CIUDAD DE MÉXICO, México, feb. 26, 2004.- El ilusionismo puro y duro del popular David Copperfield encandiló al público mexicano durante la primera de siete sesiones que ofrecerá los próximos días en el Auditorio Nacional de esta capital, con una clase de espectáculo altamente recomendable para todas las familias, al mismo tiempo por su cautivador poder como por la interacción que mantiene el mago con personas escogidas al azar.
Un Copperfield que lo hace todo bien y que se gana al respetable desde el primer minuto con su peculiar don de gentes, simpatizando ante las cámaras y formulando chistes en español o inglés que hasta improvisa a la perfección, realiza números tan asombrosos como transportarse hasta una playa tailandesa en plena función o desaparecer a una docena de voluntarios y reaparecerlos en medio del recinto para concluir su espectacular puesta en escena.
Desde su curiosa irrupción en el show, al mando de una ruidosa moto que sale de la nada, el cotizado artista empieza a poner el listón muy alto, y, habida cuenta de que ha actuado ya en varias ocasiones en nuestro país, sus actos evolucionan constantemente -y si Luis Miguel hace lo mismo veintitantas veces por algunos años, cómo no asistir con un Copperfield renovado-. Quizá la mitad de su poder de convocatoria la consiga con esa permanente y franca sonrisa, que ya dice mucho en su favor.
Lo demás son trucos tan especiales, preparados meticulosamente, como aparecer un flamante coche de época en medio de varios asistentes -el auto es de verdad, ¡Copperfield se subió en él-, cuyas placas fueron "elaboradas" con la colaboración de los mismos. O, asimismo, lograr que un amenazador escorpión encuentre una carta previamente seleccionada. Hasta los números de vieja escuela son presentados en maneras que atrapan toda la atención.
La mejor forma de constatar la química entre ilusionista y público es ver cómo los casi 10,000 presentes se pegan por subir al escenario para someterse a una simple "desaparición" -algunos pensarían que el Secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, sentado en las primeras filas, debiera haberse postulado-. Ello sucede en forma aleatoria, caramba, no hay una lista de espera ni escogen a los más guapos.
Atravesar una pesada lámina metálica, simular divertidamente la explicación de alguno de los trucos y hasta representar el nacimiento de un bebé -nombre y sexo elegidos por alguna voluntaria-, sumado todo a esa inexplicable transportación hasta Tailandia en "tiempo real", con enlace vía satélite y toda la cosa, son algunos de los momentos memorables de lo último de Copperfield, instantes que más de uno querrán revivir, seguramente, comprando boletos para las siguientes funciones.