LONDRES, Inglaterra, jun. 23, 2003.- Seguramente el legendario Fred Perry, último británico que ganó el torneo Gran Slam de Wimbledon en 1936, habría mostrado una burlona e incrédula sonrisa si entonces le hubieran dicho que la "catedral" del tenis mundial se convertiría en una especie de "bunker" varias décadas más tarde.
Pero, precisamente, de seguridad, y no hipotética, va la cosa en este 2003 y las 20 hectáreas que ocupa el señero The All England Lawn Tennis et Croquet Club y sus alrededores tienen el aspecto de una ciudad ocupada.
En todas las calles adyacentes de cierta importancia está estrictamente prohibido estacionar mientras dure el torneo y en las secundarias sólo pueden hacerlo los residentes. La policía local patrulla en permanencia para que la medida se cumpla con rigurosidad.
Una vez dentro del recinto, las medidas aumentan de manera exponencial y, por momentos, cabe preguntarse si aquí se está disputando un torneo de tenis o tiene lugar una cumbre política.
Los vecinos comentan, justificando tanto celo y recelo, "es que hay temores de un eventual atentado". Es posible, pero, en los tiempos que corren, qué o quién puede considerarse inmunizado contra cualquier acción violenta.
Es imposible saber si se trata de simple prevención o existen indicios reales de malévolas intenciones. Después de la participación de Gran Bretaña en la guerra contra Irak muchos comparten la convicción de que nada volverá a ser igual y, por supuesto, cualquier acontecimiento deportivo no escapa a la regla.
Los controles en Wimbledon no son una novedad. Desde varias ediciones atrás hay guardias de seguridad en todas partes, y el acceso al club sólo es posible tras un minucioso registro, pero, la diferencia de ésta con relación a las anteriores, es que mientras en tiempos pasados los cancerberos se encontraban en lugares puntuales o estratégicos, en la oportunidad pululan por doquier y no hay puerta o pasillo "fuera de normativa", inclusive en el Centro de Prensa.
Tanto exceso de atención sobre los movimientos de los periodistas, en este lunes de comienzo de la competición, sólo ha ayudado a aumentar el pequeño caos típico de la primera jornada.
Todo el mundo corre de un lado para otro: un teléfono que no funciona, o que sí pero la contraseña para habilitarlo no es la correcta, una computadora que se niega a transmitir como es debido, o una acreditación de último momento a la que faltan algunos datos para completarla. Hay de todo y para todos los gustos, además del tenis, por supuesto.
Sin embargo, los hombres y mujeres de uniforme siguen allí, firmes, imperturbables, con la misma rigidez aunque con menos 'movimiento' que la estatua de bronce que inmortaliza a Fred Perry a pocos metros de la entrada principal, aunque entre los primeros alguno esboza de tanto en tanto una sonrisa, y el triple ganador de Wimbledon, por su parte, muestra un rictus de incredulidad.