Jean Cocteau decía: ‘‘Esa mujer tan bella que hace daño, la que se ha quedado sin alma, la devoradora, la de todos y nadie; La Doña, La Bárbara, La Diabla, La Gemela, la que elige a sus hombres y los desecha, la que cohibía a sus directores, la que hace siempre lo que le conviene...’‘ En el año de 1969 conocí a María Félix en una comida en Acapulco, en la casa de Jacques y Monique Davidoff. Inmediatamente hicimos clic y nos sentamos a platicar. Me impresionó su belleza y su ingenio, al hablar tenía una gran fuerza en su dicción, yo iba de sorpresa en sorpresa en la plática; lo que decía, a veces era una especie de fuete o cuchillo y otras te echabas la carcajada con sus venenosas frases. La conversación con ella era como un encantamiento. Todas sus vivencias, su ánimo festivo, sus proyectos, tenía un cerebro prodigioso, se acordaba de detalles de su vida con sus padres, su niñez, sus primeros novios, su llegada a la capital, a quién quería y a quién no. Ella me decía que ‘‘la vida de una actriz es sueño y si no es sueño no es nada’‘. Era muy irónica, pero a la vez muy amena. En otra ocasión, yo estaba en la casa de mi amiga Magda Pedrero. María habló por teléfono y nos preguntó que qué estábamos haciendo. Entonces le dijimos que íbamos a cenar, Magda la invitó y le dijo que era muy informal. Ella contestó: ‘‘Voy para allá. Cómprenme un pollito y una manzana, eso es lo que como durante la semana; no se olviden de un vinito tinto y los puritos los llevo yo’‘. Llegó simpática como siempre. Venía vestida con un traje de saco y pantalón de Dior Couture y nos confesó con la modestia que la caracterizaba que una blusa que no costaba menos de mil dólares no valía la pena ponérsela... lo cual nos deprimió muchísimo.
Nos contó anécdotas de su Puma, como le decía ella a su esposo Alex Berger, quien le decía Pumita a ella. Decía María: ‘‘Yo salía divina vestida de Dior y Puma me decía: ‘Pumita, no me gusta cómo te queda ese vestido’, y yo, con la modestia que me caracterizaba, le contestaba: ‘Ahorita voy y me cambio’ y salía yo deslumbrante con otro traje de Dior y mis alhajas, que por supuesto me las cambiaba ya que no iban con el anterior traje’‘.
Ya muy animada –María, que era una admiradora de Amparo Montes– nos dijo: ‘‘Vámonos en un viejo taxi’‘. Y nosotras le contestamos: ‘‘¡Pero cómo irnos a estas horas en un taxi!’‘ ‘‘¡A mí, el pueblo me adora y nadie me haría nada; vámonos!’‘ Por supuesto llevaba el ladrillo que la caracterizaba, su anillo de brillantes de 30 quilates de Harry Wilston, al cual Magda le decía ‘‘que era su pista de patinar’‘. Y yo en mi mente pensé: ‘‘Al día siguiente saldrá en los diarios: ‘Dos mujeres desconocidas muertas y a María Félix no le pasó nada’.’‘ Llegamos a la Cueva de Amparo Montes, nos dieron mesa de pista y le empezaron a cantar ‘‘María Bonita’‘. Nos mandaron champaña francesa. Ella no tomaba nada, se cuidaba con una disciplina férrea. Todos se acercaban a pedirle autógrafos o a tomarse fotos con ella, lo cual le molestaba mucho y nunca lo permitió y ahí empezó a recordar al ‘‘Flaco de su alma’‘ –que, según ella, era el amor de su vida– Agustín Lara. Más vale creerlo que averiguarlo, porque ella nos contaba que tuvo tantos amores...
Recuerdo que cuando coincidíamos en París le fascinaba ir a Cartier donde le hacían los diseños que ella les ordenaba. Aparecía con unos lagartos, víboras de oro, brillantes, zafiros, esmeraldas con esmaltes de distintos colores, nadie podía competir con ella, ya sea en belleza, personalidad, joyas o vestidos. Cuando ella murió, yo acompañé a mi amiga Magda hasta la puerta de su casa en Polanco donde la estaban velando. La estaba esperando todo su servicio, pues sabían lo mucho que María los quería...
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