CIUDAD DE MÉXICO, México, oct. 26, 2006. La Mancha, esa misteriosa región al centro de España en donde, conviven ciudades modernas y cosmopolitas y pueblos de la otra España, la España profunda, es la región donde
Pedro Almodóvar monta una nueva historia con los elementos que todos le conocemos, pero más maduros y pulidos. Esa sería la definición de
Volver, una película manchega, madura y pulida, inspirada.
Nuevamente, como en casi toda su filmografía pero particularmente en las películas que arrancaron con Todo sobre mi madre, Almodóvar descompone el universo que todos conocemos, enteramente machista y fálico, para deshacerse de los hombres y armar un cosmos paralelo, inundado de mujeres que con un desparpajo fresco y luminoso, no sólo sobreviven sin ellos, sino que mejoran y evolucionan.
Así, cimentado en un guión inteligente y sencillo, una familia en la que los secretos y la mentira han sido el denominador de sus propias relaciones, se abre de par en par ante quienes vemos la película, no sólo para dejarnos tocar esos secretos, sino para que ellas mismas los desvelen y arreglen las fracturas que estos hayan provocado. Desde ese punto de vista, Volver es, a través de las palabras y los actos de Carmen Maura (en una estupenda reconciliación con Almodóvar, personal y cinematográfica) y de Penélope Cruz (en un papel que la consagrará como una de las mejores actrices en España), una película introspectiva, una exploración autocrítica hacia las familias de esa España profunda, hacia el sentir español y su relación con la muerte y, sobre todo, a lo que se ve son las memorias de Pedro en esos pueblos, regidos y controlados por el poder materno.
La historia es simple: tras la enfermedad de una de sus tías (Chus Lampreave, fenomenal), Raimunda ( Cruz, simplemente espectacular) y su hermana Sole (Lola Dueñas) se las arreglan para hacerle un par de visitas en su pueblo. Cuando la tía muere, se dispara una bola de nieve que obligará a Raimunda a conectarse más con el pueblo, a replantearse su relación con el hombre con el que vive, con su hija y, sobre todo, con su madre (Carmen Maura demostrando que su currículum es mucho más sólido de lo que se cree), que al parecer se aparece como fantasma en el pueblo y no es el único.
No se engañen. Las figuras fantasmales son sólo un pretexto que Almodóvar doma estupendamente para contar lo que necesita contar y obligarnos a concluir lo que él quiere que concluyamos. Es decir, aunque las figuras fantasmales son parte de la historia, no se trata de una película de terror… aunque sí, los secretos a los que se enfrenta Raimunda son realmente de terror. La profundidad del personaje de Raimunda está en el hecho de que se enfrenta a los terribles secretos que la han rodeado toda su vida a través de mentiras, lo que establece una relación casi de círculo vicioso, la única salida de esta madre joven al embrollo.
Alrededor de la evolución de Raimunda –en la que arrastra a su hija (Yohana Cobo, sencilla y poderosa)- se desenvuelven otros personajes que además de dibujar la manera de ser y de sentir de España, critican y desmienten no sólo la masculinidad del mundo en que vivimos, sino que refuerza la imagen y femenina en ese mismo universo, sin feminismos, sin ironías, sin radicalismos y sin exageraciones.
Además, el estilo visual de Almodóvar aterriza estupendamente en esos nuevos territorios extra madrileños pues de hecho, Madrid, aunque está, no se ve. La cinta es entonces doblemente introspectiva: mira hacia dentro de su autor y de sus personajes, redondeando la propuesta con una mirada interna de Madrid, sin espacios abiertos, sin avenidas, casi sin gente, a excepción de las calles que muestra abarrotadas de gente anónima y en consecuencia, inexistente.
El rojo, como siempre, es un vehículo conductor que, desde el cartel de la cinta hasta los accesorios de Raimunda, lo que cocina, su coche, los escenarios, se transforma en poder, en pasión, en sexualidad y también en inocencia.
Volver es una película que no debe dejar de verse.