Si tratas a los demás como te gustaría ser tratado, pocos valores serían necesarios.

Cuentos de valores

Cuentos, historias o leyendas que te ayudan a abordar el valor de una manera divertida.

Acción

Mini-relato: El jardinero fiel

Durante diez años un hombre subía a diario a lo alto de una montaña para regar un árbol completamente seco. Todos se reían de él y pensaban que perdía el tiempo. Pero una mañana descubrieron con sorpresa que el árbol había retoñado. Su acción transformadora había sido fuente de vida.

Actitud

Mini-relato: Actitudes que salvan 
El doctor Viktor E. Frankl (1905-1997) fue encerrado junto con decenas de otros compañeros en un campo de concentración por el simple hecho de ser judíos.

Aunque no tenían ninguna esperanza de sobrevivir a diario hablaba con ellos para convencerlos de que su única oportunidad era tener una actitud valiente ante el problema. El doctor Frankl sobrevivió y ayudó a cientos de personas.

Adaptación

El ratón del campo y el ratón de la ciudad

Los ratones dan mucha importancia a la familia: los padres educan a los hijos, los abuelos acurrucan a los nietos y los hermanos se ayudan cuando tienen trabajo. Por las noches hacen fiestas y van al supermercado. También les gusta recibir en casa a sus parientes. En unas vacaciones, Jerónimo, un ratoncillo güero que vivía en el campo, invitó a Lucas, su primo de la ciudad. Para llegar a la madriguera de Jerónimo, Lucas tuvo que subirse a una carreta llena de heno. 
            —¡Qué vehículo espantoso! Se tropieza a cada momento. No hay servicio de bebidas ni películas de estreno —se quejó Lucas. 
            —Agradece que no te estamos cobrando —le respondió el carretero. 
            Cuando llegó a casa de Jerónimo todo le pareció terrible.
            —Yo pensé que tenías mejor gusto. Tus muebles son de madera sin tallar y tu alfombra es de musgo ¿no estás suscrito a alguna revista de decoración? —lo criticó Lucas.
            —Ándale, pásale a la mesa, que te preparé consomé —respondió Jerónimo.
            El consomé estaba hecho con hierbas y ramitas. Al probarlo, Lucas hizo gestos.
            —Uuugh. Si vieras lo que yo como en los grandes restaurantes… Lo de diario es langosta y caviar servidos en fina platería con servilletas bien almidonadas. Bueno, mejor dime ¿A dónde saldremos a pasear esta noche? —le preguntó a su primo.
            —Te llevaré a ver las estrellas que se reflejan en el lago —respondió Jerónimo.
            —¿Pero qué aquí no hay antros? ¿Pero dónde están los cabarets? —inquirió Lucas.
            —No sé qué es eso primo, y quizá lo mejor es que nos vayamos a dormir —comentó Jerónimo ya medio enojado.

Sabiduría popilar

O te aclimatas o te aclimueres...
Si no logramos adaptarnos al clima de un lugar (a las circunstancias de una situación o ambiente) estamos es riesgo de perder hasta la vida. ¡Hay que reaccionar pronto!

Alegría

Adaptación de cuento turco
Al día siguiente la sopa estaba hirviendo en la olla y el matrimonio se sentó para disfrutarla. Iban a llevarse la cuchara a la boca cuando alguien llamó a la puerta. Nasrudín se encontró con un completo desconocido.

—Hola hola, soy amigo del amigo de Hassan —explicó aquel hombre.
Obligado por las leyes de la hospitalidad, Nasrudín lo invitó a pasar. Una vez dentro de la casa, el huésped se sentó y devoró un buen plato de sopa. Los tres permanecieron en silencio hasta que el visitante se fue.

Cuando la doña estaba levantando la cocina se dio cuenta de que en la olla sólo quedaba una cucharada de caldo. “Este poquitín me servirá para darle una lección a estos gorrones y al encajoso de mi marido que siempre me pone a trabajar” pensó.
Al día siguiente un tercer desconocido llamó a la puerta.

Amistad

Los polvos del virrey
Por allá por el siglo XVII, el gobierno de los virreyes en la Nueva España contaba con cientos de empleados menores que ganaban poco y no podían salir de “perico perro” como solía decirse a los mediocres.
    
Don Jorge Antonio de Méndex y Tirado de la Calle, uno de ellos, trabajaba en el Palacio virreinal copiando documentos y su sueldo no le alcanzaba. Habitaba una ruinosa vecindad con su esposa Andrea, vulgar, medio pelona y enferma de obesidad, y sus doce hijos, ojerosos y pálidos por su dieta a base de comida chatarra novohispana. Nadie quería juntarse con él y hacía su trabajo de mala gana, esperando la hora de la salida. Estaba cansado de esa vida de privaciones y siempre compraba billetes de la lotería con la esperanza de ganar el premio mayor.

Amor

Hechos de la vida real: Un aceite para Lorenzo

A los trece años el niño Lorenzo Odone comenzó a sufrir una extraña enfermedad incurable y los médics le dieron dos años de vida. Sus padres Augusto y Micaela, sin embargo, se resistieron a darse por vencidos. Sin tener conocimientos científicos, investigaron alternativas de tratamiento y crearon una mezcla especial de aceites que le daban diario.
Su esfuerzo tuvo buenos resultados, aunque Lorenzo no puede moverse bien, sigue vivo gracias al amor de sus padres: el pasado 29 de mayo cumplió treinta años. Muchos enfermos más se han beneficiado de ese hallazgo.

Autoestima

Las piedritas azules 
Dos pequeñas piedras de brillante color azul vivían en un torrente y solían conversar sobre su futuro. Estaban seguras de terminar en la corona de una reina. En una ocasión una mano las recogió y las colocó con cemento en una pared. Quedaron tristes porque esperaban un destino mejor. Sin embargo, en una ocasión pasó por allí un vendedor de espejos y se vieron reflejadas. Entonces se dieron cuenta de su posición en la pared: ¡eran los ojos de una hermosa figura humana!

Autodominio

Un pedacito de sol 
En la antigua ciudad maya de Chinkultic vivió hace siglos un príncipe notable por su apostura y valentía. Se llamaba Tukuluchú. Sus ojos lanzaban destellos dorados, su piel era lisa y oscura. Manejaba con destreza las armas, en especial el hulché —un afilado palo que se lanza contra el enemigo—, y su habilidad provocaba la admiración de sacerdotes, nobles y guerreros.

Autonomia

Jaime era un niño bueno y cariñoso, pero muy impulsivo. Cuando se enojaba rompía lo que estaba a su alcance, gritaba y hasta daba patadas contra la pared. Quienes vivían en aquella bonita casa del campo lo sabían e incluso las gallinas salían corriendo cuando lo veían de malas. Sus padres, Martín y Julia, ya no sabían qué hacer.

En una ocasión su amigo de rancho cercano fue a buscarlo para que salieran a jugar. Era enero y caía una fina nevisca en el campo. Cuando le pidió permiso a doña Julia ella se lo negó.

Bondad

El ruiseñor


Hace miles de años vivió en China un emperador sordo.
Como no podía escuchar las voces de los pájaros ordenó que fueran castigados todos aquellos que no tuvieran un hermoso plumaje.
Un día, su hija Litay Fo estaba en el jardín y se emocionó mucho al oír a un ruiseñor que cantaba desde las ramas de un durazno.
—Querido amigo, no debes estar aquí, pues te aguarda un fuerte castigo —le dijo.
—No importa, de cualquier forma con estas noches tan frías no podré vivir demasiado —respondió el ruiseñor.
Litay Fo decidió llevarlo consigo a sus aposentos para cuidarlo y gozar con sus trinos. Pero una mañana, sin aviso, el emperador entró a la habitación de la pequeña y descubrió al pájaro.
 
—¡Huye para salvar tu vida! —gritó Litay Fo para proteger a su mascota.
El pajarillo la obedeció.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la pequeña empezó a debilitarse por la tristeza de su ausencia. El emperador hizo traer a un médico.
—No podemos hacer nada por ella —afirmó éste.
El padre recibió la noticia con gran preocupación pero, aprovechando la visita del doctor, le preguntó por su propia sordera.
—Para ésa sí hay una cura: consiste en aplicarle al oído el corazón caliente de un ruiseñor —indicó el médico.
—¡Que busquen uno de inmediato! —ordenó el rey.
Los hombres que trabajaban con él le llevaron, precisamente, al amado pajarillo de Litay Fo. Éste entró volando a la habitación.

