Lucas pasó una noche terrible en su colchoncito de paja. El ruido que hacían los grillos no le permitió dormir. A la mañana siguiente, se incorporó ojeroso y desvelado.
—Mi distinguido y fino primo carnal, el campo no es para mí… ¿Cómo ves si mejor te invito a mi residencia en la ciudad?—dijo Lucas, presumido.
—Me has contado tantas cosas que se me antoja conocer —respondió Jerónimo.
Se bañaron (a jicarazos), y se vistieron. Lucas, de saco y corbata; Jerónimo, de overol y camisa a cuadros.
—Mira qué fachas. Parece que vas a ir a vender queso en los altos de los cruceros. En fin, mi sastre hará maravillas contigo —comentó Lucas.
Para llegar a la ciudad se subieron a la cajuela de un auto y allí empezaron las molestias de Jerónimo. El humo le pareció insoportable y se resistió a probar la torta de jamón que hallaron entre las maletas.
La “residencia” de Lucas era una caja de dos pisos, en el sótano de una casa. No tenía ventanas y el ruido del televisor que un humano estaba viendo en la habitación de arriba nunca se interrumpía. Lucas propuso que salieran a pasear. La primera escala fue en el patio trasero de un restaurante donde le ofreció a Jerónimo sobras de los platillos.
—¡Qué pésimos cocineros! Todo está muy condimentado y sabe a refri. Necesito una sal de uvas —se quejó Jerónimo.
—No, no, espérate a que conozcas a mis amigas. Vamos a tomar un trago —lo alentó Lucas mientras lo conducía al interior de una sala a media luz donde se leía un aviso: el centro nocturno carrusel presenta a sus hermosas bailarinas.
Se escondieron bajo una mesa a esperar el espectáculo, pero un mesero los vio:
—¡Ya se volvieron a meter los ratones! —gritó enojado y los sacó a escobazos.
De nuevo en casa, se pusieron a conversar:
—No aguanto la ciudad —dijo Jerónimo.
—No aguanto el campo —comentó Lucas.
—¿Y qué podemos hacer para seguir juntos? —se preguntaron.
Después de hacer cuentas decidieron ir a la playa… y tampoco les gustó: había demasiado sol, muchas olas, demasiada agua, muchos cocos y demasiada arena. Sin embargo, se echaron un clavado a la alberca y nadaron un rato. Saliendo, mientras bebían una piña colada, resolvieron buscar lo mejor del campo, lo mejor de la ciudad y lo mejor de la playa para disfrutarlo juntos.
—Adaptación de una fábula atribuida a Esopo.
'No sobrevive la especie más fuerte, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio'.
—Charles Darwin