CIUDAD DE MÉXICO, México, ene. 2, 2004.- El recién terminado 2003 dejó muchos capítulos espectaculares en el beisbol de las Grandes Ligas, pero al final los que se robaron los titulares fueron los que escribieron una de las más sonadas sorpresas del año en el deporte: Los Marlins de Florida. La gran escalada de la novena de la penílsula hasta la cima del mejor beisbol del mundo fue coronada con la sensacional victoria del joven lanzador Josh Beckett y su soberbia labor monticular sobre los Yanquis en sus propios dominios, el sábado 25 de octubre. Antes habían dejado en el camino a otros favoritos como San Francisco y Chicago, en el playoff y la serie de campeonato, respectivamente.
Beckett lanzó blanqueada de cinco imparables para encaminar, con victoria de 2-0 sobre los neoyorquinos, en el sexto juego, con lo que Florida ganó la segunda Serie Mundial de su historia.
Beckett (1-1), quien lanzó con sólo tres días de descanso y fue nombrado el Jugador Más Valioso de la serie, no permitió que le conectaran dos hits en un mismo inning y completó su labor con dos bases por bolas y nueve ponches para que los Marlins conquistaran el Clásico de Otoño –que celebró su centenario- de la misma manera que lo hicieron en 1997, como el equipo ‘comodín’ de la Liga Nacional.
El manejador Jack McKeon se convirtió, a sus 72 años, en el timonel más veterano que lleva a una novena a ganar el campeonato del mejor beisbol del mundo.
Florida se convirtió en la franquicia de expansión en las Grandes Ligas que más rápido consigue su segunda coronación en el ‘Clásico de Octubre’ al lograrlo en 11 años, luego de su fundación en 1993, y ha triunfado en sus dos viajes a la serie definitiva.
El Clásico de Otoño fue el colofón de una postemporada que estuvo cargada de grandes emociones y batallas inolvidables. Marlins vino de atrás dos veces para dejar fuera a Gigantes y a Cachorros. El duelo contra Chicago tuvo que decidirse en siete juegos con los dos últimos disputados en el Fenway Park con los Marlins derrotando a los dos estelares abridores de Chicago en casa y con una acción que hizo a muchos pensar que las maldiciones en el beisbol no son sólo leyendas.
A aquel joven aficionado que desde la tribuna impidió lo que era un potencial tercer out para los Cachorros en un inning que terminó con un ataque de ocho carreras de Florida, se le señalará injustamente como culpable de que los Cachorros sigan sin disputar una Serie Mundial desde 1945 y de que no la ganen desde 1908.
Por otra parte, también quedó para el recuerdo la guerra entre los dos acérrimos rivales, Yanquis y Medias Rojas, por el gallardete de la Liga Americana, que también se fue a lo máximo con un séptimo juego definido con jonrón en extrainnings y que incluyó una bronca en el tercer partido, en la que se quedó para no olvidar, desgraciadamente, la imagen del estelar Pedro Martínez azotando contra el terreno a Don ‘El Soldadito’ Zimmer. Aquí tampoco se pudo romper la ‘Maldición del Bambino’ y Boston sigue sin coronarse desde 1918.
Cabe la pena destacar que Karim García, el décimo mexicano en jugar una Serie Mundial, fue apenas el tercero en jugar en el equipo perdedor y el segundo que lo hace con los Yanquis como le sucedió al desaparecido Aurelio Rodríguez, en 1981.
CAMPEONES CON OTRO ESTILO
Si se puede hablar de mística en un equipo, ésta quedó expresada de la mejor manera con el trabajo de Beckett, quien al igual que todos sus compañeros –tal vez, la excepción sea Iván Rodríguez- salieron de la nada, del anonimato para sentarse en el trono de los campeones mundiales. Y, más allá de la mística, lo que realmente rindió frutos a la organización de la Florida fue una gran capacidad para encontrar talento joven y conjuntarlo con algunos peloteros de experiencia y gran valía.
No hubo que gastar millones y millones de dólares para armar un trabuco como lo fue la novena de 1997, cuando se destacaban figurones como Liván Hernández, Kevin Brown, Bobby Bonilla, Moisés Alou, Charles Johnson, Gary Shefield, Devon White, Al Leiter, Edgar Rentería, entre otros, dirigidos por Jim Leyland. Todos esos nombres emigrarían, cuando el entonces propietario de los Marlins, Wayne Huizenga, decidió desbaratar la nómina y vender al equipo.
Pasaron cinco años consecutivos de derrotas para los aficionados de Miami, pero la espera tuvo su recompensa y, en el 2003, se combinaron muchos factores, entre ellos, la consolidación de jóvenes como los pitchers Dontrelle Willis, Josh Beckett y Brad Penny, más la incorporación en plena campaña del venezolano Miguel Cabrera, quien se convertiría en el cuarto bat de Florida.
Por supuesto, que fue clave la contratación por un año y 10 millones de dólares de uno de los mejores receptores de nuestros tiempos y uno de los más efectivos de la historia, el boricua Iván Rodríguez, quien se pasó 10 años sufriendo con los Rangers de Texas, sin poder gozar de un triunfo como éste. El popular ‘Pudge’ fue el elemento clave como líder del equipo dentro y fuera de los diamantes, el hombre de la motivación y de la confianza del timonel Jack McKeon, quien le dejó entera libertad para guiar a sus lanzadores a lo largo de los partidos. Como se comentó tantas veces, tener a Iván en tu equipo es como tener a un mánager sobre el terreno de juego.
Desgraciadamente para la causa de los Marlins, Rodríguez no pudo ser retenido y su ausencia, junto con la de otros que ya emigraron, será el más grande obstáculo para refrendar el título.
Lo importante fue que Florida se convirtió en una novena de hombres no de nombres. Un conjunto cuya nómina era superada por cien millones de dólares por la de los Yanquis, que al final corrieron con la misma suerte que Gigantes de San Francisco y Cachorros de Chicago, que saltaron a sus series contra los Marlins como los grandes favoritos.