Firmas
Dr. Protokol
por: Dr. Protokol
Fuente: Caras

Si vive sometido por prejuiciosas ataduras y pretensiones sociales, es hora de luchar por su libertad.

Le costará trabajo si proviene de los sótanos de las clases populares pero, le será aún más difícil si debe superar la sombra de éxito y reconocimiento de sus padres.

La peor pesadilla de un padre convencional –abogado de profesión, por ejemplo– es que su hijo se deje el pelo largo, vista todos los días de negro, se ponga aretes y dedique su juvenil humanidad a escribir poesía. La maligna y castrante fuerza intrafamiliar a la cual someten algunos padres a sus confundidos hijos puede acabar frenándoles el camino correcto: en vez de alentarle la ruta deseada, y valiéndose de todo tipo de artimañas emocionales, la ceguera progenitora insiste en que el niño ‘‘debe ser médico’’ como lo fueron tres generaciones de proctólogos del apuntalado árbol genealógico familiar.

¿Cuántos casos de frustración y desequilibrio afectivo no se han dado por ese imperioso deseo de repetir encasillados patrones progenitores? En este juego de valores, los menos agraciados socialmente le ganan camino a las pretenciosas criaturas del círculo del pedigree: ellos no tienen nada que perder; se lanzan en busca de algo mejor para superar el inframundo del que provienen. En cambio, los revolucionarios niños del olimpo sufren muchas más adversidades en la arquitectura de sus destinos. A ellos les toca dejar en alto el buen nombre de la familia, donde el abolengo y buen nombre pesan como un yunque sobre la espalda. Son ellos los que soportarán la alevosa presión sentimental de parientes y tendrán que librar el máximo detonador de esclavitud doméstica: el dinero. ‘‘La Plata no lo es todo, pero sí hace que los hijos se queden cerca de casa’’ decía un potentado comerciante de tabaco inglés del siglo XVIII. Y es verdad: cuando se consiente financieramente a los retoños y no se les enseña a ‘‘pescar’’, el egoísta progenitor está comprando –subconsciente o concientemente– a sus hijos.

Este es el tema de este artículo: En una casa donde la cultura es mediocre, las libertades de soñar son limitadas y el dinero es la única divisa de cambio, la generación de abajo sufrirá por conseguir el nivel material de la de arriba, mientras descuida intelecto y pasiones. ¿El resultado?: dilapidación del apellido. Las mujeres y hombres que probaron las mieles del individualismo, rompieron esquemas, se atrevieron a salir del cascarón y buscaron la verdad, más allá del cómodo entorno social, se paran con más aplomo sobre el piso. Sólo la pasión por algo hace posible contribuir con un ‘‘granito de arena’’ a la humanidad, en el breve paso por la Tierra y si esa pasión está en pintar, tocar el acordeón, bailar tap o jugar al yo-yo, ese debe ser el camino a tomar. La solución es implacable: cada quien debe vivir su vida y los hijos tienen la obligación, por el bien del planeta, de seguir sus sueños.

Un porcentaje enorme de perseguidores de ideales ‘‘tiran la toalla’’ en el trayecto; muchos factores conspiran en su contra: el ‘‘qué dirán’’, la burla pequeñoburguesa de la inercia social y la sed de reconocimiento materno o paterno. El que se asoma y rompe con lo preestablecido es candidato a encontrar la puerta de salida del laberinto. El que vea más allá de sus narices, se atreve a explorar y no da nada por hecho, es el que ganará el juego de la vida.

Atrévase y rompa con su bagaje; se sentirá relajado y aumentarán las posibilidades de ser ‘alguien’ por sí solo. Lo curioso es que los que más orgullosos estarán de usted son los mismos que lo frenaban. ¡Liberté chèrs amis!

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