Uno de los temas más actuales con relación al crecimiento económico y el avance legislativo exigido por el entorno internacional se basa en las leyes de protección a la propiedad intelectual. México cuenta hoy con uno de los organismos más reconocidos a nivel internacional en este aspecto, el Instituto Mexicano de la propiedad Industrial (IMPI), sin embargo las leyes de propiedad intelectual siguen lejos de alcanzar los estándares internacionales. Casi todos los días leemos en los diarios, programas de radio formadores de opinión, o periódicos especializados, los millones de dólares que le cuestan al país sectores como la piratería en cualquiera de sus rubros. Pero más allá de entender si el Doctor Simi entra o no en la estadística, lo que no vemos es el enorme potencial de copiar, o reproducir de forma legal, uno de los elementos más esenciales del proceso de generación de valor en una economía: Los Negocios.
El término franquicia en México es relativamente joven. La franquicia existe como figura legal en México desde 1991, pero es hasta diciembre de 1994 en que se aprueba la primera legislación que regula los elementos que debe de reunir una empresa para convertirse en una franquicia.
Pero, ¿qué hace a la franquicia un medio de generación de valor (lease empleos, bienestar, etc.) tan distinto a cualquier otro negocio? La diferencia radica fundamentalmente en el atajo que implica no tener que cometer todos esos errores, en dos palabras, comprar experiencia.
Al inicio, las primeras franquicias en México eran de origen extranjero. Hoy cerca del 60 % de las unidades franquiciadas a nivel nacional forman parte de redes de empresas franquiciantes mexicanas. Incluso muchas de ellas ya están incursionando en el mercado internacional.
Hoy, la gama de franquicias disponibles en México es sumamente amplia, e involucra casi todos los giros, incursionando tanto en el comercio, como en el ámbito de los servicios y la producción. Los sectores más comunes son el restaurantero y el comercio a menudeo, pero podemos encontrar franquicias desde consultorios dentales, hasta el mismo Museo Guggenheim. Hoy las franquicias no son sólo una alternativa para crecer dentro de una industria, sino que se ha convertido en un sector en sí, en un mercado donde las diferentes empresas ya no sólo se preocupan por ocupar un lugar privilegiado en su sector frente a sus competidores de giro, sino que cada vez más se enfocan en que su producto “Franquicia” sobresalga, ofreciendo cada vez más beneficios a sus franquiciatarios, mejor asistencia, innovación, publicidad y otros elementos donde se aprovechan economías de escala. Y lejos de encontrarnos en un punto de saturación, la persistente recesión económica, combinada con la caída en las tasas de interés, ubican a las franquicias como una atractiva alternativa de inversión y autoempleo.
Es imposible establecer con precisión el valor del mercado de las franquicias en relación al PIB, pero es casi imposible no dejar gran parte de nuestro gasto en negocios franquiciados. La fórmula es relativamente sencilla: una transmisión simultanea de marcas y conocimientos, la empresa franquiciante otorga al franquiciatario la posibilidad de invertir “copiando” su propio negocio, recibiendo a cambio una remuneración económica. Ambas partes se favorecen en ese proceso de reproducción y la derrama económica es sumamente considerable entre empleados, proveedores, clientes y los mismos franquiciatarios.
Es por esto que es cada vez más importante que las leyes de propiedad intelectual, registros de marca y secretos industriales sean reforzadas, pues es sumamente necesario como economía, dejar de copiar por obligación, y empezar a reproducir por ambición. Las franquicias son un mecanismo que utiliza estos elementos para facilitar el ánimo emprendedor, generar empleos e invertir dentro de la ley y la escasa economía formal.