—Disponga usted de mi vida. Estoy seguro que su hija se sentirá feliz si usted recupera el oído —ofreció el pajarillo al emperador, a través de uno de los súbditos que escribía el mensaje para que éste lo leyera.
Emocionado por la bondad de la pequeña ave, los ojos del emperador se arrasaron de lágrimas.
—De ninguna forma. Prefiero seguir siendo sordo que hacerte daño —indicó.
El ruiseñor siguió viviendo en el palacio. Litay Fo se recuperó muy pronto de su tristeza y el emperador supo que aquel pajarillo era el más hermoso de todos, no por su canto, ni por su plumaje, sino por el bondadoso corazón que había salvado una vida y siguió latiendo por muchos años.
 
—Adaptación del cuento homónimo de Hans Christian Andersen


 

Dos hermanos



Cuando su padre murió, dos hermanos, llamados Jacinto y Rosendo, heredaron sus tierras. Para obrar con prudencia las dividieron en partes iguales y cada uno se dedicó a las tareas de labranza y cultivo del maíz.

Pasaron los años. Jacinto se casó y tuvo seis hijos. Rosendo permaneció soltero. A veces no podía dormir pensando algo que le preocupaba. “No es justo que estas tierras estén divididas a la mitad. Jacinto tiene seis hijos que debe alimentar, vestir y educar. Yo no tengo familia. Él necesita más maíz que yo.”

De este modo, una madrugada decidió ir a su propio depósito. Tomó cuatro pesados costales y cargándolos, atravesó la colina que separaba su rancho del de Jacinto. Entró a escondidas al depósito de éste y allí los dejó. Rosendo regresó a su casa pensando, feliz, que sus sobrinos estarían mejor. Durmió profundamente.
 
Por aquellos días Jacinto también estaba preocupado: “No es justo que estas tierras estén divididas a la mitad. Rosendo no tiene familia. Cuando yo llegue a viejo mis seis hijos nos cuidarán a mí y a mi esposa. Pero a él ¿quién le dará sustento? Debería tener más maíz que yo para vivir tranquilo en su ancianidad” pensaba.
De este modo, en la misma madrugada, pero a una hora distinta, tomó cuatro costales de maíz. Cargándolos, los llevó y los dejó en el depósito de Rosendo. Regresó a su casa pensando, feliz, que su hermano estaría mejor. Durmió profundamente.
 
Al día siguiente uno y otro quedaron sorprendidos al comprobar que tenían la misma cantidad de maíz que la noche anterior. Cada uno, por su lado, pensó: “tal vez no llevé la cantidad que supuse. Esta noche llevaré más.” Y así lo hicieron aquella madrugada.
 

Cuando salió el sol se sintieron más perplejos que antes pues hallaron la misma cantidad de siempre, ni un costal menos. “¿Qué está pasando?” se decía cada uno “¿Acaso lo soñé?”. Decidido a no caer en al misma situación Rosendo llenó un pequeño carro con doce costales. Jacinto hizo lo mismo. Con dificultades, fueron tirando de él por la colina, antes de apuntar el alba.

Cada uno subía por su lado de la colina. Cuando Rosendo se hallaba casi en la cima alcanzó a ver una silueta bajo la luz de la Luna, que venía de la otra dirección. A Jacinto le pasó lo mismo ¿De quién podría tratarse? ¿Era, tal vez, un cuatrero? ¿Se trataba, quizás, de un forajido?

Cuando los dos hermanos se reconocieron entendieron qué había pasado. Durante las noches anteriores sólo habían estado intercambiando costales de maíz entre un depósito y otro. Sin decir palabra dejaron sus cargas a un lado y se dieron un largo y fuerte abrazo.

—Adaptación de un cuento judío


 

El Señor de las cigüeñas



En las elevadas montañas de China vivía un anciano llamado Tian. Su única compañía eran las cigüeñas, y él se encargaba de cuidarlas y alimentar a sus polluelos. Su amistad era tan cercana que pronto lo llamaron “el Señor de las cigüeñas”.

Una ocasión decidió bajar al pueblo, para ver si las personas se acordaban de ser buenas y compasivas. Vistió sus mejores galas, se subió sobre una de las cigüeñas y ésta lo llevó volando. Al llegar encontró a un hombre pobre y enfermo envuelto en harapos y le preguntó:

—¿Cambiaría usted su ropa conmigo? Vine a probar si la gente es buena y no quiero que me reconozcan —explicó. El hombre enfermo aceptó.
Vestido así Tian se sentó en una calle de la plaza esperando que los paseantes lo ayudaran, pero nadie hizo caso. Cansado y hambriento entró a una posada y pidió al dueño algo de comer, explicando antes que no tenía para pagar.
—Con gusto —respondió el propietario, quien le trajo pan y un humeante plato de sopa.

Al día siguiente Tian se presentó de nuevo. Sonriente, el posadero le ofreció un sabroso arroz. La misma situación se repitió durante varios días. En una de esas ocasiones Tian dijo al posadero:

            —Usted ha sido un hombre bueno conmigo y tengo una gran deuda por su ayuda.
—Olvídelo, siempre he creído que ayudar a los otros es una gran oportunidad — repuso el anfitrión.
—De cualquier forma debo recompensarlo. Permítame —solicitó Tian. Sacó de su bolsa unos pinceles y unos frascos de pintura y comenzó a pintar un gran árbol en la pared, con varias cigüeñas en su copa.
—¡Qué hermoso! —exclamó el posadero.
—Eso no es nada —respondió Tian. Entonces aplaudió, las cigüeñas cobraron vida y bailaron con gracia al ritmo de su canción. Tian explicó al sorprendido posadero que con ese espectáculo sus clientes estarían muy contentos, y se dirigió a la salida.
—¿Quién es usted? —preguntó el dueño, pero Tian se alejó sin responder.
La fama de las cigüeñas danzantes corrió por el pueblo y, gracias a tantos visitantes el negocio del posadero prosperó. Éste siempre preparaba algunos lugares para los que llamaran a la puerta pidiendo un poco de comida, aunque no tuvieran para pagar.
Mucho tiempo después Tian volvió a la posada. El dueño lo recibió llorando de alegría:
—Gracias a usted mi negocio va muy bien. ¿Cómo puedo recompensarlo?
—Sólo te pido que sigas siendo tan bueno y compasivo como lo fuiste conmigo —respondió Tian. En ese momento tres cigüeñas lo levantaron de la ropa y se lo llevaron volando a las montañas.

El posadero comprendió que Tian era el señor de las Cigüeñas y desde ese día difundió su mensaje de compromiso y amor por el prójimo.
 
 
—Cuento tradicional chino.

 


Las mazorcas doradas



Cada año, en una lejana ciudad, se celebraba un concurso para premiar al agricultor que cultivara las mejores mazorcas de maíz en todo el valle. Cientos de campesinos se preparaban para lograrlo. Algunos pensaban que la clave era la tierra donde se sembraba, otros creían que se trataba de aplicar misteriosos fertilizantes. Ninguno compartía sus secretos, sin embargo, los resultados de sus esfuerzos no eran tan buenos: las mazorcas resultaban pálidas, pequeñas o secas.

Pasaron los meses de preparación y llegó el día del concurso, al que arribaron varios agricultores. A todos les sorprendió la participación de un joven campesino, desconocido para ellos, que se presentó como Avediz. Lo que más llamó su atención fue el paquete de mazorcas que llevaba consigo, eran grandes, fuertes, de granos jugosos y dorados: el maíz ideal con el que todos habían soñado.

Al hacer su evaluación, los miembros del jurado no dudaron en reconocer que las mazorcas de Avediz eran las mejores y le otorgaron el premio. Éste consistía en una medalla y un diploma. Pero lo más importante es que por haber triunfado, las autoridades de los pueblos del valle se comprometían a comprar sólo las mazorcas de Avediz y evitar las de los otros agricultores.

Avediz fue llamado al frente para recibir el premio y se acercó cargando un pesado costal. Mientras tanto, los demás agricultores pensaban, con tristeza, qué harían con su maíz de baja calidad y cómo sobrevivirían en el tiempo por venir.
La voz de Avediz los sacó de sus pensamientos.
—Por favor formen una fila —les solicitó.
Todos creyeron que los haría ver, uno a uno, la calidad de sus mazorcas, y sólo algunos lo obedecieron. Cuando la fila tenía diez o doce personas, Avediz metió la mano al costal y comenzó a sacar pequeñas bolsas que entregaba a cada uno. En ellas había numerosas semillas de esa increíble planta de maíz que daba las mejores mazorcas de la región.

Uno de los miembros del jurado se acercó gritando:
—¿Te has vuelto loco? Si les das esas semillas todos tendrán un maíz igual al tuyo y perderás un gran negocio —comentó.
Avediz explicó por qué actuaba así.

