Conocí a Ricky y a Sandra en 1968. Tenían una casa muy pequeña ubicada en el Viejo Acapulco rumbo a la Quebrada, ahí nos recibían y el Barón cocinaba unas carnes extraordinarias que traía de Texas; también le fascinaba hacer pasta casera con unas salsas de lo más sofisticadas, con caviar y vodka como elementos para acompañar los ‘‘Tallarines’’. La construcción de su casa tardó aproximadamente 10 años para quedar de ensueño. De ahí en adelante la vida de Acapulco cambió. Ellos se amaban el uno al otro de una manera que llamaba la atención, eran muy felices, inseparables y los dos hicieron del jet-set, mexicano e internacional, un grupo perfecto de diversión.
El Barón era muy guapo, cincuentón, muy parecido al actor Errol Flynn, le encantaba jugar al backgammon y tomaba solamente champagne Dom Perignon, se levantaba todos los días a las 3:00 de la tarde y se iba a dormir a las 5:00 de la madrugada. Era bastante difícil para el Barón encontrar compañía hasta esas altas horas de la noche para platicar y beber, pero siempre aparecía un ‘‘cliente’’, pues los amigos se turnaban para acompañarlo.
La Baronesa era mucho más joven que él, muy guapa e inteligente, vestida siempre espectacular con unas joyas impresionantes que su esposo diseñaba y Cartier las ejecutaba. El collar que más recuerdo era uno de cinco monos de oro con brillantes incrustados, rubíes y zafiros. Ella tenía un busto muy exuberante y unos escotes inmensos, de manera que los monos de oro se veían muy bien ‘‘acojinados’’ y felices en su pecho.
Ella tenía gran facilidad de palabra y sus discursos eran muy divertidos y famosos por el sarcasmo que le agregaba. Un día Henry Kissinger, en una cena, levantó la copa para brindar y les dijo: ‘‘I remember you, when you were ‘pobre’’’. La Baronesa lo tomó con mucho tacto, pero no le agradó nada el brindis del Secretario de Estado y le contestó: Sí. Yo también lo recuerdo y hoy ‘‘Vivir bien es la mejor venganza’’.
Ellos tenían un Jet Gruman I. Un día, Sandra le comentó al Barón que quería un Gruman II y él le manifestó: ‘‘I’cant’ afford a G-2 and you too’’. Eran geniales y divertidos, transportaban a sus invitados desde Houston, donde tenían su avión siempre listo para traer a los amigos de todo el mundo, a Acapulco. La casa de River Oak’s era otro palacio lleno de objetos de arte impresionante, desde cristales de granja hasta huevos de Faberge. Como no tenían hijos, tenían una nana que paseaba a sus pets, dos guacamayas y una boa constrictor.
Las veces que me he quedado a dormir en esa mansión, cerraba yo las puertas y ventanas de mi cuarto con terror, pensando que la boa se apareciera a visitarme. A las guacamayas las sacaban a pasear, los días de sol, con una cadena de oro por el parque, les daban de comer con babero de lino ¡bordado con sus iniciales!
Tenían cenas todas las noches en casa de distintos amigos, que los agasajaban en agradecimiento de las temporadas maravillosas que pasaban en Acapulco. Salíamos de su residencia de River Oak’s vestidos siempre de largo y los señores de smoking, en una limusina de ocho metros de largo con champagne y música de Rod Steward.
En su casa, sus cenas eran alrededor de la alberca, jamás eran menos de 40 personas sentadas; los manteles, las flores, las velas de los candelabros, la vajilla y la comida eran del mismo color; un día todo amarillo: sopa de zanahoria, pollo al curry, mangos con caramelo, otro día todo rojo: sopa de jitomate, langosta con gelatina de chiles rojos, mousse de fresa; las bases de los platos de vermeille estaban decoradas por Salvador Dalí.
A mí me costaba gozar las fiestas en esa casa, ya que siempre tenía en mente la boa que vivía en una casita especial junto a la alberca. Un día la boa se comió a las dos guacamayas, ¡ni las plumas de colores dejó! Al día siguiente el Barón llevaba corbata negra y se le resbalaban las lágrimas de tristeza. Después de regañar mucho a la boa, la castigó dejándola una semana sin tomar sol.
Y volviendo a la extraordinaria casa de Acapulco, les digo que tenía 6,000 metros cuadrados, funicular, helipuerto, 17 recámaras, 72 empleados y tres ingenieros para mantener la cascada que era de 30 metros de alto. Cuando la ponían a funcionar te sentías en ‘‘las cataratas del Niágara’’ por el ruido que producía y quedábamos todos empapados. La discoteca te daba la impresión de estar en el fondo del mar con techos en forma de árboles marinos y sillones de concha, las columnas parecían recubiertas con algas vivas, corales por todos lados, peceras inmensas. Algunas de las habitaciones estaban decoradas por creaciones de Sergio Bustamante y otra de Pedro Freideberg, con muebles y cuadros en forma de mariposas.
Los Barones se dedicaron muy especialmente a las obras de caridad y mantenían La Casa del Anciano. El día de Reyes había 300 niños en la terraza de los Elefantes donde se les repartía toda clase de juguetes.
La muerte de ambos, en 1999, nos dejó tristeza, pero muchos recuerdos maravillosos. Toda una época de Acapulco se acabó con ellos.
Greg Hovas, hermano de la Baronesa, es el único heredero de la casa y la fortuna. Está casado con Janna Jaffe, quien lleva la casa divinamente y sigue entreteniéndonos a todos. Janna ha renovado este palacio de estilo morisco con un mérito extraordinario, ya que los que conocimos Arabesque, antes y después, podemos redescubrir otra vez más esta residencia envuelta nuevamente de brillo, alegría y la frescura que le dieron sus nuevos dueños, Janna y Greg Hovas.
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