‘‘Antes no tuve y para que el entorno del olimpo me considere entre los suyos, enseño y me pavoneo’’: craso error. Para quien viene de abajo, poseer y mostrar cosas brillosas constituye una imperiosa necesidad. Si bien no es ningún pecado amasar grandes cantidades de poder y dinero, presumirlo a diestra y siniestra deja entrever los más deleznables síntomas de la clase novo rica: vulgaridad e inseguridad. Gran virtud es la discreción, de manera especial en una sociedad tan disparatadamente desigual entre haves y have nots. ‘‘Pasearse’’ con artículos por arriba de la raya del lujo es una violenta cachetada para aquellos que viven oprimidos e instalados en el círculo vicioso de la miseria.
La primera lección que daría a los que les acaba de llegar una situación holgada por primera vez –desde hace una generación o menos– sería: los artículos de estatus que logres comprar sólo se justifican si éstos tienen el fin de satisfacer un discreto placer personal. Si por lo contrario, el tema es llamar la atención para ser aceptado, el peligro de ser tachado de vulgar y aumentar el riesgo de secuestro se dispara en forma exponencial. Y me refiero a dos tipos de secuestro igualmente peligrosos. Uno sería el que involucra la privación de la libertad con fines criminales de lucro; el otro es el que los recientemente acaudalados sujetos le imponen a sus personas: ‘Compro, luego existo’ o en otras palabras, ‘vivo con el ‘qué tengo’ para justificar ‘quién soy’’’ . Este es un juego macabro en espiral sin visible salida honrosa.
La verdadera elegancia está en la espina dorsal, en el interior de las emociones y reacciones al entorno; no tienen que ver con la posesión de nada salvo de educación y clase. Aunque estas enseñanzas no se pueden comprar, sí se pueden transmitir de generación en generación. Si usted tuvo la fortuna de haber sido rescatado de las ramas torcidas de su dudoso árbol genealógico, dedique su vida a llenarse de elegancia. Si ya tiene lo suficiente para pertenecer –léase casa, coche, dinero para la colegiatura de buenas escuelas y extritas para viajar– lo único que le falta es llenar el cerebro de información de calidad y transmítasela a sus hijos.
En el peor de los casos, siempre será más digno ser Nuevo Pobre que vivir la vida sumergido en estímulos banales y por las razones equivocadas. Para que no me mal interprete, aquí le va un propósito saludable para el 2006: haga dinero, todo el que pueda, pero no deje que lo domine y trunque su existencia.
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