¿Cómo será quien pregona que con los hombres hay que jugar un poco a la ‘tonta’, hacerles creer que son ellos quienes tienen las grandes ideas y llevan las riendas de la relación? ¿Qué hay detrás de la mujer que pugna por el machismo por conveniencia? La combinación de una mujer inteligente, atractiva, con mucho sentido del humor y uno de los apellidos de mayor abolengo de Colombia se antoja ficticia. ¿O no? Vestida con jeans, blusa blanca, zapatos altos y una bolsa Marc Jacobs, Isabella comparte el desayuno con nosotros. Después de un par de huevos cocidos y un jugo, rematados por un cigarro, está más que dispuesta a revelarnos quién es: ‘‘Todo lo que soy se lo debo a mis genes, a que mi papá fue vanguardista, visionario, a que mi madre fue una mujer valiente, valerosa’‘. Salvo a estar educando incorrectamente a su hija de 10 años, Isabella Santo Domingo asegura no temerle a casi nada. Cuestión de haber nacido sin el gen del miedo, dice. Una aseveración imposible de creer así, sin más ni más, pero cuando narra entre risas el hecho de haber vendido todas las acciones que la ligaban al emporio económico de los Santo Domingo para irse a trabajar al conglomerado de la competencia –y de la familia ‘rival’– y así ser tomada seriamente como periodista, uno tiene que aceptar que el suicidio familiar no es algo que cualquiera haría. ‘‘Básicamente lo estaba haciendo para que entendieran que era independiente, que sin importar mi apellido, yo a esta vida vine a hacer lo que pueda, sin limitarme’‘. De ahí quizá, su máxima de rechazar los ‘contratos permanentes’. De ahí quizá que, entre muchas otras facetas, haya destacado como columnista, actriz, editora, locutora, conductora de televisión, guionista, conferencista y, claro, escritora. Amén del listado de deportes que practica o ha practicado: desde raquetbol, pasando por patinaje artístico y hasta hipismo. ‘‘Siempre he pensado que la vida no dura tanto, que es una aventura personal intransferible a la que uno tiene que sacarle jugo. Desde muy pequeña quise no ser nada, pero hacer de todo. He explorado, experimentado, me he dejado llevar por mi intuición, he hecho las cosas que me gustan, pero más que nada podría decir que me he divertido mucho’‘. Y diversión es lo que menos le ha faltado desde que se subiera al ring de su más reciente aventura: hablar sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Con su primer libro convertido en todo un éxito de ventas, lo suficiente como para montar un stand up comedy con el cual recorrió su país natal y estar en negociaciones con una cadena estadounidense para crear una serie de televisión donde ella sería la guionista, un segundo libro resultaba el paso más lógico. Bajo el título AM-FM, Santo Domingo divide al FM sexo femenino en Asalariadas Miserables (AM) o Felizmente Mantenidas (FM), con opción a una tercera categoría: Felizmente Realizadas (FR), sean solteras, casadas, divorciadas, sin hijos, con pareja... como sea.
En una era en la que cualquier tip que contribuya a mejorar las relaciones de pareja es bienvenido, la autora atribuye su éxito a que se atreve y se muestra como una persona común y corriente. ‘‘Cuando me va bien, lo digo, cuando me va mal, me burlo. La gente se conecta porque de alguna forma es aspiracional; alguien está diciendo lo que nosotros quisiéramos decir y no sabemos cómo. De alguna forma yo soy la voz, el ventrílocuo –considera–. Así nos sentimos muchas mujeres allá afuera. Sentimos que logramos cosas, pero en la vida personal somos patéticas. La diferencia es que yo me quité el disfraz y esta es una invitación abierta a que se lo quiten’‘.
