CIUDAD DE MÉXICO, jun. 25, 2004.- El carácter permanente de los valores humanos que representa constituye el fundamento del éxito de
El Chavo del Ocho, según un crítico y un actor chileno, que comentaron el "fenómeno" de la serie mexicana en la televisión local.
El Chavo del Ocho es "uno de esos personajes y de esas series imperecederas", dice a Paulo Ramírez, un reconocido crítico de televisión del diario ‘El Mercurio’, actual ejecutivo de una estación distinta a la que exhibe el popular programa mexicano.
La serie, nacida en 1971 y cuyos últimos capítulos se grabaron hace unos 20 años, sigue siendo uno de los 10 programas más vistos de la televisión chilena, según la consultora Time Ibope.
"Se trata de una serie de las más durables que haya conocido la televisión, y que sigue vigente con rating espectaculares, Es un fenómeno que no tiene parangón en la televisión chilena", subraya.
Ramírez indica que, a su juicio, "el ‘Chavo’ tiene atributos como personaje y como programa que lo hacen completamente universal", y destacó la "capacidad comunicativa gigantesca" del personaje creado e interpretado por Roberto Gómez Bolaños.
"Pese a que el lenguaje, el entorno y su forma de relaciones son muy mexicanas, en realidad los personajes, las situaciones son universales", explica.
Agrega que como telespectador "uno se siente rápida y fácilmente identificado tanto como por los personajes como por lo hechos cotidianos que ellos viven, porque están basados en valores y antivalores a los cuales todos tenemos acceso".
Entre ellos figuran la amistad, la traición casi en juego, la soledad, el compañerismo, la envidia, valores muy característico y muy comunes a la vida de cualquier persona, cita.
"Tanto los textos como la construcción de los personajes tienen la capacidad de captarlo y de expresarlo con una ternura y con una gracia realmente impresionante", dice Ramírez, subrayando la calidad creativa e interpretativa de Gómez Bolaños.
Los personajes –‘El Chavo’, ‘La Chilindrina’, ‘Doña Florinda’, ‘Quico’, ‘Don Ramón’- agrega, son de una originalidad tan grande, que los convierte inmediatamente en únicos, con una idiosincrasia propia. Al estilo de los personajes de la dramaturgia o la literatura universal.