Ahí tenemos los imborrables ejemplos de nuestros elegantes ‘diputadazos’, que prefieren el upper cut a la conciliación y el caos por encima de la razón; los partidos de futbol que cada vez se parecen más a la mítica película de patinadores Roller ball, donde donde ball se le dedica más tiempo a las patadas y cabezazos al prójimo que al mismísimo balón; el diálogo sordo entre bandos en los conflictos de Irak, Palestina, Oaxaca, Corea del Norte y hasta las islas Fiji; la consigna narcosatánica callejera de acribillar cantantes populares norteños y la actitud de total acalambramiento de los ministerios públicos de nuestro país, hundidos en la ineficiencia y la corrupción. ¿El problema?: el pópulo global se divide en dos inequitativos bandos. El 99% es habitado por rastreros, ruines y manipulables y sólo el 1% es sensato, objetivo, elegante y conciliador. El mundo, querido lector, está deseoso de que ese 1% (posiblemente usted) se comprometa y salga a reencauzar a las masas de gandulfos sin escrúpulos, presentes en todas las clases socioeconómicas (inclusive, posiblemente, encarnado en su vecino). Para remar en las contaminadas aguas del río de marsupiales, es preciso lidiar con su aplastante mayoría. Únicamente la visión de un líder moral, con valor y carisma, logra estimular a un rebaño enardecido y llevarlo al buen puerto de la tolerancia.
Los ‘broncudos’
‘‘¿Pos qué?, ¿pos qué de qué?...’‘ se dicen los lingüistas callejeros antes de caer el primer campanazo sobre la nariz contrincante. Lo malo de la violencia, como método de acuerdo, es que sólo incita más violencia. A falta de vocabulario, respeto por el prójimo y tolerancia, el taxista se baja de su ‘unidá’, desarmador en mano, a ‘rifarse’ la vida; el adolescente coleccionista de películas de masacre y terror entra a una escuela y dispara con el rifle de su papá; el novio celoso mata a sus cuñados y las encarnizadas venganzas escalan sin paz ni tregua.
Los elegantes
La manera clásica –y aceptable socialmente– de arreglar un problema es la razón. Si no se llega a un acuerdo (generalmente por falta de cuna), existen leyes para aclararlo. Si están podridas, está la modificación y adecuación de las mismas por parte de nuestros representantes. Los conflictos deben arreglarse hablando. Si del otro lado hay un simio, túrnese el ‘problemita’ a los abogados. La vida es muy corta para golpearnos unos a otros. Juguemos más dominó e ignoremos a los provocadores. Más vale un día de golf, risas y whisky que uno de estrés, groserías y agua oxigenada. Pelearse es más bajo que una galleta de animalito vendida en la estación Pino Suárez del Metro.
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