Bienaventurados los flexibles porque no se romperán cuando los doblen.

Amistad

Mini-relatoS

Pon en práctica el valor.

Los polvos del virrey


Por allá por el siglo XVII, el gobierno de los virreyes en la Nueva España contaba con cientos de empleados menores que ganaban poco y no podían salir de “perico perro” como solía decirse a los mediocres.
    
Don Jorge Antonio de Méndex y Tirado de la Calle, uno de ellos, trabajaba en el Palacio virreinal copiando documentos y su sueldo no le alcanzaba. Habitaba una ruinosa vecindad con su esposa Andrea, vulgar, medio pelona y enferma de obesidad, y sus doce hijos, ojerosos y pálidos por su dieta a base de comida chatarra novohispana. Nadie quería juntarse con él y hacía su trabajo de mala gana, esperando la hora de la salida. Estaba cansado de esa vida de privaciones y siempre compraba billetes de la lotería con la esperanza de ganar el premio mayor.
    
Un día estaba muy desanimado por un disgusto con su familia. Su esposa y sus hijos le habían pedido que los llevara a probar suerte en el palo ensebado de la feria, pero él no tenía dinero. Llegó a trabajar a la oficina, se sentó a su escritorio, puso la cabeza entre las manos y se quedó mirando al techo un buen rato. De repente, para sorpresa de sus compañeros, sus ojos brillaron y se puso a escribir por veinte minutos con su pluma de ave. Cuando el documento estuvo listo salió de su despacho y fue a entregarlo a la oficina del virrey.
 
Pasaron los días. Una tarde don Toño parecía esperar algo en la esquina de Mercaderes y Plateros mirando con atención hacia el Palacio virreinal. De repente hubo una movilización de guardias pues el virrey saldría a pasear. Acompañado de su séquito, Su Excelencia avanzó a caballo ante decenas de curiosos. Al llegar a la esquina se detuvo frente a Toño y lo saludó. De su bolsillo sacó una pequeña caja de rapé (el tabaco molido que se acostumbraba inhalar en aquella época sin leyes antitabaquismo), y le ofreció. Éste le respondió: “Gracias Señor mío” y aceptó una pizca.

La fortuna de don Toño cambió al instante. Muchas personas y nuevos “amigos” acudieron a su casa para que los recomendara con el virrey y lo llenaron de obsequios y donativos, pues suponían que tenía una estrecha amistad con él. Todo llegó a oídos de Su Excelencia, quien se divirtió mucho recordando que don Toño le había escrito una carta en la que le pedía “detenerse en la esquina y ofrecerle rapé”.
El virrey lo hizo llamar a su presencia. Don Toño creyó que iba a recibir un bastonazo de su patrón. Su Excelencia lo miró y, al cabo de un buen rato, le dijo: “Creo, creo, creo que… que… ¡usted merece un premio por su ingenio!”. “¿Y cuál es?” preguntó don Toño. “Darte mi verdadera amistad” dijo el virrey tendiéndole la mano.
 
—Adaptación libre del relato homónimo de Luis González Obregón incluido en su libro Las calles de México. Leyendas y sucedidos.

Para reflexionar


• ¿Apruebas lo que hizo don Toño? ¿Por qué sí? ¿Por qué no?
• ¿Consideras que los mejores amigos son los más poderosos e influyentes?
• ¿Hay en la verdadera amistad intereses materiales de por medio?
• ¿Crees que el virrey y don Toño pudieron construir una amistad sincera y afectuosa?
¿Qué opinas de los nuevos “amigos” que se acercaron a casa de don Toño después del saludo del virrey?


