CIUDAD DE MÉXICO, México, sep. 1, 2006.- Muchas veces podemos caer en la trampa de la opera prima. Tarantino se hizo famoso con su debut cinematográfico y Orson Welles demostró que la edad no es impedimento para hacer una buena (un clásico en su caso) película.
El caso de Issa López y Efectos secundarios reúne ambas vertientes. Es la primera película como directora de Issa, que a su vez es joven y es una historia en la que la edad tiene mucho que ver.
Cuatro historias, cuatro ex compañeros de la preparatoria que al paso de los años se dan cuenta que sus sueños están no sólo lejos de realizarse, sino en la dirección contraria a la que ellos han decidido tomar.
Issa explora a esa generación de finales de los ochenta con una serie de viñetas ágiles aunque (tampoco se trata de una obra impecable), su historia tarde bastante en arrancar. Una vez que asimilamos los acentos y entonaciones de unos personajes quizá trabajados en exceso (eso hace que se obvie información de sus historias justo al comienzo de la cinta), la sucesión de viñetas va hilando una película fresca.
Lo más importante es que el discurso cinematográfico de Issa es maduro y concentrado, a diferencia de tantos y tantos intentos de películas mexicanas por narrar coherentemente una historia. Doble mérito: en la película de Issa no hay una historia central. Los cuatro ángulos marcados por sus personajes se envuelven en una narración circular en la que las intenciones abiertas en algún momento, se cierran y concluyen cuando uno menos se lo espera.
El romanticismo surge y López lo derrumba a los 30 minutos. El tan sobado “realismo mágico” parece asomar la cabeza, sólo para ser golpeado mortalmente a los 40 minutos. Círculos narrativos. Efectos secundarios está armada de círculos narrativos que van desvelando a los personajes (en cualquier sentido de la palabra), para que al final, terminen muy cercanos.
¿Ayuda que en el reparto tengamos a actores poco conocidos? Sí, la distancia tarda en acortarse, pero cuando eso se consigue los círculos de Issa arman una pirámide reflexiva que hace que pasemos del retrato de una generación, al de la clase media mexicana, llena de doble moral, de hipocresía y de falsa familiaridad. Y es quizá ahí donde se concentra la película de López. Sin una historia central retrata a una clase media (esa sí más atemporal) y hace de ella un laboratorio de emociones y reacciones.
Así, sin saber si estamos frente a una comedia (aunque López misma afirma que se trata de eso), de un drama, de un melodrama o simplemente de un extravagante docudrama, Efectos secundarios puede ya ser inscrita como una de las pocas películas maduras que han aparecido después de Amores perros (otra opera prima), que a su vez sacó al cine mexicano de la Edad de Piedra.
De lo mejor, la actuación de Marina de Tavira, el sentido del humor de la película, negro y corrosivo, la aparición (finalmente) de un adicto convincente, sin exageraciones y con una excelente aproximación a su recaída (sin dramatismos ni morbo), las transiciones en el tiempo y el discurso final, en el que Issa López rescata a esa generación perdida en las eternas crisis mexicanas, con nihilismo y desencanto, cierto, pero con fuerza.
Efectos secundarios representa, sin duda, un gran paso hacia la madurez del cine mexicano.