PARIS, Francia, septiembre, 2002.- "Habría que poder poner lado a lado todo lo que Matisse y yo hemos hecho", "nunca nadie miró tan bien la pintura de Matisse como yo; ni la mía como él", dijo un día Pablo Picasso al crítico de arte Pierre Daix.
La exposición "Matisse-Picasso", inaugurada recientemente por el presidente Jacques Chirac en el Grand Palais de París, responde a ese deseo, presentando un conjunto de más de 160 obras maestras de los dos titanes del arte del siglo XX.
Se espera que en París la muestra tenga el mismo éxito que tuvo en Londres a mediados de año (más de 500 mil visitantes), tanto más cuanto en la capital francesa se ha enriquecido con 30 obras más, entre ellas dibujos y el magnífico Tres mujeres de Picasso (museo del Ermitage).
¿Lado a lado o frente a frente de estos 76 pinturas, 28 esculturas, 47
dibujos, 10 papeles pegados y aguadas recortadas? El matiz tiene su importancia en momentos en que está de moda la confrontación entre artistas, que algunos califican de "verdaderos pugilatos".
Las curadoras de la exposición, Anne Baldassari (Museo Picasso) e Isabelle Monod-Fontaine (Centro Georges Pompidou) quisieron evitar ese escollo. Para ellas, el propósito no es decir si Matisse (1869-1954) influyó a Picasso (1881-1973) o viceversa, sino encontrar los puntos de intersección.
Pero pasar constantemente de uno al otro termina por resultar acrobático, señalan los críticos que tuvieron la primicia de la exposición.
"Para mí, no cabe duda, es Matisse el que gana", estima uno de ellos. "Yo creo que 'El Sueño' de Matisse se queda chico al lado del 'Desnudo en sillón rojo' de Picasso", replica otro.
Y aunque el dicho diga que toda comparación ofende, los biógrafos no las evitaron en absoluto, oponiendo el polo norte (Matisse) al polo sur (Picasso) y hablando de rivalidad, de celos, de obsesión o de empate.
Pierre Schneider, escritor y gran especialista de Matisse, considera que "hay que mirar a Matisse y a Picasso aislados el uno del otro, entrar en sus obras respectivas, en sus espacios propios".
Evidentemente, sus destinos se cruzaron. Su primer encuentro tuvo lugar en la casa de los Stein, sus mecenas y amigos comunes, durante el invierno de 1905-06, cuando Matisse y Picasso, comprometidos en la revolución fauve y cubista, estaban fascinados por las formas esenciales del arte primitivo.
Para ambos se trata de captar las cosas tal cual son, inscriptas en una
realidad objetiva, permanente y no ya en el aleteo fugaz del impresionismo, en el que todo desaparece, todo cambia.
Ese retorno a la forma primitiva, a la música de las formas y de las
líneas, sólo podía hacerse a través de una vuelta al signo, al trazo, a la
relación de los colores capaces de abolir la perspectiva.
Tanto en Matisse como en Picasso, dibujantes geniales, el trazo atestigua una notable atención al cuerpo, a la forma de sus huesos y sus músculos, se trate de desnudos o de retratos.
Al principio, el cromatismo de Matisse parece hacer sombra a Picasso, pero la alternancia entre las telas obliga a un reajuste constante. Y, al avanzar hacia los papeles y las aguadas recortadas, la armonía entre los dos gigantes se instala.
La conclusión es que vale la pena volver a ver una y otra vez la
exposición: una vez por Picasso, otra vez por Matisse.
Envía tus comentarios a Alejandra Martínez, aquí