—Las plantas crecen gracias al polen que el viento lleva de un lado al otro. Como todos nuestros maizales están en el mismo valle, es muy posible que en mi plantío pronto crezca el maíz de baja calidad que crece en el de todos ustedes. En cambio, si yo les doy estas semillas ustedes tendrán una excelente cosecha y la mía no perderá calidad. En otras palabras, yo sólo puedo estar bien si ustedes están bien.
Pasó el tiempo y ese valle cobró fama por su excelente maíz y la excelente calidad de sus habitantes.
 
—Tradición de Hyderabad.

 

Civilidad

La lección del coscorrón
 
En una ocasión David, el dueño de una modesta hostería en el este de Rusia llamó a la puerta de Yitzchak Levi, un hombre mayor, famoso por la sabiduría de sus consejos y el poder de sus buenos deseos.
—Maestro, vengo a pedirle un consejo. ¿Está permitido defender las propiedades? —le preguntó.
—Desde luego que sí, ¿qué necesitas defender? —preguntó, a su vez, Yitzchak Levi.
—Mi negocio. Deme sus buenos deseos —repuso David.
—Explícame mejor —solicitó el sabio.
—Todas las noches, una pandilla de jóvenes campesinos entra a robarme la comida.
—¿Y cómo piensas defenderte?
—Mi paciencia llegó al límite. Les grité que no volvieran. Incluso compré un perro guardián, pero no sirvió de nada. Sólo queda un remedio: hoy mismo iré a comprar un rifle. Deme sus buenos deseos.
—¿Y cómo usarás el rifle para proteger tu propiedad? —preguntó Yitzchak Levi.
—Cuando oiga que se acercan dispararé al aire, y si alguno se aproxima, le apuntaré. Esos rufianes sólo entienden la fuerza.

Compasión

La princesa compasiva
 
La actriz Audrey Hepburn (1929-1993) fue una mujer bella y exitosa. En su edad madura decidió trabajar para el bienestar de los niños. Como embajadora de la UNICEF impulsó la alimentación y la salud de los pequeños más necesitados del mundo. A inicios de los noventa le diagnosticaron cáncer, pero la enfermedad no detuvo su trabajo humanitario. Cuatro meses antes de morir, sin esperanzas de recuperarse, viajó a Somalia para apoyar a los niños afligidos por la hambruna y el sida.

Comunicación

La misión de Louis Braille
 

Louis Braille (1809-1852) tenía 3 años cuando sufrió un accidente en el taller de su padre y quedó ciego. A los 10 lo inscribieron en una escuela para invidentes donde destacó por ser un gran estudiante. En la década de 1820 se propuso crear un método de escritura y lectura para ciegos. El sistema Braille consiste en puntos realzados sobre el papel que pueden reconocerse al tacto. Las letras del alfabeto y los números se representan con diferentes combinaciones de grupos de seis puntos. Hasta la fecha es la forma de comunicación escrita empleada por los invidentes.

Conciencia

Pinocho y su conciencia
 
Pinocho era un muñeco de madera que elaboró el carpintero Gepeto. Un hada madrina le dio vida y conciencia a través de “Pepe Grillo”. Éste siempre le aconsejaba qué debía hacer; pero Pinocho no lo escuchaba, decía mentiras y hacía maldades. Por no oír la “voz de su conciencia” Pinocho estuvo en peligro de morir; sin embargo corrigió su camino y se convirtió en niño de carne y hueso. Feliz con su vida reconoció: “Cuando los muchachos se vuelven buenos, dan un aspecto nuevo y mejor a lo que los rodea.”

Confianza

Al mal tiempo, buena cara

En los momentos difíciles, lo mejor es tener una actitud positiva y confiar en que lograremos superar los problemas.

Más

Convicción

Ver para creer
 
Galileo Galilei (1564-1642) fue un astrónomo y matemático renacentista que al perfeccionar el telescopio, descubrió que la Tierra giraba alrededor del Sol, defendiendo sus convicciones incluso ante la Santa Inquisición, que establecía que Dios había puesto a la Tierra en el centro del Universo.  Por ello fue condenado y privado de su libertad. En 1992, el Papa Juan Pablo II reconoció públicamente este error, rindiéndole homenaje.

Cortesía

La actitud más sincera
 Muchas personas piensan que el valor de la cortesía es hipocresía que engaña con falsos halagos y señas de admiración. Eso ocurre cuando no se siente de corazón. Pero cuando nuestro deseo de ser corteses y educados es sincero surgen todos sus rasgos positivos. La cortesía ayuda a los demás porque piensa en ellos, mejora el nivel de la convivencia, es bienvenida por todos, despierta muestras de agradecimiento, fortalece nuestro carácter y siempre resulta útil. Haz la prueba de usarla para pedir cualquier cosa que necesites y siempre tendrás a cambio una respuesta correcta. Te sorprenderá descubrir el poder de este recurso.
Otros piensan que la urbanidad hace que seamos menos libres, nos sujeta y nos impide ser espontáneos. Tampoco se trata de eso. Más bien consiste en controlar nuestra conducta y actitudes para relacionarnos mejor evitando hacer cosas que les molestan a los otros, como comer con la boca abierta, o bostezar y eructar a media conversación. La buena convivencia que se logra a través de esas actitudes nos permite ser realmente libres: realizar nuestras actividades en un ambiente más agradable, donde sabemos que los demás nos respetan y que nosotros los respetamos. La urbanidad y la cortesía son expresiones delicadas de amor y herramientas muy útiles para la vida en sociedad. No lo olvides: cuida las formas, aprende a pedir todo por favor y a decir claramente gracias cuando alguien te ayude.

Creatividad

El sendero del aguador
Hilario, el joven peón de una hacienda, recorría todos los días exactamente el mismo camino del campo para sacar agua de un pozo y llevarla a la casa principal. Para ello se valía de dos grandes cubetas de madera, que colgaba de los extremos de una viga. Luego se colocaba la viga sobre su ancha espalda, en la parte superior de los hombros, y así las iba cargando.

Cultura

Encuentro de dos mundos
 
Entre 1519 y 1521 los soldados españoles al mando de Hernán Cortés llevaron a cabo la conquista de México y derrotaron a los mexicas. En los años posteriores ambas culturas se mezclaron y los modernos mexicanos somos el resultado de esa combinación. Puedes verlo, por ejemplo, en la mesa de tu casa, donde hay tortillas, una creación indígena, y leche de vaca, una bebida que introdujeron los españoles. Esa interesante fusión cultural se conoce como el “encuentro de dos mundos”.

Diálogo

Todo o nada
 
Por allá por Culiacán en la época colonial había un camino cerca de una cañada por el que pasaban los comerciantes con su dinero. Unos pillos se enteraron de que pronto andaría por allí una recua de mulas cargadas con monedas de oro propiedad de la Iglesia para transportarlas a Durango.
    
Los delincuentes sorprendieron a los arrieros y se entabló una feroz lucha. Un fraile que iba en la caravana logró escapar con las mulas y puso el tesoro a salvo en una caverna oculta cuya entrada disfrazó. Los pillos dejaron medio muertos a los arrieros y buscaron al fraile. Éste se había alejado por un atajo y no lograron dar con él. Aunque registraron la zona tampoco encontraron el tesoro. Huyeron de allí planeando nuevos delitos pero no llegaron muy lejos pues los gendarmes, avisados por el fraile, los capturaron.

Dignidad

Un capital que crece
Lo más interesante de la dignidad es que jamás puedes perderla, pero sí puedes hacerla crecer. Un elemento que te permite pertenecer al “club de la Humanidad” es la capacidad de pensar, que nos hace diferentes de los animales. Gracias a la inteligencia puedes ir modelando tu vida hasta hacer de ella lo mejor. Para lograrlo es importante tener cuidado en las decisiones que tomas, aplicarlas con dedicación tratando siempre de ser un ejemplo para los demás. Invita a los otros a que hagan crecer su dignidad y, al mismo tiempo, toma de ellos sus buenos ejemplos. ¿Te imaginas qué pasaría si todos reconociéramos nuestro propio valor y el de los otros? ¡La humanidad sería un verdadero conjunto de hermanos!

Hoy mismo puedes empezar. Acuérdate: es una tarea en la que todos tenemos que reconocer nuestro valor y oportunidades y los de los demás. Por ejemplo: el joven debe saber que el anciano necesita ayuda; pero el anciano debe reconocer que el joven debe disfrutar todo lo bueno que le permite su edad. Al mismo tiempo debemos ser “policías de la dignidad” y frenar cualquier abuso contra ella: evitar que se maltrate a las mujeres o niñas, que se humille a las personas enfermas o pobres, que se le quite a los demás la oportunidad de ser felices y estar alegres. Esta lucha nunca se detiene y dura toda la vida. No importa si no consigues grandes resultados: tu dignidad está en el esfuerzo.

