CIUDAD DE MÉXICO, México, may 13, 2009.- Con la cima del Everest cada vez más cerca, los alpinistas mexicanos Andrés Delgado comparten con nosotros algunas de sus experiencias. Por Andrés Delgado, escalador mexicano, líder de la expedición
Hoy debería de ser un día para celebrar.
Este jueves en el Campo Base podemos descansar y festejar que hemos terminado con el proceso de aclimatación, algunos hemos llegado mas alto que otros y nuestra aclimatación será mejor o peor, pero a final de cuentas podemos aflojar el cuerpo y relajar la mente.
Lo que sigue es esperar a que el estado del tiempo nos dé una oportunidad, 4 días sin viento y sin tormentas, cuatro días para luchar contra nuestros cuerpos y mentes, para buscar en nuestras almas el fuego interno que nos ha traído hasta aquí.
Este jueves debería de ser un día para celebrar.
Y sin embargo me duele el alma, relajar la mente me ha traído dolor y nostalgia. Relajarla me ayuda a descansar, a no estar alerta y temeroso a las grietas, a las avalanchas, al frío y al viento, pero relajar la mente también me ha traído el dolor de pensar en Cristi mi esposa e Iñaki mi hijo, tan lejos de las sonrisas que no he visto en dos meses y del calor de su piel que me he perdido por sesenta días.
Hoy debería de ser un día para celebrar.
Estamos tan cerca de terminar y a la vez tan lejos.
Las cosas no se veían del todo claras, parecía que el cinco de mayo seria un buen día para encontrarse a ocho mil metros, el problema era ¿Cómo llegar a ocho mil metros?. Se necesitan por lo menos tres días para llegar a ocho mil metros partiendo desde el base. Finalmente, vimos una posibilidad entre las velocidades del viento y temperaturas. Teníamos que aprovechar los días 3, 4, y 5 de mayo para aclimatarnos.
Comenzamos con un plan, y como todos los planes, suelen variar.
El tres de mayo amanecimos a las 4 de la mañana, hacia frío como siempre. Yo no había dormido del todo bien, apenas me estaba recuperando de un bicho que me había tenido vomitando y con diarrea un día entero esa madrugada, junto con la alarma del despertador, me levanto un retortijón, la diarrea había vuelto.
Terminamos el desayuno y empezamos el ascenso rumbo a campo uno por la ya tan conocida y frecuentada cascada del Khumbu. Al pisar el hielo, di tres pasos y tuve que inaugurar una letrina en la cascada.
Estaba claro que ese no era mi día, me sentía débil y cansado, no podía mantener el paso y los escalones tallados en el hielo parecían del doble de alto que en ocasiones anteriores, ese día no había paisajes bellos ni amaneceres bonitos para mí, sólo miraba el hielo, contaba cada paso como uno menos para llegar al campo dos. Agache la cabeza como toro necio y caminé muy despacito todo el día.
Al llegar a campo dos, me comí tres platos de arroz con aceite de olivo y sal. Esa noche les dije a Luís y Alejandro que como estaba bastante débil, al otro día en lugar de salir hacia el campo tres a las 8 ó 9 de la mañana como ellos planeaban, yo saldría a las cinco de la mañana. Planeaba ir muy despacito y además como estaba predicho que iba a hacer mucho viento, me iba a poner el traje de pluma. Al salir tan temprano tendría tiempo de ir a mi paso y evitaría las horas de más sol, así no me quemaría con el traje de pluma puesto.
A las cuatro de la mañana del día 4 de mayo me puse de pie en campo dos, hacía un frío que pelaba y el viento pegaba duro. Mientras mas caminaba, me preguntaba, ¿A dónde vas?, pero una vocecita en el fondo me decía “hoy es el día difícil, aguanta, mañana viene el premio”. Así me fui metiendo más y más en la pared del Lhotse rumbo al campo tres.
Ya sobre el hielo casi a siete mil metros, el viento comenzó a arreciar, no golpeaba constantemente, atacaba en ráfagas y parecía que cada una golpeaba con mas fuerza. Algunas deben de haber alcanzado los 70 u 80 kilómetros por hora, hubo una ráfaga que golpeó tan improviso que hasta me quito el aliento, por un segundo sentí como el viento hacía vacío en mi boca y nariz y me quede sin respiración… “Una mas, una mas de estas y me bajo”.
