—Holahola, soy amigo del amigo de Hassan —explicó aquel hombre.
Obligado por las leyes de la hospitalidad, Nasrudín lo invitó a pasar. Una vez dentro de la casa, el huésped se sentó y devoró un buen plato de sopa. Los tres permanecieron en silencio hasta que el visitante se fue.
Cuando la doña estaba levantando la cocina se dio cuenta de que en la olla sólo quedaba una cucharada de caldo. “Este poquitín me servirá para darle una lección a estos gorrones y al encajoso de mi marido que siempre me pone a trabajar” pensó.
Al día siguiente un tercer desconocido llamó a la puerta.
—Holahola, soy amigo del amigo del amigo de Hassan y vine porque ya me contaron que la doña hace muy rico de comer.
—Claro, pásale y comparte nuestro menú —ofreció Nasrudín.
Aguantándose la risa, la señora fue a la cocina, sacó de la olla el poco de sopa que quedaba, lo distribuyó en dos platos y agregó a cada uno una taza de agua caliente. Los llevó a la mesa y se sentaron a comer. El invitado y Nasrudín miraron sus platos. Aparte del agua éstos sólo tenían dos o tres chícharos, unos cuatro granos de arroz y una cáscara de zanahoria.
—Holahola, amigo del amigo de nuestro amigo Hassan. Holahola Nasrudín. Aquí tienen un rico plato de sopa de la sopa de los huesos del pilaf del estofado del conejo. ¡Buen provecho! —les dijo la doña.
Enojadísimo, el hombre se levantó, salió de la casa y azotó la puerta. Mientras tanto, Nasrudín y su esposa lloraban de la risa.
—¡Vaya lección que les dimos a estos aprovechados! —dijo Nasrudín.
—Y vaya lección que te di yo a ti, encajoso. De ahora en adelante tú tendrás que hacer de comer —dijo, entre carcajadas, la señora.
'La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz.'
—Proverbio escocés