Dejar el propio país para vivir en uno nuevo tiene muchos desafíos y exige de nosotros una gran capacidad de adaptación: la habilidad de transformar nuestras costumbres y aceptar las de nuestro nuevo lugar de residencia. En la historia mexicana tenemos un gran ejemplo de ese proceso: el caso de Catarina de San Juan, mejor conocida como la “China poblana”.
Catarina es uno de esos personajes cuya vida está rodeada de misterios y leyendas. Sabemos que nació en 1614 en las llamadas “Indias orientales”. Cuando era apenas una niña de 9 o 10 años, unos piratas portugueses la capturaron y la llevaron a Cochín, al sur de la actual India, a orillas del Mar Arábigo (vale la pena que compres un planisferio con nombres y que, con la ayuda de tu maestro, ubiques esos lugares y traces el recorrido de Catalina). Cuando vivía allí unos religiosos jesuitas la bautizaron con el nombre de Catarina de San Juan y luego la llevaron a Manila, Filipinas.
En aquellos tiempos terribles las personas se compraban y vendían como mercancías y en el mercado de esclavos de Manila un navegante de la Nueva España compró a Catarina. Se embarcaron rumbo a América y en enero de 1625 llegaron a Acapulco. Vivió por un tiempo en casa del capitán Miguel de Sosa y su señora, en Puebla. Cuando éste murió quedó libre y se casó con un oriental. Catarina llevó una vida de trabajo, decencia y honor que le dieron gran fama entre los habitantes de Puebla, quienes tejieron curiosas historias a su alrededor: creían que era capaz de hacer magia blanca y curar milagrosamente a los enfermos. Falleció en la misma ciudad de Puebla en 1688 y cientos de personas acudieron a su funeral. Ella se había adaptado a la Nueva España, y los habitantes de acá la habían aceptado plenamente.
En México hay más de doce millones de indígenas. Una de las grandes tareas pendientes para la sociedad mexicana es la plena integración de éstos a la vida nacional. El esfuerzo es doble: ellos deben tener poder de adaptación; el resto de la sociedad ha de ser flexible para aceptarlos plenamente y darles igualdad de oportunidades. El resultado será una sociedad más sólida por su unión, su experiencia y conocimientos tradicionales. ¿Cómo puedes contribuir a ello? ¿Qué estás dispuesto a hacer por México?
Cuando Catarina murió siguió despertando interés y dos siglos más tarde un historiador la identificó como la “China poblana”, pues la consideró creadora del traje folclórico más famoso de México, en el que se combinan elementos de muchas culturas: las de los indígenas de México y los conquistadores españoles con la influencia del Oriente desde donde llegaban ricas y hermosas mercancías que entraban por el puerto de Acapulco.
Dicen que, como venía de la India, Catarina de San Juan se vestía con un sari, una especie de lienzo que se enreda de diferentes formas en el cuerpo, y que su traje se fue volviendo cada vez más rico y complicado: una camisa blanca, bordada con chaquira, una falda con lentejuelas, una banda para sujetarla, un rebozo de seda, una mascada que le cubría el escote y unos bonitos zapatos de raso. Aparte de ello, el actual traje de China poblana se complementa con joyas, anillos y aretes elaborados por las cuidadosas manos de los orfebres con piedras y metales preciosos. En los días de fiesta lo visten algunas mujeres mexicanas que suelen ir acompañadas de sus galanes vestidos de charros.
¿Fue Catarina de San Juan la verdadera “China poblana”? No es fácil responder a esta pregunta y tal vez todo sea una bonita leyenda. Lo que sí nos queda claro es que tanto lo que sabemos de su vida, como lo que sabemos sobre el origen del traje son grandes ejemplos de adaptación. La jovencita hindú que llegó a México cambió de lengua y religión, y quienes la conocieron le demostraron cariño y respeto. Por otra parte, el traje típico nos demuestra cómo puede enriquecerse una cultura cuando es flexible y sabe aceptar la riqueza, las costumbres y las tradiciones procedentes de lugares y tiempos muy lejanos. Son estas combinaciones las que engrandecen el espíritu de la humanidad.
'No sobrevive la especie más fuerte, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio'.
—Charles Darwin