En gran medida, Isabella tiene mucho de las mujeres de hoy: es hija de padres divorciados. ‘‘Lo mejor que me pudo pasar, pues se llevaban muy mal. Desde ahí entendí que no es que esté en contra del matrimonio, sino de las malas relaciones’‘. Es una profesional exitosa, vive con su hija Daniela, y aunque ha tenido distintas relaciones, no está muy segura de querer compartir su vida eternamente con alguien. ¿Para qué? ‘‘Por eso en mi segundo libro hablo mucho de la soledad, es la máxima expresión de libertad, y mucha gente lo asume como un estado depresivo. Me he encontrado en mi soledad, he descubierto que es fabuloso. Tengo novio cuando quiero, cuando no, lo mando a la porra; tengo mucho tiempo para compartir con mi hija, para desarrollarme profesionalmente’‘.
Pero ¿y qué es el machismo por conveniencia del que habla esta colombiana? Según sus propias palabras: se trata de dejar de lado aquellos postulados feministas que en vez de ayudar a las mujeres las han perjudicado. Es decir, jugar el propio juego de los hombres, para que crean que ellos mandan. ‘‘Nos conviene ser débiles y ellos los útiles. Ellos pagan, nosotras gastamos. Por eso somos amas de casa, dueñas y señoras de sus casas y sus salarios. Pensémoslo bien, nos conviene’‘.
Leer estas líneas sin humor resulta peligroso. Podría llevarnos a creer que cuando Isabella habla de quitarse el disfraz se refiere a ser cínicas, a criticar descarnadamente a los hombres, y nada más. ‘‘Cuando yo hablo de brutas, hablo de estrategas, de mujeres muy astutas que han perdido ese poder o esa intuición que tenemos –aclara–. El gran fracaso (el feminismo) es que en vez de haber logrado feminizar el mundo, muchas de nosotras nos hemos masculinizado mal. Estamos siendo crueles, despiadadas con nuestras congéneres y, al mismo tiempo, achacándonos más responsabilidades que antes, porque no sólo queremos trabajar, queremos tener hijos, familia, esposo; estamos haciendo todo a medias. No nos estamos sintiendo satisfechas con absolutamente nada’‘.
Sus padres se divorciaron cuando era niña. Sus tres hermanos se fueron con su madre y ella prefirió quedarse al lado de su padre, viviendo en un rancho al lado del mar. ‘‘Mi papá me abrió el mundo y la cabeza –dice orgullosa–. Mi papá me enseñó que sí hay hombres que valen la pena, pero los estamos ahuyentado. Cuando los tenemos al lado cambiamos las reglas del juego y convertimos nuestras relaciones en rings de boxeo. Obviamente estos hombres que sí valen la pena son quienes ya no quieren estar con nosotras. Nos estamos quedando con los más perdedores’‘.
Su filosofía –90% reflejo de lo que piensa y 10% ficción. ‘‘Una cierta dosis de esperanza. Es algo que quisiera, pero no sé cómo hacer para que pase. De ahí sale toda esa dualidad de, ‘yo estoy bien sola pero me encantaría probar tener un hogar’’‘– de algún modo la ha convertido es una especie de gurú, una figura de culto de las relaciones hombre-mujer. ‘‘Cuando lancé el libro fue tímido, y fue gracias al boca a boca que se fue dando, y hoy por hoy soy una figura de culto. Se siente bonito, pero no me siento más farándula’‘. Aquello de figura de culto lo demuestran las decenas de foros que hay en internet dedicados a discutir sus palabras, lo mismo en Latinoamérica que en España. Pero la expectativa generada, asegura, no es algo que le importe. ‘‘Yo no lo estoy haciendo por lucrarme... Yo sólo me divierto, si la gente me quiere interpretar mal, a mí como persona, no en libros, la fácil es ‘ella se cree psicóloga, se cree que sabe’. En el libro dice que no sé, como no sabemos ninguna, y no vamos a saber nunca. Lo único que hago es divertirme y compartir mis dudas, las mismas de todas las demás, y de los hombres por igual’‘.
