Un reciente estudio del Research Group de Chicago arroja el preocupante resultado de que la humanidad es más triste hoy que hace 15 años. Desde mi punto de vista, este fenómeno es producto del motor que llevamos todos dentro que clama: quiero más y más y más. El que proviene de las cloacas y pasa a nuevo rico, tiene una inagotable sed por vengarse de su pasado y de todo el árbol genealógico que le precede. Su pecado es que sólo sacia su ímpetu de superación con cosas materiales. No está satisfecho con su físico, ni con su cónyuge, ni con su coche, ni con su trabajo. Se pinta el pelo; le repudre ver que el vecino tenga mejor coche, mejor celular y niños más bonitos que él, y sufre por conseguir estar a la par. La noticia para este espécimen es que la paz no será nunca encontrada arrojando dinero, propio y prestado.
Por un lado el mundo material clama: compre, compre, compre o no será nadie; por otro lado está el deseo de ser como los demás y no como uno sería naturalmente, y por último tenemos al miedo a ser rechazado por pobre, naco o feo. Porque compramos cosas que no necesitamos, queremos copiar a los demás y sufrimos de angustia al rechazo cuando podríamos ahorrar en adquirir frivolidades y aceptarnos como somos. Además, el único rechazo al que se le debe temer es al de ser excluido por estúpido.
Los siete mandamientos para la felicidad son: amar, jugar, crear, aprender, comer, reír y dormir. Para entender estas directrices y no dejarse contaminar por sus enemigos: la envidia, las ansias, los complejos y el wannabismo desatado, basta encontrar lo que a uno verdaderamente le gusta y tomar las decisiones correctas: a quién amar, qué aportar a la sociedad, qué jugar, qué aprender, qué comer, qué hace reír y qué colchón comprar. Lo demás son bajezas de poco gramaje o importancia. Si usted vive corroído por los Némesis de la felicidad, necesita una limpia de consumismo, arribismo y acomplejamiento. Tener más no lo hará más feliz a largo plazo.
Como lo dije en mi arículo anterior, las cosas materiales sólo sirven como esclavos, nunca como amos. Si usted ya tiene techo, ropa y sustento, trace una línea que lo haga caminar en la ruta de los siete mandamientos y olvídese del vecino. Siempre habrá uno más rico, simpático, guapo y exitoso que usted y eso no debe preocuparle. No quiero que me malinterprete: no estoy pidiendo que deje de ser ambicioso, sólo sugiero que sus pasos nutran a uno o varios de los únicos mandamientos para una vida plena.
Tome hoy las riendas de su ser, filtre y eche por la borda las estupideces a las que está sometido. Al hacerlo habrá dado usted un paso importante hacia el club de la cúspide.
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