Arena y piedra


 
Por el ardiente desierto del Sahara, llevando una pesada carga sobre los hombros, iban caminando dos amigos, Farouk y Ramsés.
Habían perdido a sus camellos varios días antes y estaban agotados por la enorme distancia que habían recorrido a pie.
Llevaban casi una semana sin probar alimento y el agua se les terminaba bajo el inclemente rayo del sol. Las piernas les dolían de tanto caminar y tenían quemada la piel del rostro y los brazos.
Aunque entre los dos habían elegido esa ruta, Farouk le reclamó a Ramsés haber escogido un camino largo y desconocido. Su furia iba en aumento: gritaba, manoteaba, le dijo un insulto y otro. Incluso llegó a darle una bofetada.
Ramsés se quedó callado y la nariz le sangró un poco, pero no respondió a la agresión. Con mirada profunda de tristeza se sentó y escribió sobre la arena con su dedo índice: “Hoy mi mejor amigo me pegó en la cara”. A Farouk le sorprendió este hecho, pero no le preguntó nada.
Por el ardiente desierto del Sahara, llevando una pesada carga sobre los hombros, iban caminando dos amigos, Farouk y Ramsés.
Habían perdido a sus camellos varios días antes y estaban agotados por la enorme distancia que habían recorrido a pie.
Llevaban casi una semana sin probar alimento y el agua se les terminaba bajo el inclemente rayo del sol. Las piernas les dolían de tanto caminar y tenían quemada la piel del rostro y los brazos.
Aunque entre los dos habían elegido esa ruta, Farouk le reclamó a Ramsés haber escogido un camino largo y desconocido. Su furia iba en aumento: gritaba, manoteaba, le dijo un insulto y otro. Incluso llegó a darle una bofetada.
Ramsés se quedó callado y la nariz le sangró un poco, pero no respondió a la agresión. Con mirada profunda de tristeza se sentó y escribió sobre la arena con su dedo índice: “Hoy mi mejor amigo me pegó en la cara”. A Farouk le sorprendió este hecho, pero no le preguntó nada.
Intrigado, Farouk le preguntó:
—¿Por qué ayer que te ofendí escribiste en la arena y hoy has escrito en la piedra?
Ramsés le explicó sonriendo:
—Los errores de nuestros amigos se los lleva el viento por la noche. Cuando amanece y el sol sale de nuevo ya no podemos recordarlos. Sus pruebas de lealtad, sin embargo, quedan grabadas para siempre en nuestro corazón.
 
(Leyenda árabe).

De la sabiduría popular


En la cama y en la cárcel se conocen los amigos.
Las verdaderas amistades nos dan prueba de su firmeza y lealtad cuando nos apoyan en alguna situación difícil; por ejemplo, durante una enfermedad.

El labrador y el Águila


 
A media tarde, en lo profundo del bosque, iba caminando Martín el labrador. Solía regresar a casa a esa hora, cansado por el trabajo que desarrollaba en un huerto de duraznos jugosos
y aromáticos. Siguiendo el atajo que conocía para llegar a su hogar, escuchó un batir de alas cerca del manantial.
Se volvió para ver de qué se trataba. Era un enorme águila de cabeza blanca, negro plumaje y pico amarillo. Alguien la había atrapado y la mantenía sujeta de la pata derecha empleando una cadena fija a un árbol. Daba tristeza ver sometido a un animal tan acostumbrado a las alturas. Además, en el bosque estaba prohibido cazar…
Con gran decisión, Martín se acercó al árbol. De su mochila sacó algunos instrumentos que usaba para su trabajo y separó la cadena del tronco. Sin embargo, el águila no podía volar, pues el cepo pesaba mucho. Con cuidado y detenimiento (aun con el riesgo de sufrir un picotazo) el labrador se lo quitó y el ave se elevó en el cielo, libre al fin.
 
El labriego siguió su camino. Comenzó a sentirse fatigado y pensó en hacer un alto. Pasos más adelante encontró la barda de piedra situada al borde de la cañada. Decidió subir y sentarse en la cima para reposar mientras disfrutaba la puesta de sol.
Una vez allí vio volar bajo al águila que había rescatado. De repente el ave planeó, se le acercó a unos cuantos centímetros y, con el pico, le quitó de la cabeza el sombrero de piel que portaba. Luego voló y voló.
—¡Hey! ¡Dame mi sombrero! —gritó Martín.
Cuando vio que el águila no regresaba, bajó de la barda y comenzó a correr tras ella. Poco más allá, donde comienza el sendero que lleva al pueblo, el águila simplemente dejó caer el sombrero. Martín lo recuperó entre las ramas de un árbol y pensó “Vaya con este extraño animal. ¿Por qué habrá actuado así?”

Al día siguiente, muy temprano, cuando se dirigía al huerto, Martín notó que la barda de piedra, humedecida por la lluvia de varias semanas, se había venido abajo. El águila le había quitado el sombrero para hacerlo bajar de ella y salvarle la vida. Así recompensaba la amistad de quien la había liberado.
 
- A partir de una fábula de Esopo.

Frases

Los amigos ciertos se prueban en los hechos.
Anónimo