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La Patria de Jorge González Camarena

por: Salvador Carreño
Fuente: EsMas.com

Celebremos la oportunidad de vivir en libertad, en democracia y con paz

En desafortunada coincidencia, las fiestas patrias mexicanas ocurren en esta semana que nuestros vecinos del norte, y en general el mundo libre, se ven presos de la maldad terrorista


Hace más 2 mil años, cuando el Medio Oriente llevaba ya otro periodo similar envuelto en luchas intestinas, la cultura griega (antecedente de la actual cultura occidental), ya planteaba lo siguiente: “El mal que hace un ser humano a su semejante no es sino expresión de su ignorancia, ya que quien conoce el bien no puede sino practicarlo. El mal se comete, entonces, sustancialmente por ignorancia”.

Hoy, cuando no hemos recorrido aún ni seis meses de un nuevo milenio, nos debatimos como especie en el problema del enfrentamiento eterno del bien y del mal, y presenciamos el atentado más brutal, horrendo, que el planeta Tierra haya visto jamás, y como en la Grecia clásica, nos queda claro que la masacre a que fueron sometidos los habitantes de Nueva York es producto de una profunda y deleznable ignorancia.

Pero ese mal, asociado al extremismo religioso que no ha encontrado más posibilidad persuasiva que el terrorismo, es secundado por manifestaciones igualmente absurdas, mediocres y obtusas de júbilo en poblaciones como la afgana, la palestina y la iraquí, que gozan del discreto o abierto apoyo oficial de sus dirigentes, erigidos en divinidades vivientes.

Para nadie es extraño advertir el profundo abismo que separa el pensamiento de las sociedades democráticas respecto de aquel que rige los destinos de millones de seres humanos estacionados en la antigüedad, refugiados en el desierto a la espera de un paraíso extraterreno que les impide disfrutar la simple alegría de vivir y, en consecuencia, les provoca animadversión hacia la vida libre y democrática, aun con sus grandes defectos, de pueblos distintos.

La humanidad, históricamente, tiene por desgracia una mayoría ignorante (no me refiero necesariamente a conocimientos, sino a valores morales también), y por ende propensa a provocarse el mal a sí misma, ya sea de forma individual o colectiva. Las mentes creativas, inteligentes y proactivas han existido siempre y en todas las comunidades, pero a más de ser las menos, frecuentemente resultan perseguidas por miedo, envidia y mil intereses más.

Si los hombres y los niños palestinos (las mujeres no porque están sometidas por sus propios machos) han salido a expresar ruidosamente su felicidad por la muerte de miles de seres humanos en Nueva York, y de quizá un millar más en Washington, no podemos sino lamentar tanta mediocridad, pero no deja de sorprender a horrorizar el hecho de que en México, y en los propios Estados Unidos, se hayan hecho escuchar llamados a la solidaridad... con los terroristas. Eso, señores, se llama traición a la humanidad, y en las constituciones políticas de diversos países constituye un delito.

Los pobladores de la Unión Americana que se han manifestado así, son culpables, nada menos, de traición a la Patria. En otros países americanos, lo único que podemos decir de aquel que goce la desdicha de esa ciudad, ejemplo indiscutible de orden, belleza, cultura y bienestar, donde por cierto habitan millones de mexicanos, colombianos, argentinos, brasileños, puertorriqueños, cubanos, latinoamericanos en general, japoneses, europeos y demás, es que su espíritu es brutal, indigno de pertenecer a la civilización humana, es gente sin identidad.

Lo mismo diríamos, desde luego, si la urbe atacada a mansalva –ojo, ajena a cualquier estatuto de guerra, porque eso, tan cruel es, no obstante, objeto de un análisis completamente distinto a éste- se hallara en Europa, África o Asia, pero no, es aquí, en América.

