Está documentado que dos terceras partes de las conversaciones entre adultos son sobre personas que no están presentes. También está claro que las únicas personas de las que no se habla son las que están en el fondo del escalafón social, de cualquier nivel socioeconómico. Oscar Wilde tenía razón: ‘‘Si nadie habla de mí, no soy nadie’‘. Si no existen menciones de su persona no es punto de referencia; si no se dice nada bueno ni malo sobre usted, simplemente no está en la película de su presunto grupo de conocidos y es fácilmente descartable. ‘‘Que hablen bien o mal de mí, pero que hablen’‘ es el clamor subconsciente tanto de los wannabes como de los que están en la cúspide.
Los chismes cumplen funciones básicas en el desarrollo, inclusive de nuestra inteligencia: nos enseñan a comportarnos, a encontrar nuestro lugar en la sociedad, nos mantienen conectados los unos a los otros y separan a los mentirosos de los honorables. Chismear, en muchos de los casos ayuda a los inseguros a distraerse de sus ansiedades e inseguridades y éstos engrandecen la existencia de los objetos de sus habladurías. Si partimos del principio de que en cada rumor hay algo de cierto, estamos justificando el pensamiento hipotético, inclusive si estamos hablando de algo tan banal como el nuevo posible noviazgo de Jennifer Aniston o la orientación sexual de tal o cual.
Si bien siempre he afirmado que hablar de ideas es muy superior a hablar de otras personas, admito que la única manera de ser parte de una sociedad, de manera funcional, es hablando y escuchando comentarios, rumores y verdades de otros miembros del clan. ¿Ser o no ser? La respuesta está en cuánto llame usted la atención de los que lo rodean. Si usted es insignificante, no aporta ni quita, su granito de arena tendrá que esperar su próxima reencarnación. Se debe, no obstante, tener cuidado con los chismes. Primero, como en algunas cortes del mundo: el sujeto no es culpable hasta que se demuestre, con hechos, lo contrario; segundo: a un rumor debe ponérsele atención, pero tratarlo como mentira; y tercero: el que dice un chisme mal fundamentado sólo cava su propio hundimiento.
Hay algo de fantasía novelesca y antídoto del aburrimiento en hablar acerca de los demás, ambos honorables remedios; pero también puede haber envidia, impotencia, deslealtad y hasta crimen disfrazado de comentario revelador. Los hay adictos a contar chismes porque únicamente de esa manera captan la atención del otro. Los hay adictos a oírlos para no pensar en sus insignificantes vidas. Y esa conocida la cadena alimenticia del ‘‘a que no sabes qué’‘ todos, para bien o para mal, participamos. Es nuestra condición humana y sólo los sabios saben distinguir los comentarios triviales de los certeros indicativos de navegación social. Aprenda el sutil arte del rumor y avance una casilla en el implacable juego del pedigree.
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