CIUDAD DE MÉXICO, México, mar. 21, 2007.- Los Arieles fueron entregados, el daño está hecho. Si bien la ceremonia como tal ha evolucionado y se ha hecho mucho más profesional y si tomamos en cuenta que del Ariel a las Diosas de Plata hay una enorme diferencia (el Ariel tiene mucha más seriedad y categoría), una entrega como la de anoche no deja de ser significativa.
Evidentemente felicitamos a quienes sin duda fueron los ganadores de la noche, El laberinto del Fauno y El violín, dos cintas completamente diferentes pero que al haber llegado a las nominaciones y al haber ganado sus respectivas categorías, evidencian el grave estado del cine mexicano.
Por un lado tenemos a los creadores que por varias razones que no viene al caso citar, se ven en la necesidad de filmar fuera de su país. Ello de entrada no es malo, todo lo contrario. Las nacionalidades en la creación artística nunca han sido trascendentes, pero si una cinta es premiada en México como la mejor del año y esa cinta no fue producida por completo con dinero mexicano y peor, si alcanzó el éxito sin que las instituciones culturales de este país la hayan apoyado en nada (pero quieran subirse al camión que va de paso), algo estamos haciendo mal.
Por el otro, están los creadores que buscan un escaparate para una película a la que se parió con sangre y dolor, que tampoco recibió apoyo de las instituciones correspondientes y que no tiene aún una distribuidora que la exhiba en su propio país a pesar de haber triunfado en cuanto festival se ha presentado. El violín y su caso es quizá lo más triste en el subtexto de la entrega del Ariel de este año.
La tarea ahora debe ser otra: presionar a las autoridades mexicanas para que la financiación y la producción de películas en México deje de ser un infierno, para que el autor no se quede con la mínima parte del ingreso en taquilla y para que los nuevos creadores sigan trabajando sin necesidad de abandonar su país si es que así lo quieren.
Esa debería ser la verdadera enseñanza de la entrega del Ariel en 2007. La lectura del estado del cine mexicano y la presión que debe ejercer la Academia Mexicana para que las leyes dejen de ahorcar a los cineastas.
Por último, los empates en este tipo de premiaciones nunca dejan buen sabor de boca. Los premios deben dejar de ser para los amigos o para buscar influencias o favores más tarde. Quien gana debe ganar claramente y quien no, igual.