CIUDAD DE MÉXICO, México, feb. 26, 2007.- Muchos dirán que, nuevamente, México se quedó en la orilla, que el
Oscar era un sueño inalcanzable o que la entrega que vimos anoche fue un robo en despoblado. Nada de eso es cierto.
Ante la 79 entrega del Oscar muchos mexicanos habían levantado enormes expectativas, falsas desde mi punto de vista. El chauvinismo se hizo presente desde el primer instante y muchos clamaban una victoria estilo guerra del siglo XIX ante invasores y traidores, cuando lo que íbamos a ver era únicamente una ceremonia en la que se reconoce, desde el punto de vista de una Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en particular, el quehacer cinematográfico de su industria y de algunas otras alrededor del mundo. Eso era todo y nada menos que eso.
El hecho de que la industria cinematográfica más poderosa del planeta se fijara en el trabajo que muchos artistas y técnicos cinematográficos mexicanos están realizando (eso sí, todos fuera de su país), era más que un signo de afecto hacia este país (como muchos lo vieron), una señal de los nuevos tiempos en la industria cinematográfica, en la que los equipos y los elencos son cada vez más internacionales y menos locales.
Cierto, había muchos mexicanos compitiendo por un Oscar, pero si se analiza objetivamente a las cintas que incluyen trabajo mexicano, trabajo, los reconocimientos entregados (tres nada menos que para El laberinto del Fauno) fueron justos. Ningún mexicano se quedó en la orilla y no hubo ningún tipo de robo.
Como lo habíamos dicho, de todas las películas con trabajo mexicano nominadas, Babel era la que menos oportunidad tenía de ganar, al contrario de El laberinto del Fauno, que tras un estupendo trabajo de guión (tres años se pasó Guillermo del Toro escribiendo el guión) y a pesar de que tampoco fue Emmanuel Lubezki quien se llevó el premio, el Oscar fue correctamente entregado.
No, no hubo robos, no hubo injusticias. Alejandro González Iñárritu tenia enfrente a directores con mucho más poder y mucha más carrera y además había entregado una cinta sobrevaluada que se cimentaba en una grandiosa campaña publicitaria. Si bien Lubezki se quedó nuevamente con las ganas, fue otro mexicano, Guillermo Navarro, el que se quedó con el reconocimiento. Alfonso Cuarón destacó y encantó a muchos con su Niños del hombre, pero dentro de una industria tan dinámica, le falta aún mucho por decir y le falta aprender a decirlo con más contundencia.
Guillermo del Toro fue el triunfador indiscutible. No le dieron el Oscar al guión ni a la Mejor Película Extranjera (algo que sí esperábamos que ocurriera), principalmente porque La vida de los otros, la cinta que finalmente se llevó el premio, es también una película poderosa, llena de inspiración y quizá, más universal que la obra de del Toro. Sin embargo, los tres Oscar que se llevó su película pesan lo suficiente para declararlo uno de los ganadores de anoche.
Quien ganó no fue México. El reconocimiento desconoce nacionalidades y procedencias y reconoce talento y arte (no siempre, pero ayer sí), así que nadie debe decir que ganó México o que los Oscar se le dieron a México.
Al contrario, el hecho que se reconozca a nuestros "braceros" del cine (tomamos la palabra de declaraciones de Cuarón) tendría que hacer que las instituciones culturales de este país elaboraran finalmente un plan de desarrollo cinematográfico en el que autores y técnicos encuentren apoyo para seguir filmando. El trabajo de los mexicanos reconocido anoche no fue apoyado por ningún tipo de institución cultural de este país, pero poco faltó para que muchas de ellas se colgaran del éxito de la nominación.
Con el reconocimiento justo materializado, sería hora que gobierno e instituciones comenzaran realmente a trabajar, aliados o no con la iniciativa privada, para reactivar una industria cinematográfica que en su estancamiento ha provocado que muchos de sus mejores talentos se vean obligados a filmar fuera de su país. No está mal entrar a otros mercados como experimento, pero la lección de anoche debe servir para hacer olvidar el dicho "Nadie es profeta en su tierra".
Anoche México no ganó ni perdió. Hubo cineastas reconocidos y señales claras. Guillermo del Toro se dejó ver como el mejor establecido dentro de la industria estadounidense y además, uno de los pocos que con esa influencia, empieza a producir e impulsar proyectos en México. Alfonso Cuarón comienza a recoger los frutos de su trabajo en la gran industria. Alejandro González Iñárritu hizo bien su trabajo, pero se confirmó que debe cambiar el rumbo, madurar su propuesta y, sobre todo, seguir filmando.
De todos modos, habría sido muy bueno que El laberinto del Fauno ganara como Mejor Película Extranjera.