Disciplina

En un antiguo país una inundación dejó a muchas personas sin trabajo. Algunas viajaron a otro reino y cambiaron de actividad para probar fortuna: el herrero se hizo pastor y el albañil se hizo carpintero. Todos fracasaron pues eran ocupaciones nuevas para ellos y había mucha competencia. Un panadero decidió quedarse y pensó: “en vez de probar en otro lugar algo que no sé, voy a dedicarme con disciplina a lo que sí sé.” Reacondicionó su negocio, lo abrió todos los días a la misma hora y trabajó con el mayor orden posible. Aparte de obtener beneficios para él ayudó a la prosperidad del reino.

Diversidad

La niña del arroyo hondo

La pequeña Irenea nació dos meses antes de lo esperado en el rancho El Zacatón, cerca de El Triunfo, un pueblo de Zacatecas famoso por sus minas de plata. Sus padres eran de avanzada edad y a ambos les sorprendió su llegada. Él era ex combatiente de las filas de Don Panchito Madero. 

Equidad

El caso del carpintero
Había en Japón un carpintero llamado Hanshichi. Era muy trabajador, pero una larga enfermedad le había impedido pagar su renta por un tiempo. La deuda con Jirobei, su casero, creció hasta sumar treinta monedas. Éste se presentó un día para exigirle el pago. Al no recibirlo, le pidió que abandonara el departamento y le quitó sus herramientas de carpintero como garantía del pago de la deuda.
Hanshichi se mudó a otra casa. El dueño de ésta, llamado Jubei, era una persona comprensiva, lo recibió y lo ayudó a recuperar su salud. Cuando supo que su inquilino no podía trabajar pues no tenía herramientas, le prestó diez monedas. Le dijo que se las llevara a Jirobei para que se las regresara, y que le prometiera pagarle el resto cuando tuviera trabajo. 

El carpintero siguió sus instrucciones, pero Jirobei no hizo caso. Le dijo que no le devolvería las herramientas a menos que le pagara las treinta monedas de una sola vez. Desesperado, Hanshichi decidió recurrir a la corte del juez Ooka, célebre por sus decisiones justas.

El juez le indicó a Jubei que le prestara otras veinte monedas de plata a Hanshichi para recuperar sus cosas. Así se hizo. Después el juez citó a todos a la corte.
—¿Cuántos días dejaste de trabajar por carecer de tus herramientas? —preguntó a Hanshichi.
—Unos cien días, señoría —respondió él.
—¿Y cuánto ganas al día?
—Es muy variable, pero más o menos una moneda.
Entonces el juez pronunció su veredicto:
—Escucha. Jirobei, Tú eres un hombre rico y, a pesar de ello, eres muy cruel con los pobres. No comprendiste la situación de Hanshichi ni quisiste ponerte en tus zapatos. Él ya te pagó todas las rentas que te debía. Ahora eres tú quien debe de pagarle lo que dejó de ganar porque tú no le devolvías las herramientas. Si gana una moneda al día, y han pasado cien días, tienes que entregarle cien monedas. 

Jirobei se sintió muy disgustado con esta decisión pero no le quedó más que obedecer la orden. Le entregó las monedas a Hanshcichi. Éste le pagó a Jubei el dinero que le había prestado y el caso se cerró. A partir de entonces todos entendieron lo importante que es comprender la situación de los demás y actuar sin buscar provecho.

—Relato tomado de Los Cuentos del Juez Ooka.

 

LA CONFERENCIA DE LOS PÁJAROS


Miles de años atrás la hermosa isla de Sri Lanka estaba por completo deshabitada y cientos de animales vivían libres y contentos. A algunos pájaros les encantaba estar en la costa que da al golfo de Bengala para disfrutar la brisa fresca y admirar las puestas de sol.
En una ocasión una pareja de gaviotines que pronto tendrían polluelos estaban pensando dónde poner sus huevos.
—No quiero ponerlos cerca de la orilla, porque las olas del mar pueden venir y llevárselos —explicó la mamá. —Tal vez sea mejor ponerlos cerca de una laguna o un estanque.
—No pienses eso. Nuestros ancestros siempre los pusieron aquí. Si el mar viene y se los lleva le daré una lección —afirmó el papá.
Mamá puso los huevos en la orilla y momentos después los dos pajaritos se fueron volando en busca de comida.
Cuando regresaron se dieron cuenta de que las olas estaban muy crecidas. Buscaron sus huevos y notaron que el mar se los había llevado. Ambos rompieron en llanto. Pasado un rato, él dijo:
—Ya no llores. Sé muy bien lo que vamos a hacer. El mar se arrepentirá de su mala acción.
Al día siguiente convocó a una conferencia de todos los pájaros de por allí y les explicó lo ocurrido.
—Piensen que lo que me pasó a mí también les puede ocurrir a ustedes. Tenemos que hacer algo —los urgió.
En conjunto decidieron llamar al águila real, la más importante de todas las aves para pedir su consejo.
Ésta se disgustó mucho al escuchar lo acontecido.
—Aunque yo pongo mis huevos en las alturas, comprendo la preocupación de ustedes y les propongo hacer algo. Llamaré a todas las águilas para que bebamos el agua del mar hasta dejarlo seco y darle así su merecido —explicó y se alejó para ponerse en acción.
Oculto en un acantilado se hallaba Visnú, un viejo sabio, conocido por su equidad, que tenía poder sobre el agua y los animales. Escuchó con preocupación lo que éstos habían decidido. Así que salió de su escondite y aguardó a que volvieran las águilas. Ver volar la enorme bandada era un espectáculo excepcional.
—Un momento —les dijo— piensen bien lo que van a hacer. Comprendo que están tristes y enojados con el mar, pero si secan sus aguas acabarán con todos sus habitantes que nada malo han hecho. También impedirán que nazcan cientos de pececillos que están por hacerlo y tienen tanto derecho a vivir como ustedes. En pocas palabras: para cobrarse una injusticia ustedes piensan cometer otra.
Todos los pájaros, chicos y grandes, comprendieron la verdad que había en esas palabras:
—¿Entonces qué nos propones? —preguntaron.
—Les propongo hablar con el mar para que nunca más se lleve sus huevos.
Así lo hizo. Le explicó el riesgo que corrían él y sus criaturas si seguía tomando lo que no era suyo. Arrepentido de su acción, el mar devolvió a la playa todos los huevos que se había llevado. Reunidos sobre la arena brillaban como piezas de marfil. Unas semanas después los polluelos ya habían roto su cascarón y tomaban las primeras lecciones de vuelo.
Dicen que desde entonces, las olas de Sri Lanka son cuidadosas y cortas. Jamás arrastran consigo los huevos que se ocultan en la arena.

—Adaptación de una leyenda del Panchatantra.

 

Escuela

Todo un educador.
La pedagogía es un área especializada en perfeccionar los métodos de la enseñanza. Grandes hombres y mujeres le han dedicado su vida. Uno de ellos fue el suizo Heinrich Pestalozzi (1746-1827) quien luchó para que la educación alcanzara a toda la sociedad. Convencido de que los niños tienen grandes capacidades, sabía que los alumnos de hoy serán los maestros de mañana. Pensaba que, más que una autoridad, el maestro debe ser un amigo que comprenda y atienda las necesidades de sus alumnos.