De pronto me asalto una idea terrible: ¿Y las casas de campaña?, ¿Estarán allí cuando llegue a campo tres, o las habrá desgarrado el viento? Me puse a rezar.
Ya estaba demasiado cerca de campo tres como para no llegar… La curiosidad por ver el estado de las casas de campaña me movía demasiado.
Al llegar a campo tres me encontré con lo obvio. Casas de campaña de todas las marcas, colores y sabores desgarradas como hilachos al viento. Algunas otras seguían de pie, no alcanzaba a ver las nuestras, era como un pueblo fantasma y es que el viento golpeaba durísimo.
El toldo amarillo de una de nuestras casas de campaña ondeaba visiblemente al viento, era como una bandera victoriosa de la fuerza de la naturaleza, la puerta desgarrada y la tienda llena de nieve, caminé como el que entra a un cementerio de noche. Cuál sería mi sorpresa al encontrar nuestra tienda de pie, ¡prácticamente intacta!, no lo podía creer, ¡era como la película en la que ganan los buenos!. Me escabullí dentro de la tienda como el niño travieso que se ha salido con la suya. Nadie del grupo había subido detrás de mí. Los sherpas se habían dado la vuelta por el viento y al volver al campamento aconsejaron a Luis y Alejandro que no subieran. El viento era demasiado fuerte.
Conforme avanzaba la tarde, el viento disminuía y poco a poco las ráfagas bajaron de velocidad. Parecían traer un mensaje cautivador y atrevido, poco viento, no hacía tanto frío, me invitaban a seguir subiendo. A las 21 horas no pude mas con la seducción de la montaña, me salí del saco de dormir, encendí la estufa y me comencé a preparar para subir hasta ocho mil metros.
No hacía prácticamente nada de viento pero hacia mucho frío. Ya tenía puesto el traje de pluma, me puse las botas y los guantes dentro de la casa de campaña, arnés, agua, comida, me ceñí el gorro y salí cautivado por la montaña. Eran las 23:30.
La luna llena brillaba intensa, el camino se definía perfectamente bien. Caminar solo, en la inmensidad de esta montaña da una sensación de insignificancia y vulnerabilidad impresionante, aprendes a ver esos momentos como lo que son: una oportunidad para ver la grandeza de Dios y la fortuna del ser humano. Un momento de intensa comunión con tu ser y tus capacidades, un momento de deleite en lo más intimo de la naturaleza.
La banda amarilla, un resalte rocoso a siete mil,600 metros de altura parecía alejarse más con cada paso. Al llegar a su base casi a media noche me aferré a las cuerdas fijas y comencé a ascender. El cansancio que sentía era inusual, no era debido a la altura o a la temperatura tan baja, se debía más bien al cansancio acumulado por la enfermedad, por el esfuerzo de subir entre vientos tan fuertes a campo tres y a la falta de sueño. Estuve a punto de darme la vuelta, el calor de la casa de campaña, el saco de dormir sonaban tan seductores, pero darme la vuelta significaría tirar el esfuerzo de los dos días anteriores a la basura, pero estaba tan cansado.
Pase la banda amarilla y seguí subiendo, inmerso en el doloroso frío, me comencé a percatar de que la luna llena ya no brillaba tanto, ya no veía el camino delante de mí, apenas veía la lucecita de mi lámpara frontal, eso no era normal, a las tres de la mañana la luna llena aún no se pone. Todo estaba oscuro, seguí avanzando, no lo sabia, pero la naturaleza me jugaba una broma ese día con un eclipse lunar.
Un poco más tarde la luna volvió a alumbrar mi camino. El frío era cada vez más intenso y el desgaste ya no se disfrazaba con memoria de Iñaki y Cristi. El cielo ya no era negro, ahora parecía colorearse con un tinte violeta-azuloso, había cada vez más claridad, sin lugar a dudas estaba a punto de amanecer.
