CIUDAD DE MÉXICO, México, mayo 8, 2006.- Muchas veces he escrito sobre madres que representan a los sentimientos de México. La cultura sentimental de nuestro país nos obliga en cierto sentido a reparar en ese día, el 10 de mayo, con la finalidad de evocar emociones largamente aprendidas. Por esta vez quisiera que juntos pensáramos, por un momento, en aquellas mujeres que viven en el anonimato que son mujeronas, no por sus tallas, sino porque el corazón no les cabe entre los brazos.
Aquellas que todas las mañanas levantan a sus pequeños para llevarlos a una terapia de rehabilitación, a hacer fila para inscribirlos en la escuela, a esperar a que la leche alcance en el servicio público. A las mujeres que salen a la calle tocando puertas con la esperanza de encontrar una o dos o tres docenas de ropa que lavar, las mismas que cocinan para otras bocas, esperando quede un poco para poder llevar a casa.
A las que planchan durante largas horas sin saber de términos como osteoporosis, cáncer, artritis, ni dolores de pulmón.
A las que no saben si mañana sus hijos sabrán de volver a casa cuando se despiden y es hora de que todos vayan a trabajar.
A las que su mayor motivación es una caricia de las manos de un hijo que no es ingrato.
A las que todavía conservan unos cuántos pesos de aquel primer sueldo.
A las que sueñan con tener un bebé en los brazos y siguen acariciando ilusiones y esperanzas.
Sólo es un momento de reflexión, sólo es un instante para recordar qué madre tenemos todo el año, aunque sea en el cielo, a la distancia, en la ausencia.
Hoy pensamos en ella, pero nadie puede asegurarnos que siempre estará esperándonos en casa, y que el siguiente año estemos celebrando entre risas. Por eso como diría la regiomontana Ana María Rabatté: “En vida hermano en vida”.
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