Esfuerzo

El buey trabajador

En un hermoso establo de la estepas vivían juntos un buey y un burro. Mientras el burro flojeaba casi todo el día y se limitaba a transportar muy de vez en cuando a su amo, el buey vivía jornadas agotadoras de esfuerzo: labraba la tierra, llevaba en su lomo pesadas cargas y hasta tenía que ayudar a sacar el agua de una noria. Una tarde llegó muy cansado al establo, comió una abundante ración de paja, bebió agua suficiente y empezó a quedarse dormido cuando de repente se sobresaltó.
—¿Qué te pasa? —le preguntó el burro.
—Acabo de recordar que mañana tengo que levantarme muy temprano, pues debo ayudar a labrar el gran terreno que hay pasando la laguna, y ya no aguanto la fatiga —respondió el buey.
—No te preocupes, yo voy a enseñarte cómo puedes quedar libre de ese trabajo — dijo el burro.
—¿Cómo?
—Es muy fácil. Mañana, cuando el patrón venga por ti comienza a caminar sólo sobre tres patas. El amo creerá que tienes lastimada la cuarta y te dejará descansar todo el día —explicó el habilidoso jumento. 
Aquella noche el buey no logró conciliar el sueño pensando qué hacer al día siguiente. Así vio ocultarse la luna y salir el sol. Si ya de por sí estaba cansado, ahora tenía todavía menos energías.
El gallo cantó y el patrón de los animales se acercó al establo para despertar al buey. Siguiendo los malos consejos del burro, cuando éste se incorporó hizo como que cojeaba. El dueño del establo lo vio con detenimiento y le dijo:
—Mmm… creo que has estado trabajando de más estas semanas y haré venir al veterinario para que te revise esa pata. Pero el terreno que hay pasando la laguna no puede quedarse sin labrar… ¡Ya tengo la solución! En esta ocasión serás tú quien me ayude —dijo mirando al burro.
Espantado por la perspectiva de trabajar todo un día el burro pegó un rebuzno que se oyó muy lejos y cuando recuperó la compostura se dirigió al amo:
—Patrón, patrón, el buey no está enfermo de la pata, yo le aconsejé que mintiera para no ir a trabajar —le explicó.
—¿De manera que le estuviste dando malos consejos para que sea igual de flojo que tú? —comentó el amo y se quedó pensando un largo rato.
Ambos animales esperaban temerosos la decisión de su dueño hasta que éste finalmente habló.
—Bueno, los dos podrían merecer una buena paliza por mentirme. Pero he tomado otra decisión. Tú, buey, te has esforzado más de lo que puedes y mereces un descanso. Y tú, burro, necesitas hacer algo por cambiar de vida. Así que mientras el buey toma unas vacaciones me ayudarás a labrar la tierra —comentó.
—¿Y cuando terminen las vacaciones? —cuestionaron los animales a coro.
—Entonces todos los días iremos los tres a labrar para conocer juntos la alegría del esfuerzo (y también la del descanso).
—Cuento de Belarús


LA ROCA MISTERIOSA  

En aquel pueblo de África a nadie le gustaba trabajar. Daban las doce del día y la mayor parte de las personas estaban acostadas. Todo estaba sucio y desordenado en sus casas que, por fuera, parecían abandonadas. Aunque contaban con lo necesario para poner pequeñas granjas, eso era lo que menos querían. Preferían comer cualquier cosa que encontraran tirada en el suelo. Las callejuelas estaban en total descuido. Habían crecido hierbas y arbustos en las banquetas. La basura se acumulaba en las esquinas y abundaban las serpientes, las ratas y los escorpiones.
Entre todos ellos sólo había un hombre trabajador que había reunido una considerable fortuna. Le desesperaba la situación y se cansaba de pedir a los demás que hicieran algo para vivir mejor.
            —¿Para qué? Si así estamos bien —respondían a coro y luego gritaban: —Tenemos sueño. Tenemos sueño. Tenemos sueño.
            De repente iban cayendo al piso y quedaban profundamente dormidos.
El hombre trabajador pensó en un plan para hacerlos reaccionar. Al pueblo sólo se llegaba por un camino. Pensó en obstruirlo y ver qué pasaba. 
Con la ayuda de dos amigos colocó una enorme piedra en medio del camino. “Como ahora les resultará difícil pasar por aquí, con seguridad se empeñarán en moverla y así harán algo de ejercicio” pensó.
Pero no fue así. Cuando los flojos habitantes del pueblo vieron la piedra preferían tratar de brincarla o de plano mejor no salir del pueblo.
            —¿Para qué queremos salir, si se duerme bien en todas partes? —decían. 
Pasó tanto tiempo que hasta crecieron plantas sobre la piedra que cada vez se acomodaba mejor en el terreno. Una tarde Totsi, un viajero que deseaba visitar a un familiar que tenía en aquel pueblo, recorrió el mismo camino. Al ver la piedra pensó que era un peligroso obstáculo y que sin duda alguien podría tropezarse con ella. 
“¿Qué haré? Parece muy pesada. Bueno, voy a intentar moverla” se dijo. Dejó su morral en el piso y comenzó a empujar. La piedra se mantenía firme en su lugar. Lo intentó una y otra vez durante todo el día, sin éxito. Por la noche comenzó a llover y se refugió en una cueva cercana. 
Al día siguiente, con la salida del sol, reanudó su tarea. El agua de la lluvia había aflojado la tierra así que poco a poco logró mover la piedra y apartarla a un lado del camino. 
Para su sorpresa encontró que abajo de ella, enterrado en un agujero, había un cofrecillo lleno de zafiros. Lo sacó y lo miró con mucha atención preguntándose quién lo había puesto allí.
—Fui yo —dijo el hombre trabajador que andaba casualmente por allí.
—¿Y para qué? —preguntó Totsi.
—Para enseñar a los habitantes de este pueblo que quien se empeña consigue una recompensa. Veo que no aprovecharon la lección, pero al menos tú me has demostrado que en este sitio sigue habiendo personas diligentes. Ve y disfruta tu bien merecida recompensa.
 
—Adaptación de un cuento ghanés.

 

Esperanza

Meme Haylal era anciano y pobre. En una ocasión, cuando labraba su terreno halló una turquesa redonda, de color azul brillante. Era tan grande que para un hombre de su edad resultaba difícil cargarla. Sin embargo, la metió en la canasta de los víveres y, apoyado en su bastón, inició el camino a casa. Antes de llegar se topó con un conocido suyo montado a caballo.
            —¿Adónde va Don Meme? —preguntó el jinete.
            —A mi casa. Soy un hombre afortunado, hoy encontré esta turquesa —respondió el viejo y le mostró la piedra. —Te la cambio por tu caballo.
            —¿Ha perdido el juicio? —inquirió el jinete— esa piedra es mucho más valiosa que este jamelgo.
            —Ándale —insistió Meme— hallaré algo mejor.
El jinete aceptó el intercambio, entregó el caballo y Meme siguió caminando de buen humor. Entonces encontró a un hombre con un buey y le propuso intercambiar los animales.
—¿Se siente bien Don Meme? —cuestionó el dueño del buey— su caballo vale mucho más que esta vieja bestia.
            —Ándale —insistió Meme— hallaré algo mejor.
El cambio se realizó y el anciano se fue todavía más contento. Halló a otras personas en su camino: cambió el buey por una oveja, la oveja por una cabra y la cabra por un gallo. Cada persona beneficiada con los cambios le preguntaba por qué procedía así y él contestaba:
—Porque me gusta seguir buscando.
Por último halló a un cantor ambulante que entonaba la canción más hermosa que jamás había escuchado. Sus ojos se llenaron de lágrimas por tanta alegría. “¡Me siento tan contento con sólo oír esta melodía! Lo mejor para mí sería aprender a cantarla”, pensó Meme.
            —¿Adónde va Don Meme? —preguntó el cantante.
—A mi casa. Hoy ha sido un día extraordinario. Encontré una turquesa, la cambié por un caballo. Cambié el caballo por un buey, el buey por una oveja, la oveja por una cabra, y la cabra por este gallo. Y ahora, de repente, escucho tu canción… Si me enseñas a cantarla, te doy mi gallo. Así cómo yo transformé aquella piedra, tú puedes transformarlo en lo que quieras o quedarte con él, si te hace feliz.
Con paciencia el músico le enseñó las palabras y la melodía. Meme no cantaba muy bien que digamos, pues su voz era ronca y cascada. Sin embargo, se sentía contento al entonarla… supo que esa canción lo acompañaría al iniciar el día, le daría ánimo durante sus pesadas jornadas de trabajo y tranquilidad por las noches.
El músico se alejó llevándose al gallo, e imaginó todo lo que podría hacer con su nuevo compañero. Meme finalmente llegó a su casa. Cuando se estaba quedando dormido recordó el brillo de la turquesa mágica. Pensó en la oportunidad que abre cualquier cosa que hallemos en la vida y supo que mañana, al despertar, se dedicaría a buscar algo más hermoso todavía.
—Adaptación de un cuento tradicional butanés.

