Del Toro y su Laberinto

 
 
 
por: Erick Estrada
Fuente: esmas.com
 

'El laberinto del Fauno' representa no sólo una metáfora de la historia española, sino una propuesta visual impactante

 
CIUDAD DE MÉXICO, México, 2006. Sin duda alguna, Guillermo del Toro es el mejor director de las llamadas “nuevas generaciones” en el cine mexicano. Lo curioso, es que aunque Guillermo no es mayor, tampoco creo que pueda ser encasillado en esas “nuevas generaciones”. La razón es simple, su filmografía es amplia y, ante todo, consistente.

El Laberinto del Fauno no hace sino comprobarlo. Del Toro coloca ahora frente a la crítica y público una película que aunque personal, tiene mucho que ver con el mundo que estamos viviendo. Resumirla y contarla está de más. Como toda buena película, lo que cuenta está rebasado y adornado por la manera como lo hace. Así, la historia de Ofelia, una niña atrapada entre los mundos enfrentados en la sangrienta Guerra Civil española es un simple pretexto para el discurso de del Toro. Abrumada y en peligro, Ofelia se refugia en un mundo imaginario, aunque las circunstancias son tan violetas que es escape de ese agitado país que le ha tocado vivir es imposible.

A través de dos atmósferas claras y encontradas (como los bandos que pelean en la Guerra Civil), del Toro ejercita un estilo cinematográfico que embona a la perfección con la temática y el estilo de sus entregas anteriores, El espinazo del diablo y Hellboy. Los colores cálidos y las formas redondeadas se adueñan de la pantalla cuando Ofelia transita por su mundo interior, mientras que los colores fríos y los escenarios ríspidos y angulosos aparecen cuando el mundo real se deja caer con todo su peso.

A través de un elenco sencillamente espectacular (Ivana Barquero, Sergi López, Ariadna Gil, Álex Angulo y una intensa Maribel Verdú), del Toro elabora una metáfora inspiradísima sobre las generaciones afectadas por la Guerra Civil y su final: la atrapada que ve su vida encerrada por siempre, forzada a crecer y morir dentro del régimen fascista que se adueño de España, encarnada por Ofelia; la de los combatientes, que pelean por una España libre, capaces de dar su vida y que habla a través de la voz de Verdú; y aquella que llegará cuando todo haya terminado, misma que se hace presente en la imagen del hijo no nacido del capitán Vidal (Sergi López), a quien rechazará por los crímenes y las traiciones cometidas.

Así y envueltos en un estilo visual delirante y típicamente de del Toro, Guillermo presenta una cinta con mucha carga política, con mucho estilo personal y con una enorme evolución con respecto a sus trabajos anteriores. El paso de la niñez a la madurez, la inevitable toma de decisiones, las consecuencias de los propios actos, la violencia desatada, el despertar a la realidad, todos los puntos son tocados y desarrollados por del Toro con una delicadeza que, de tan trabajada, paradójicamente se vuelve abrumadora y, claro, violenta.

El Laberinto del Fauno es, dicho por el propio del Toro, una versión espejeada de El espinazo del diablo, cinta con la que comparte mucho más que la estructura narrativa (un extraño y elaboradísimo flash back, eficiente a todas luces) y el desarrollo de la historia en el terreno español de la Guerra Civil. Pero sobre todo, es la demostración de que el lenguaje cinematográfico, a pesar de ataques de simplismo o de pretensiones seudo evolutivas de otros directores (no necesariamente mexicanos), sigue vivo y es tan rico como siempre.

Si van buscando fantasía y seres mágicos, los hay, aunque en mucha menor proporción que en trabajos anteriores. Repito, la hermandad con El espinazo del diablo explica mucho el tono que del Toro entrega. Una película impresionante y, repito, con una gran ventaja: inspirada de principio a fin. No esperen, para nada, un final feliz.

 
 
 
Ofelia es el vehículo para el despliegue de inspiración de Del Toro.
Ofelia es el vehículo para el despliegue de inspiración de Del Toro.
Foto: Sitio Oficial
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