Para nadie es secreto, por otro lado, que Estados Unidos ha cometido excesos en su afán por consolidarse como la gran súper potencia que es, pero está visto que los seres humanos estamos poco preparados para llevar una vida comunitaria en armonía plena: siempre hay quien quiere abusar, y como contrapeso, siempre hay quien toma el mando para poner orden, y a veces todos quieren ser ese alguien, y se indignan cuando no lo son; pasa hasta en los contextos más reducidos, con el vecino que no es solidario, con el policía extorsionador, con el taxista ladrón, con los gobiernos y entre las naciones.

Hace unos días, a propósito, escuchaba conversar a Giusseppe Amara y María Elena Micha, conductores de un programa de Radio Red, con Isabel Turrent, editora del periódico Reforma, ambos en la Ciudad de México, acerca de esta situación, y entre las cosas que señalaron estaba la suposición de cómo sería el mundo, si no fuera Estados Unidos la potencia dominante, “bajo gobiernos como el Nazi –decía Giusseppe- viviríamos en el terror”. Aquí añadiría yo al terror, el medievalismo que sufriríamos todos si el gobierno mundial fuera el de los talibanes; si los líderes máximos fueran Sadam Hussein o Kadafi. En el ámbito nacional, habría que imaginar un México gobernado por Carlos Abascal o alguien todavía más radical; de entrada se acabaría con eso de mexicanas y mexicanos, porque la mujer volvería al triste papel de empleada doméstica.

El caso de todo esto es, para amarrar de nuevo con la Identidad, que en tanto no seamos concientes de lo que poseerla, amarla y desarrollarla significa, seremos presas fáciles de la intolerancia, la injusticia y la maldad obstinada. Las circunstancias peculiares de muchos países les han ocultado esa identidad, y por eso es que naciones enteras se han desintegrado, sin terminar de encontrar la paz. México es, como señalaba hace algunos días en este mismo espacio el escritor Felipe Garrido, director de Publicaciones de Conaculta, un país de primer mundo en el terreno cultural, ¿a qué se refería?, precisamente a la Identidad Cultural.

La identidad cultural es, así, justo la materia prima que hace evidente nuestra pertenencia a una misma sociedad, la materia prima que nos ha brindado una Nación que se reconoce a sí misma como única e indivisible, la materia prima que nos da Patria.

Si has tenido oportunidad de viajar por distintos países o de vivir en alguno, tal vez te haya ocurrido, digamos estando en París, que de repente suene la música de un mariachi, en un restaurante o un evento; si sientes algo en tu pecho, si los vellos de tu piel se hacen chinitos, como decimos en México, es claro que tu identidad cultural sale a flote; si estando en Italia comes una pizza añorando un buen taco, tu identidad está allí; si al recorrer las pirámides de Egipto o las ruinas de Grecia y Roma comparas éstas con Teotihuacan, Chichen Itzá o cualquiera de las innumerables zonas arqueológicas de México y adviertes que son tan valiosas unas como otras, todo mundo sabrá que eres un mexicano orgulloso.

Ese orgullo no se sintetiza, para nada, en un grito arrebatado de “¡Viva México cabrones!” o cosas por el estilo, ni acompaña a las turbas enloquecidas que rodean la Columna de la Independencia (el Ángel) en la Ciudad de México, arrasando con todo a su paso, cuando la selección de futbol mete un modesto gol. No, el orgullo de ser mexicano es la suma de nuestras virtudes colectivas: nuestra historia, nuestra comida, nuestra bebida, nuestros bailes, nuestra arquitectura, nuestra artesanía, nuestras artes plásticas, nuestra literatura, nuestra música, todo ello irrepetible e inigualable, no mejor que todos sus equivalentes de otras grandes culturas, pero diferente, única.

Pero más importante todavía que la materialización de nuestro ingenio, debe ser la divulgación de nuestro espíritu, siempre cordial, siempre atento, siempre cortés, digno en nuestras carencias y pródigo en nuestras abundancias, porque más allá de nuestra mexicanidad, somos habitantes de la Tierra, y dejaríamos de serlo en el momento en que nos cause jolgorio la pena ajena.

Por eso, hoy que conmemoramos un aniversario más de nuestra Independencia –el 191-, digamos hermanados, y serenos: ¡Viva México, viva América, viva el ser humano!

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Septiembre, 2001.

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