HISTORIA DE LAS ESTRELLAS


 
Aquella mañana un forastero venido de muy lejos caminaba por una playa hermosa y vacía del golfo de California. El sol brillaba con intensidad y le impedía ver claramente qué le esperaba más adelante. Por momentos se detenía a descansar, miraba las conchas y estrellas marinas que la marea había dejado en la playa. Al verlas pensaba: “Soy como ellas, aventadas así nada más en la arena. Mi corazón está triste. ¿Qué haré para remediarlo?”. Pero la única respuesta que obtenía era el ruido constante de las olas.
Al llegar a un punto donde comenzaba a formarse una bahía, vio a lo lejos una figura humana que se inclinaba y recuperaba la posición erguida. Una y otra vez recogía algo de la arena y con el impulso de su brazo lo lanzaba al mar. “De seguro son botellas, o basura” se dijo el viajero mientras se iba acercando.
Pasos más adelante notó que se trataba de un joven indígena, de complexión atlética, vestido sólo con pantalones de manta. Se aproximó todavía más y de repente estuvo a unos metros del muchacho. Éste detuvo su incansable tarea por un instante, lo miró atento a los ojos y le sonrió mostrando sus blanquísimos dientes.
            —Hola güero —lo saludó.
            —Hola. Vengo desde allá —el viajero señaló el comienzo de la bahía— y me llamó la atención ver que estés echando tanta basura al mar.
—No es basura, mi buen. Son estrellas —explicó el indígena y le mostró una estrella de mar que llevaba en la mano.
—¿Y para qué lo haces? —preguntó el forastero.
—Cuando la marea baja, el mar deja hartas destas en la arena. Si se quedan fuera del agua se mueren. Yo las echo de vuelta para que sigan viviendo.
            El viajero lo miró con aire burlón y le comentó:
—¿Pero apoco crees que vale la pena? En esta playa hay cientos de estrellas. ¡Y en las playas del mundo hay millones más! Aparte de todo, cuando vuelva a bajar la marea, las echará otra vez para acá. ¿Te das cuenta que si regresas una al agua la historia de las estrellas no cambia para siempre?
            El joven indígena pensó un instante, entornó con gracia los ojos y le respondió:
—Por lo menos ahorita sí cambia la historia de la que traigo en la mano. ¿Por qué no te atreves a regresarla tú al agua? —Le propuso mientras le ofrecía la estrella.
El viajero lo dudó un momento. Finalmente, con mano temblorosa, la tomó y se decidió a hacerlo. A él mismo le sorprendió que su brazo tuviera tanta fuerza para hacerla llegar así de lejos. Él y el joven indígena estuvieron en la playa hasta que se puso el sol, devolviendo una y otra estrella a las aguas profundas del mar que en un solo día fue azul, anaranjado, negro y plateado con el reflejo de la luna.
Cuando se despidieron para siempre, el caminante siguió su ruta. Paso a paso sintió que la esperanza regresaba a sus días.
—Adaptación de un relato incluido en la colección Semences d’Espérance.

Ética

Una princesa estaba en edad de casarse y tres príncipes pidieron su mano. A cada uno le exigió una tarea. El primero tuvo que matar a un feroz dragón. El segundo, recuperar una perla en el océano. El tercero, cortar una flor en la montaña más elevada. Cuando volvieron, hablaron con ella: “Los tres hemos cumplido la misión, ¿con cuál quieres casarte?” Ella los sorprendió con su respuesta: “Mmm… mientras estaban de viaje pensé mucho y, aunque sé que los cuentos acaban de otra forma, decidí que por ahora quiero seguir siendo soltera. Creo que cada quien debe tomar sus decisiones ¿no les parece?.”

Éxito

El día 14 de octubre de 1968 el sargento José Pedraza participó en la prueba de marcha de 20 kilómetros en los Juegos Olímpicos de México. Cuando la competencia estaba a punto de terminar no iba entre los primeros lugares y parecía seguro que se quedara sin medalla. Sin embargo, los miles de espectadores que estaban en el Estadio Universitario le aplaudieron y le echaron porras para motivarlo. En un hecho sorprendente Pedraza conquistó el segundo lugar con una diferencia de dos segundos con respecto al primero.

Familia

Una de las grandes tradiciones familiares consiste en que los hijos sigan la profesión de sus padres. Aunque no siempre tiene que ser así, existen casos asombrosos de profesiones heredadas. Uno de ellos es el de la familia alemana Bach, fundada en 1561. Desde entonces y hasta el siglo XIX casi cien de sus miembros fueron músicos que aprendían el oficio de sus padres. Cantaban, tocaban el órgano y componían grandes obras. El más importante de todos fue Johann Sebastián Bach (1685-1750), a quien se llama “el padre de la música”.

Felicidad

La camisa del hombre feliz

Un rey enfermó gravemente y ningún médico podía curarlo. Un viejo que habitaba en el palacio indicó: “Lo que el rey necesita es la camisa de un hombre feliz”. Los lacayos trataron de hallar a un hombre feliz entre los nobles, pero no lo encontraron. Cuando iban de regreso al palacio pasaron frente al taller de un herrero que cantaba: “Soy un hombre feliz, he ganado mi pan, con cariño y con afán.” Se acercaron, pero vieron que era tan pobre que no llevaba camisa. Cuando se lo contaron al rey, éste ordenó que sus riquezas se distribuyeran para que todos los pobres tuvieran camisa… A los pocos días comenzó a aliviarse.

Fortaleza

De los Apeninos a los Andes
 
Marco tenía once años y vivía en Génova, Italia. Su padre trabajaba en una fábrica, pero no ganaba suficiente y sus deudas crecían. Por esa razón, la madre decidió partir a Buenos Aires, Argentina, para emplearse en la casa de una familia pues los sueldos que pagaban allí eran buenos. Pensaba ahorrar alguna suma y luego regresar. Aunque le dio tristeza separarse de los suyos, partió llena de esperanza. Por fortuna encontró un buen trabajo con los señores Mequínez. Cada mes escribía a Génova y les enviaba todas sus ganancias. 
En una ocasión les mandó una nota diciéndoles que se sentía enferma. Luego sus cartas dejaron de llegar. Ellos le escribieron, pero no tuvieron respuesta. Trataron de averiguar qué ocurría, mas nadie pudo informarles. La única solución era ir a buscarla hasta Buenos Aires. 
Como ni el padre ni el hijo mayor podían abandonar su trabajo, Marcó se ofreció.
—Iré a Buenos Aires. Estoy seguro de hallarla —dijo.
Aunque su padre no estaba convencido, le dio permiso. Con escasas prendas de ropa y unas monedas, abordó el barco de un capitán amigo que se dirigía a Argentina.
A bordo del navío tenía miedo y tristeza. Se sentía solo, alejado de sus seres queridos y rumbo a un destino extraño. Comenzó a dudar, quizá su madre ya no vivía…
El viaje duró 27 días. Al desembarcar se vio en una enorme ciudad llena de nombres raros. Preguntando llegó a la dirección de su madre. Tocó la campanilla y una señorita abrió la puerta.
—¿Vive aquí la familia Mequínez? —preguntó Marco.
—No, ahora somos otros los inquilinos —respondió ella.
—¿Dónde han ido? Mamá trabaja con ellos —inquirió Marco.
—Están en Córdoba.
La señorita y su padre le explicaron cómo llegar allí, aunque era difícil pues quedaba muy lejos. Le regalaron algunas monedas y le desearon suerte.
Muy cansado, Marco abordó una barcaza de vela que transportaba fruta a lo largo de un río enorme y peligroso. A veces pensaba en darse por vencido. Pero sus compañeros de viaje lo animaban:
—¡Ánimo! Debes ser valiente y estar orgulloso de tu búsqueda. 
La barcaza llegó a Rosario. Aún lo esperaba un largo camino por tierra hacia Córdoba. Desesperado, se sentó a llorar en la calle. Entonces, por pura suerte, se encontró a un viejo marinero que conoció en el viaje que lo había traído de Europa. Éste lo presentó con otros camaradas genoveses que vivían allí, y entre todos reunieron el dinero para comprarle un pasaje de tren.

En el vagón Marco se sentía mareado y muy débil. Lo asustaba estar tan lejos de Génova. Creía que las fuerzas no le alcanzarían para llegar. Pero una vez más lo logró.
En Córdoba buscó la casa de la familia Mequínez, pero en ella le dijeron que se habían ido a su estancia de Tucumán, a 500 leguas de allí. 
¿Cómo ir tan lejos? Una buena mujer le informó que al día siguiente un comerciante partiría rumbo a esa zona. Tal vez podría llevarlo consigo en la carreta tirada por dos grandes bueyes.
El carretero era un hombre duro, pero Marco lo convenció y así comenzó su nuevo viaje. A cambio de llevarlo le exigían un trabajo agotador: cargar forraje e ir por agua para los animales. No lo trataban muy bien que digamos. La situación se prolongó casi por un mes. No dormía, comía mal y en una ocasión hasta tuvo tantita calentura.
En un punto del camino le indicaron que se bajara, pues ellos no llegaban directamente a Tucumán.
El pequeño siguió el resto del trayecto a pie. Las plantas le ardían de tanto andar y le parecía muy remota la posibilidad de hallar bien a su mamá. 
No estaba tan equivocado, pues la señora llevaba varias semanas en cama, enferma y angustiada por encontrarse lejos de su familia. A pesar de que los señores Mequínez la cuidaban con mucho cariño nada parecía animarla y se resistía a la operación necesaria para curarla.
Pero una mañana el pequeño Marco llegó a la casa donde se encontraba, casi descalzo y con su ropa rota. Al verlo, su madre no podía creerlo. Llena de felicidad por estar de nuevo junto a su pequeño, lo abrazó muy fuerte y le dio muchos besos. Admirando su ejemplo de templanza y tenacidad decidió aceptar la operación. 
Ésta fue todo un éxito. A los pocos días la señora se hallaba restablecida y feliz de tener a su hijo al lado.
Marco se inclinó para darle gracias al doctor, pero éste le dijo:
—Levántate muchacho. Eres todo un héroe. Tú fuerza la ha salvado y la aventura que viviste te dio el temple necesario para enfrentar la vida y sus desafíos.
—Adaptación del cuento homónimo incluido en Corazón de Edmundo de Amicis.
 
