Bienaventurados los flexibles porque no se romperán cuando los doblen.

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La fórmula mágica


Una aldea de Nepal, habitada por treinta familias, era gobernada por el rey Magadha. La justicia y rectitud de sus acciones le habían ganado el apodo de “el bueno”. Magadha pensaba que la mejor forma de educar al pueblo era con el ejemplo: trabajaba con ellos, limpiaba las calles con ellos y compartía la mesa con ellos.
Con estas lecciones, los pobladores aprendieron a cooperar y evitar los problemas entre sí. Los resultados llegaron pronto: construyeron hermosas casas y dotaron de servicios a toda la aldea que se convirtió en un lugar tranquilo, seguro y apacible. En un clima de amistad y respeto todos se dedicaban a buscar formas de mejorar la calidad de vida.
Pero alguien no estaba de acuerdo. Se trataba de Ravi, juez del gobierno anterior a Magadha. En ese entonces la población estaba inquieta y Ravi lo aprovechaba para enriquecerse: cuando le planteaban cualquier disputa o problema, pedía dinero a cambio de favorecer a una parte, aunque no tuviera razón. Incluso recibía sobornos para permitir la venta de un fuerte licor, muy malo para la salud. Llegó a ser el hombre más temido y acaudalado del lugar. Pero cuando Magadha llegó al poder, perdió el dinero y el respeto de todos: un bandido como él no tenía nada que hacer en ese pueblo pacífico, justo y ordenado.
Ravi hizo un plan para recuperar su poder y solicitó audiencia con el rey.
—Majestad. En la zona más remota de la aldea hay personas dedicadas a perjudicar a los demás: ensucian el agua del río, molestan a los animales, cortan las plantas y hasta se emborrachan —le mintió.
El rey no creyó una sola palabra pero quiso darle una lección.
—No puede haber gente así en mi reino. Por favor tráelos a mi presencia —le solicitó.
El malvado Ravi detuvo a personas inocentes que jamás habían tenido una mala conducta y los llevó a la presencia del rey. Éste simuló estar convencido del falso relato y tomó una decisión: los diez culpables serían castigados; tendrían que acostarse en el piso y tres feroces elefantes caminarían sobre ellos.
Llegó el día del castigo y ocurrió algo muy curioso. Los elefantes se quedaron quietos.
—¿Qué ocurre? —preguntó el malvado Ravi— Con seguridad estos delincuentes practican la magia, o dieron algo de beber a los elefantes.
—Sin duda, dijo el rey. —En esta aldea trabajamos con una fórmula mágica que tiene cinco pasos: respetar la vida, respetar la propiedad, respetar nuestro cuerpo, hablar con la verdad y no dejarnos perder por el alcohol. Así conseguimos que hasta las fieras se amansen. Hoy, entre todos, quisimos darte esa lección.
Ravi fue expulsado de la aldea. Le prometieron permitirle la entrada cuando hubiera aprendido cada paso de la fórmula mágica para convivir en sociedad.
 
—Cuento budista incluido en la colección Jataka.


 

La lección del coscorrón


 
En una ocasión David, el dueño de una modesta hostería en el este de Rusia llamó a la puerta de Yitzchak Levi, un hombre mayor, famoso por la sabiduría de sus consejos y el poder de sus buenos deseos.
—Maestro, vengo a pedirle un consejo. ¿Está permitido defender las propiedades? —le preguntó.
—Desde luego que sí, ¿qué necesitas defender? —preguntó, a su vez, Yitzchak Levi.
—Mi negocio. Deme sus buenos deseos —repuso David.
—Explícame mejor —solicitó el sabio.
—Todas las noches, una pandilla de jóvenes campesinos entra a robarme la comida.
—¿Y cómo piensas defenderte?
—Mi paciencia llegó al límite. Les grité que no volvieran. Incluso compré un perro guardián, pero no sirvió de nada. Sólo queda un remedio: hoy mismo iré a comprar un rifle. Deme sus buenos deseos.
—¿Y cómo usarás el rifle para proteger tu propiedad? —preguntó Yitzchak Levi.
—Cuando oiga que se acercan dispararé al aire, y si alguno se aproxima, le apuntaré. Esos rufianes sólo entienden la fuerza.
El hombre sabio quedó pensando y le dijo:
—¿Y no crees que ellos también pueden comprar un rifle? Si tú usas uno los invitarás a que sean más astutos y violentos.
—No veo otro remedio. Así que voy a la tienda —repuso enojado David antes de salir y alejarse por la calle.
Yitzchak Levi salió corriendo a alcanzarlo.
—¡Espera! ¡Espera! He cambiado de parecer —le gritó.
David se detuvo y caminó en dirección a él.
—Puedo darte mis buenos deseos, pero primero haremos una prueba —le aclaró.
Sin más explicaciones Yitzchak Levi le dio un fuerte coscorrón.
—¿Por qué hiciste eso? Tú no tienes por qué pegarme —se quejó David.
Yitzchak Levi se explicó.
—Te di el coscorrón porque pensé que sólo entendías a través de la violencia. Pero he notado que sabes bien que hay otras formas de llegar a acuerdos para vivir mejor en sociedad, como esta charla ¿verdad?
—Pues sí… —comentó David.
—Ahora puedes ver que tu proyecto del rifle no tiene ningún sentido. Quienes te roban carecen de civilidad. La clave para corregir la situación no es ponerte a su nivel ¡pronto todo sería un desorden y la gente andaría disparando acá y allá! El secreto es buscar que ellos aprendan, entiendan y alcancen un nivel de pensamiento más alto —le dijo.
Aquella noche los dos esperaron juntos a los jóvenes bandidos y, al verlos llegar, los invitaron a conversar. David les ofreció trabajo a cambio de buenos alimentos y establecieron así un pacto de concordia y respeto.
 
—Cuento jasídico

Frases

''La bondad es el idioma que el sordo escucha y el ciego mira'.
Mark Twain