Hablar de los Santo Domingo en Colombia es, inevitablemente, hablar de una familia muy conocida, quizá últimamente más a nivel mundial gracias al fotografiadísimo noviazgo entre Tatiana Santo Domingo –prima de Isabella– y Andrea Casiraghi. Pero la escritora poco tiene que ver con ellos. No sólo porque los ve una vez al año en Cartagena, sino porque cualquier dato que encuentre sobre ella habla sobre sus múltiples facetas. ‘‘Al principio, cuando arranqué mi carrera ya un poco más pública, empezaron a especular mucho. Pasé a ser la prima oveja negra. Dijeron lo que quisieron: me cambiaron a mi padre, a mi madre, y yo simplemente nunca corregí nada. Dejé que hablaran lo que quisieran, porque me siento muy orgullosa de mi apellido, pero básicamente porque proviene de un padre que adoré.
El significado que tiene para mí es el de haber crecido bajo la batuta y el mando de un ser especial’‘. Hoy, Isabella asegura que el apellido ni le ha servido pero tampoco le ha estorbado. ‘‘Nunca he trabajado por ponerme en el mapa del lado en el que no quiero estar. No me parece importante decir: tengo o no tengo, conozco o no conozco. Yo soy ariana, para mí lo importante es ‘yo soy, yo quiero’, sin ser una ególatra insoportable’‘. Y agrega contundente: ‘‘Siento que tengo cosas que decir, cosas interesantes que quiero hacer y odio que se lo atribuyan a las oportunidades que supuestamente tuve. Muchas veces me han preguntado de qué Santo Domingo soy: de los pobres, a los que les toca trabajar; me toca madrugar y soy cabeza de familia. Yo mantengo a mi hija’‘. Su padre fue director y dueño de un diario en su natal Barranquilla, amante de las letras. Y ciertamente, como ella misma dice: vanguardista. ‘‘Nunca me atajó. Nunca dijo ‘ella es mujer’. Claro, hubiera querido que me casara con el hijo del vecino para desencartarse. Él decía ‘sé lo que quieras ser, nunca seas una mediocre, eso sí te lo pido. Explora, experimenta, diviértete. Aprende lo que quieras, pero trata, inténtalo. Si quieres ser zapatera, por lo menos apuéstale a ser la mejor de la ciudad y, si te queda fácil y quieres, del país y del mundo’’‘, recuerda.
Seducida por el poder de los medios desde los 16 años, cuando ella y sus emprendieron una especie de programa para reparar las calles; empezaron 20 y terminaron siendo 400 jóvenes. ‘‘Eso atrajo, sin querer, la atención de la prensa nacional. Salíamos en las entrevistas... los boxeadores y los deportistas se hacían fotos con nosotros, agarraban la pala y se ponían al lado. Ahí fue cuando entendí el poder de los medios de comunicación y dije ‘wow que patético’’‘. Patético o no, de ahí pasó a formar parte del comité editorial de una revista comunitaria y luego columnista. ‘‘En ese momento dije ‘esto es lo que voy a hacer el resto de mi vida’. No importa lo que haga en el ínter, siempre voy a volver a esto’‘. De entonces a hoy, dice no haber cambiado un ápice, ser igual de inmadura, protestar por las mismas cosas y hasta mantener el gusto por la misma música. Y si algo le falta es ser parte de una banda de rock. ‘‘Me hubiera encantado tener talento y cantar en una banda de rock. Soñaba que era una rockstar total. La música me mueve... Y mis héroes no son los políticos ni la madre Teresa de Calcuta, mis héroes son los músicos, ellos mueven al mundo, por lo menos el mío’‘. Mientras la música siga moviendo su mundo, nosotros apagamos la grabadora y nos quedamos con la sensación de que hacer de todo es su forma de probar aquello de que casi no le tiene miedo a nada. O quizá es que únicamente haciendo tantas cosas se olvida de que el miedo sí existe.
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