 
—Adaptación del cuento homónimo incluido en Corazón de Edmundo de Amicis.

Generosidad

Una docena de galletas

En Albany, la colonia holandesa, vivía el panadero Van Amsterdam, célebre por su honestidad ya que siempre daba a sus clientes lo que correspondía al importe que pagaban. Su tienda permanecía ocupada a todas horas, en especial a inicios de diciembre: el día 6 se festeja a San Nicolás y se acostumbran las galletas de jengibre, con la forma del santo, decoradas con azúcar blanca y roja.

Gratitud

El pescador de hojas

Eduardo, un buen padre de familia, era pescador en la costa del mar Adriático, pero no alcanzaba a alimentar a sus cinco hijos. Una vez pasaron diez jornadas sin que obtuviera un solo pescado. Los vecinos lo lamentaban, pues era trabajador y  conocedor de su oficio.

Honestidad

El plato negro
Por los caminos de la India dos vendedores iban de pueblo en pueblo ofreciendo trastes, artículos para limpiar la casa y brillantes adornos. Echaban suertes con una moneda para ver quién podía 
anunciarse primero. Cuando éste acababa, el otro promovía sus artículos. Así lo hicieron en una vieja aldea. Cuando el primer vendedor pregonaba “¡Trastes, ollas, joyas para las señoritas!” una pequeña y su abuela se detuvieron. A la niña le fascinó un brazalete.
—¿Cuánto cuesta? Preguntó, triste, la abuela, ya que eran muy pobres.
—Más de lo que pueden pagar —respondió el vendedor.
—En la casa conservamos un viejo plato negro de metal ¿puede tomarlo a cambio?
Caminaron rumbo al hogar. La humilde morada no tenía muebles y el piso era de tierra. Cuando le mostraron el plato, el vendedor lo examinó. Al frotar el reverso notó que era de plata pero el tiempo lo había ennegrecido.
—Este cacharro no vale nada. Se los cambio por una escobeta —propuso.
—Gracias, señor, preferimos conservarlo —informó la abuela.
El vendedor se retiró pensando en volver al día siguiente para convencerlas.
Llegó el turno del segundo vendedor para recorrer el pueblo. La niña y su abuela salieron a su encuentro. De nuevo, la pequeña pidió un brazalete. Los tres se dirigieron a la choza para ver el plato. De inmediato el hombre reconoció su valor. 
—Señora, este traste es de plata. Los objetos que traigo no bastan para pagarlo.
—No lo sabíamos. ¡Todo falta en esta casa! ¿Podría darnos el brazalete y alguna otra cosa útil? —preguntó la abuela.
El vendedor les entregó toda su mercancía. 
A la salida del pueblo le mostró el plato a su colega y le contó lo que había ocurrido. Éste se enfureció por haber perdido la oportunidad de estafarlas. Pero lo pensó un rato y luego decidió: 
—Si unimos tu honestidad y la hermosa mercancía que me queda haremos el mejor negocio. ¿Podemos trabajar juntos?
—Claro que sí —respondió el hombre honrado.
Desde entonces fueron los comerciantes más exitosos de la región.
 
—A partir de una leyenda budista.

Humanidad

El poder de la filantropía.
La palabra “filantropía” significa “amor a la humanidad”. A lo largo de la historia ha habido personas que por ese amor deciden compartir su talento, riqueza y conocimientos con los demás. Una de ellas fue Concepción Béistegui (1820-1870), originaria de la ciudad de Guanajuato. Dueña de una cuantiosa fortuna, decidió que parte de ella se empleara para socorrer a los desamparados. En su nombre se estableció una fundación para ayudar a los ancianos desvalidos. Hoy día sigue activa.

Humildad

El científico orgulloso

Un científico descubrió la técnica para hacer copias de sí mismo tan perfectas que era imposible distinguirlas del original. Tiempo después, se enteró que andaba buscándolo un diablillo para llevárselo, e hizo doce copias de sí mismo para que no lo reconociera. Al diablillo se le ocurrió un plan. Cuando llegó y vio las figuras idénticas dijo: “El que hizo esto es un genio… pero su trabajo tiene un defecto”. El científico, herido en su orgullo, brincó y gritó: “¡No! ¿Cuál defecto?” “Éste —dijo el diablillo— sólo un verdadero humano es tan falto de humildad.” Y dicho esto, se lo llevó en su costal.

Identidad

El indio triste
 
Después de la conquista de México los españoles ofrecieron su protección y privilegios a algunos indígenas de la nobleza mexica a cambio de que colaboraran con ellos reportándoles cualquier plan de rebelión contra el nuevo gobierno. Uno de ellos, llamado Tizoc, era muy cercano al virrey quien, por sus servicios como espía, le había permitido conservar sus riquezas, entre las que había casas lujosas en la ciudad de México, muebles forrados con pieles, joyas y finas prendas de vestir.

Para quedar bien con los españoles Tizoc se había bautizado, iba a la iglesia y rezaba, pero en un lugar secreto de su casa tenía un pequeño templo donde seguía adorando a los dioses aztecas. No hacía nada de provecho, comía alimentos picantes en exceso, bebía pulque de todos los sabores y salía de paseo con diversas amigas. Esta clase de vida perjudicó su salud; cada vez tenía peor aspecto y se olvidó de la misión que le había dado el virrey.
 
Gracias a otro espía más atento, el virrey se enteró de que algunos indígenas estaban organizando una conspiración en su contra e hizo apresar a los culpables. Ordenó que, como castigo por su descuido, a Tizoc le quitaran todas sus propiedades. De un día para otro se quedó en la calle. Sus amigas lo abandonaron y no tenía siquiera un poco de dinero para comprar comida. Medio desnudo y enfermo permanecía sentado en la esquina de la calle donde estaba su casa, en el actual centro de la capital.

Tanto los indígenas como los españoles que pasaban frente a él lo despreciaban y se burlaban de él. Sólo algunas personas bondadosas le ofrecían pan, agua y granos de cacao. Tizoc no se movía de su lugar; siempre solo y callado se dedicaba a recordar su antigua riqueza y su vida anterior a la conquista. A veces se quedaba dormido y soñaba con el pulque, las doncellas y los manjares de antes. Acostumbrada a verlo siempre ahí, la gente lo apodó el “indio triste”.

Pasaron las semanas. Tizoc dejó de comer lo que le daban e incluso se negó a beber agua. Ya ni siquiera tenía lágrimas para llorar y permanecía siempre sumido en sus pensamientos. Cada día estaba más débil y con dificultades podía levantar la cabeza. Sentía como si hubiera perdido su lugar en el mundo. Un día amaneció inmóvil sobre la acera: había muerto de hambre, sed y tristeza.

Unos frailes que pasaban por ahí lo levantaron. Con todo respeto lo cargaron en hombros y lo llevaron al cementerio de Tlatelolco donde lo sepultaron. Para poner un ejemplo a los espías descuidados, el virrey mandó hacer una estatua de su figura sentada, con los brazos cruzados sobre las rodillas, los ojos hinchados y la lengua sedienta. La colocaron en la esquina donde siempre estaba y llamaron a esas cuadras las “calles del Indio Triste”.
—Adaptación del relato “Las calles del indio triste” incluido en Las calles de México, de Luis González Obregón.

INdependencia

Fiebre de independencias.

En el siglo XIX los diversos pueblos de América latina decidieron liberarse de los gobiernos europeos y convertirse en naciones capaces de tomar sus decisiones y avanzar rumbo al futuro. Los siguientes países son resultado de una “Declaración de Independencia”, el documento que expresa esa decisión: Ecuador la firmó en 1809, Colombia y Chile en 1810, Paraguay y Venezuela en 1811, México en 1813, Argentina en 1816, Perú, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá en 1821, Brasil en 1822, Bolivia y Uruguay en 1825 y la República Dominicana en 1844. La que más se tardó fue Cuba, en 1895.

