CIUDAD DE MÉXICO, México, ago. 12, 2005.- Con una sonrisa constante y una estupenda disposición, la actriz
Talina Fernández develó, junto con el productor Gerardo Quiroz, la placa de las 2 mil 500 representaciones de la obra
La dama de negro, que ahora se presenta en el Teatro Pedregal de esta ciudad.
La puesta en escena dirigida por Rafael Perrín eligió a Fernández para ser su madrina al festejar 11 años en cartelera en este país.
“No cabe duda que en México se hace uno de los mejores teatros del mundo: el año pasado mi esposo y yo vimos la obra en Londres y nos pareció aburridísima, nos dormimos durante los dos actos, en cambio, ver este duelo de actuaciones en un escenario mexicano es algo maravilloso”, manifestó la actriz al termino de la función.
Interpretada por Alejandro Tomassi y el propio Perrín, con Benjamín Rivero como actor alternante y Patricia Perrín como la Dama de Negro, la obra inicia una nueva temporada a 11 años de su debut, ahora en el foro del Teatro Pedregal.
Y fue precisamente por eso por lo que Perrín agradeció a Gerardo Quiroz antes de develar la placa conmemorativa, ya que –dijo- en cuanto se enteró de que los habían “echado” de su anterior foro, no permitió que la obra se quedara sin teatro
Escrita originalmente por Susan Hill y adaptada por Stephen Mallatrat, La dama de negro es teatro dentro del teatro. Arthur Kipps ha vivido aterrado a partir de una experiencia con fantasmas que enfrentó en su juventud. Las terribles cosas que le han sucedido deben ser contadas ante un público que estará conformado por sus familiares y amigos, por lo que decide escribir el relato y buscar la ayuda de un escéptico director de escena, John Morris, para que le oriente hacia una adecuada interpretación de su texto en un viejo y abandonado foro.
Durante el primer acto, de carácter explosivo, el público conoce los pormenores de la historia y las condiciones de la atmósfera inglesa de principios de siglo. En esta etapa de la obra, la intención escénica es mantener al auditorio relajado y de buen humor, pero… llegando el segundo acto, comienzan las emociones fuertes.
Mediante una sencilla fórmula escenográfica basada en tres sillas y un baúl, la imaginación lleva a los espectadores a viajar de un vagón de tren al interior de una mística mansión.
La historia va adquiriendo un tono más fuerte conforme se acerca el final, logrando que cada persona, desde su butaca, se paralice al imaginar un fenómeno de terror. Al final el público es quien se da cuenta de que la anécdota de la Dama de Negro es algo que va más allá de una ficción teatral.