Rondaban las 5:30 de la mañana. Estaba a siete mil,850 metros, casi en la cúspide del Espolón de Ginebra, apenas a 50 ó 60 metros del Collado Sur. No podía dar ni un paso más, mi ego me pedía seguir avanzando, pero mi mente me decía que ya no debía dar ni un solo paso hacia arriba, el desgaste que sentía había llegado al borde de ser controlable. Hasta ahora todo esto me serviría de aclimatación, la falta de oxígeno, el esfuerzo físico, el desbordamiento de la zona de confort, todo serviría para mi preparación, pero un solo paso más hacia arriba podría ponerme en una situación de peligro, de cansancio irrecuperable y de desgaste terminal.
Emprendí el descenso, llevaba muchas horas inmerso en la noche, en el frío, en la angustia y en el dolor, era hora de volver.
A las 7:30 de la mañana me metí a mi casa de campaña de campo tres. Me enfunde en el saco de dormir y temblé hasta las 10 de la mañana que fue cuando finalmente el sol calentó el interior de la casa de campaña. A esa hora logré quedarme dormido.
A medio día me desperté y me forcé a ponerme de pie, a beber y a atender mi cuerpo cansado, comí y bebí hasta que me sentí listo para emprender el descenso a campo dos. Mientras me cambiaba las calcetas por un par de medias secas, escuche la voz de Luís fuera de la casa de campaña.
Alejandro y Luis habían salido de campo dos a las dos de la mañana y habían llegado hasta la banda amarilla, ahora venían de bajada y me encontraron. Luis me espero hasta que estuve listo para emprender el descenso. Al salir de la pared del Lhotse nos encontramos con Alex y juntos nos fuimos los tres hasta campo dos.
Esa tarde estábamos tan cansados los tres, que ninguno nos presentamos a cenar. Al día siguiente descendimos hasta campo base en donde nos recibieron con unas cervezas con jugos de naranja.
¿Qué nos queda? Esperar a que el estado del tiempo nos dé una oportunidad, 4 días sin viento y sin tormentas, cuatro días para luchar contra nuestros cuerpos y mentes, cuatro días para buscar en nuestras almas el fuego interno que hasta aquí nos ha traído.
Hoy debería de ser un día para celebrar, y sin embargo me duele el alma. Cristi e Iñaki: los extraño tanto.
Relato de Marta Ostos
El proceso de aclimatación ha terminado, cada paso fue importante para conocerse a si mismos y adentrarse a la montaña con respeto y humildad. Cada paso hacia delante desde el primero de abril fue un fortalecimiento para el cuerpo y el alma. Aparentemente Alejandro, Luis y Andrés están más débiles, han bajado de peso, perdido músculos, y ganado enfermedades. Sin embargo, están más fuertes que nunca, todo este tiempo no ha hecho sino darles mas convicción e ímpetu para seguir adelante.
Esta ultima aclimatación fue un parte aguas especialmente para Luis, ha cambiado de opinión con respecto a la manera de alcanzar la cumbre. Aprovechando que Juan Pablo dejó sus botellas de oxígeno, Luis ha decidido subir con oxígeno complementario desde el campo cuatro.
“Nunca en mi vida me había sentido tan débil físicamente, junto toda mi fuerza para mover un solo pie. Nunca he subido una montaña de ocho mil metros y ha sido muy duro para mi cuerpo, he tenido muchos bajones. Yo soy muy orgulloso y no me gusta quedarme atrás, a veces hago las cosas sin pensar, pero aquí aprendes a ser humilde. Quiero regresar con la cumbre, pero vivo, y es por eso que tome la decisión de usar oxígeno para sentirme más tranquilo y seguro.” comento Luis.
Como parte de la preparación para el ataque de cumbre, los escaladores bajaron a un pueblo llamado Dingboche, a 4350 metros de altura del 8 al 11 de mayo. Toma un día para bajar y otro para subir, sin embargo vale la pena para fortalecer los cuerpos con oxígeno fresco y despejar las mentes con nuevos panoramas. Camas un poco más reales, comida nueva y fresca, baño caliente, pies y manos sin frío.
Todo esto genera enormes beneficios en el cuerpo y la mente de los escaladores para dar el siguiente paso. Ahora cada paso, cada bocado y cada pensamiento, están enfocados en mirar hacia arriba, hacia el largo recorrido hasta la cumbre.