CIUDAD DE MÉXICO, México, jul. 21, 2004.- H. P. Lovecraft es llamado el amo maestro del terror cósmico. Su mitología, volcada a través de sus cuentos y novelas, desmenuza los temores de la humanidad y los coloca frente a ella transformados en monstruos espantosos. Esos monstruos poblaron alguna vez la Tierra y ahora se esconden como dioses que vigilan desde otra dimensión, esperando hacerse del planeta de nuevo.
En la Segunda Guerra Mundial, los nazis viendo perdida su causa, tratan de abrir una puerta a otra dimensión para traer desde allá a uno de estos seres malignos y poderosos, todo para derrotar por fin a los Aliados.
En la toma de Alemania, los Aliados se topan con una extraña ceremonia y rescatan de entre los escombros de la invocación, a un pequeño demonio que es en estricto sentido, un niño infernal: Hellboy.
Estas piezas en apariencia sin conexión son los elementos con los que Mike Mignola, el autor del cómic en el que se basa Hellboy, juega para entregar un héroe que, como en la mitología y el terror de Lovecraft, reúne los miedos y las desviaciones humanas para encarnarlas en ella misma. Para materializar los miedos de un hombre, el propio Hellboy, que hablando una vez más en sentido estricto, tampoco es un hombre.
El último eslabón lo provee justo un hombre (grande en todos los sentidos) que reconoció en Hellboy sus propios miedos y limitaciones y por ello se comprometió a filmar este proyecto.
Así, Hellboy no es solo una gran película de acción, terror, emoción y adrenalina. Es la historia de un personaje que, como cualquiera de nosotros, teme hablar de frente con la chica de sus sueños pero al mismo tiempo siente celos cuando alguien más lo hace.
No se trata únicamente de las persecuciones y de las explosiones, de las escenas de pelea: Hellboy es la encarnación del lado débil de cada uno de los hombres, el lado que prefiere entretenerse frente a la tele que salir a cumplir con su deber... por muy superhéroe que uno sea.
Efectivamente, la manufactura de la película está garantizada. Rodada en Praga y Estados Unidos, post producida en los mejores estudios (el diseño de audio salió del equipo del Skywalker Ranch en San Francisco) y diseñada para que todo se vea en su lugar, promete y cumple entretenimiento de alto octanaje. Pero también es una película enteramente personal de Guillermo del Toro, un proyecto tan personal como El Espinazo del Diablo, su anterior largometraje.
Por ello los ingredientes encajan a la perfección, como las maquinarias de Cronos, otra película de Del Toro. Hellboy es un héroe comprometido con su causa pero enfrentado a miedos tan adolescentes que traspasan generaciones. Para lograr estos balances, Del Toro construye a sus personaje con detalle y apasionamiento.
Auto homenajes para los amantes de la trivia, enormes y excelentemente rodadas secuencias de acción, referencias a la literatura de Lovecraft, personajes con matices, el inconfundible toque de Del Toro pero antes que nada, un cómic de culto bien traducido al cine.
Mignola dejó a Del Toro trabajar sin presiones ni exigencias de autor. “Él conoce a Hellboy, así que lo dejé llevarlo a la pantalla, así de fácil”. Y Guillermo logra una cinta de palomitas que envuelve a un proyecto personal y profundo, aunque no lo parezca. No es el Hombre-Araña. Es un niño llegado del infierno y el niño puede llamarse Guillermo Del Toro o simplemente Hellboy.