mueve a las lágrimas y recordaremos durante años, como esas horas que a lo largo de nuestra vida pasamos en el Paraíso o en el Infierno o en ambos o, sobre todo, fuera de ambos [...] Nada puede ser tan sorprendente como la vida. Excepto la escritura. Sí, por supuesto, excepto la escritura, el único consuelo”. Orhan Pamuk es el hombre que quiere ser recordado como el artista a quien no le importaba ser Orhan Pamuk, sino sólo un escritor.
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