Iniciativa

Entre moscas y cangrejos.

Es triste reconocerlo, pero buena parte de la gente no está decidida a impulsar esos cambios. Existen muchas formas graciosas de describir su conducta. Zutano está “papando moscas”; tiene la boca abierta sin decir ni hacer nada y es muy probable que un asqueroso bicho aterrice en su lengua. Mengano está “pensando en la inmortalidad del cangrejo”; no presta atención a lo que debe, deja vagar su mente por puras tonteras y se olvida del mundo. Perengano anda “cruzado de brazos”; deja que todo pase y no hace nada. Al “camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. Esa gente se parece mucho a los tres monos que dicen: “no veo, no oigo, no hablo” y está en grave peligro porque no controla su vida.
En el otro lado se encuentran quienes están decididos a esforzarse diariamente por realizar cambios positivos y detectan dónde hay posibilidades de hacerlo. Pueden empezar por su propia situación y luego efectuarlos en su comunidad. No siempre tienen que ser grandes hazañas, puede ser tan sencillo como el caso del obrero que se inscribe a la secundaria nocturna para seguir preparándose, o el de un niño como tú que se une a sus compañeros para progresar juntos. La iniciativa puede combinarse con la generosidad y convertirse en espíritu de servicio a los demás. En sus momentos estelares modifica para siempre millones de vidas, como cuando Cristóbal Colón decidió embarcarse en el viaje que le permitió descubrir América.
Olvídate de las repugnantes moscas, los cangrejos, los monos y los camarones dormilones. Extiende tus brazos y, con ellos, ponte manos a la obra. No importa que tus avances sean pequeños, lo importante es que con ellos inicias tu camino.

Innovación

Acciones que transforman
Las personas creativas no se aburren nunca: su inteligencia siempre está produciendo conocimientos y planean nuevos experimentos y proyectos, como los científicos (locos y normales) que ves en las caricaturas. Mientras hacen eso, también transforman su personalidad. Se enseñan a esforzarse más en las obras y los pensamientos; tienen gran capacidad para concentrarse en un asunto especial; los distingue su iniciativa, pues hacen algo que nadie se había animado a hacer; construyen una forma independiente de pensar (no se conforman con lo que leen o dicen otros); además, poco a poco se sienten más contentos con ellos mismos, porque están ofreciendo algo único al mundo: ¡están rompiendo los moldes que siempre se han usado!

La creatividad, sin embargo, no nace de la nada y necesita como base los conocimientos que se han generado en los distintos campos. Los científicos revisan los trabajos de su área especial que se hicieron antes de ellos; los compositores analizan con cuidado las obras escritas siglos atrás y los pintores aprenden la técnica de los grandes maestros antiguos. Así que los elementos centrales para impulsar tu creatividad son el estudio y el aprendizaje que te dan herramientas para imaginar y construir nuevas ideas. Lo más importante es que la inventiva te ayuda a crear un mundo a tu medida. No se trata siempre de conseguir el gran hallazgo que modifique la historia, sino de ir aplicando cambios a tus actividades y relaciones para sentirte mejor. No dejes pasar más tiempo: ¡echa a volar tu imaginación!

Inteligencia

Los más inteligentes.

¿Quién ha sido la mente más brillante de la historia?
 Un investigador sueco trató de establecer una lista de los hombres más inteligentes con base en sus obras. Entre los diez finalistas sobresalen: Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), poeta, dramaturgo y escritor alemán (210 puntos); Galileo Galilei (1564-1642), descubridor y astrónomo italiano (185 puntos); Madame de Staël (1766-1817), novelista francesa (180 puntos); Emmanuel Kant (1724-1804), filósofo alemán, y Linus Carl Pauling (1901-1994), químico estadounidense (170 puntos).

Justicia

El matrimonio feroz
Don León —todos lo sabemos— es el rey de la selva, y como todos los monarcas, suele ser exigente y caprichoso. Estaba casado con doña Leona, hembra dócil y obediente, pero un día se cansó de ella y decidió entablar un juicio de divorcio en su contra. Solicitó sus servicios al abogado del valle cercano y éste, después de cobrarle una excesiva cantidad, le dio un mal consejo: si declaraba —aunque no fuera cierto— que Doña Leona tenía mal aliento, sería suficiente para obtener el divorcio.
    

Así pues, el melenudo le dijo a Doña Leona: “Mira, hijita, que yo me separo de ti desde hoy y voy a pedir el divorcio, porque tienes aliento de ajos podridos”. Herida en lo más profundo de su vanidad, ella le respondió: “¡Mentira! Las hembras de mi raza tenemos un aliento más agradable y oloroso que el de un cabrito recién nacido.” Muy enojado Don León repuso “pues yo estoy seguro de lo que digo, y te lo puedo probar mediante el juicio de mis vasallos.” Doña Leona, segura de sí misma, le respondió “pues que vengan, y ya verás que ninguna bestia podrá sostener tu calumnia.”

Lealtad

Los tres amigos

Juan, Jorge y Cristina compartían juegos, diversiones y deportes. En una ocasión Juan y Jorge se disgustaron por un torneo de canicas y decidieron no hablarse. Juan fue con Cristina y le dijo: “Si quieres seguir siendo mi amiga, no te juntes con Jorge.” Cristina le respondió: “No me pidas eso porque yo soy fiel a mis amigos.” Al rato Jorge se presentó para pedirle que no se juntara con Juan y ella le contestó: “Prefiero que ni tú ni Juan se junten conmigo a traicionar a cualquiera de los dos por un asunto que no vale la pena”. Admirados por su ejemplo, los niños se contentaron y su amistad fue más bonita que nunca.

Libertad

Las tres doncellas
Hace muchos muchos años, pero de veras muchos, en los bosques espesos de la Sierra Tarahumara vivían criaturas extrañas, dotadas de poderes mágicos como detener el viento, convocar a las aves y reunir a los animales que habitaban en ellos. En una cañada oculta habitaba Soque, un brujo viejo y malvado.
    
Una tarde, cuando se acercó a un ojo de agua cristalina, vio que en él se bañaban tres doncellas hermosas y delicadas. Su belleza lo cautivó de tal manera que se apoderó de ellas y las mantenía cautivas como esclavas. Todo el día tenían que trabajar para mantenerlo contento: lavaban la ropa en el río, barrían la choza, salían a buscar hierbas para las brujerías, preparaban salsas picantes en el molcajete y molían maíz en el metate para hacerle pinole, su golosina favorita. Si algo no salía como a él le gustaba, les pegaba, las regañaba por horas y las dejaba encerradas sin comer.
    
Un día las mandó de cacería, pero no encontraron las zorras que les había pedido el malvado. Temblando, se encaminaron a la choza. “De seguro nos va a pegar con pencas secas de nopal”, dijo una. “Tal vez suelte a las abejas más bravas”, comentó la otra. “O quizá desate a su tigrillo para que nos muerda…” complementó la tercera.
 
Estaban llore y llore cuando escucharon una voz ronca y extraña que venía del bosque: “Huyan, que yo sabré protegerlas”, les indicó. Aunque no lograron identificar al que hablaba, siguieron sus instrucciones.
    
Muy lejos de allí hallaron un lugar seguro y tranquilo, donde iniciaron su nueva vida. Bebían agua de los arroyos, comían fresas recién cortadas y se divertían mirando a los colibríes que se peleaban por el néctar de las flores. Los pájaros y los animales del bosque eran sus amigos y convivían amablemente como si se conocieran de toda la vida. 
    
Una mañana llegó un enorme pájaro carpintero que se posó en la rama de un abedul y les dijo “salgan rápido de aquí, el malvado Soque viene por ustedes y se encuentra muy cerca”. Aunque corrieron con todas sus ganas, Soque estaba a punto de alcanzarlas cuando se escuchó de nuevo la voz que les había hablado tiempo atrás: “Tómense de las manos y haré que suban al cielo”, les indicó.
    
Así lo hicieron y se elevaron sobre el fondo azul de la media tarde. Enfurecido, Soque tensó su arco. Cuando las flechas las alcanzaron, las tres doncellas se convirtieron en tres estrellas que han brillado por miles de años. Arrepentido por lo que hizo, cada noche Soque se transforma en coyote y regresa al lugar de los hechos para aullarle al cielo.
—Adaptación del relato tarahumara referido por Otilia Meza en su libro Leyendas prehispánicas mexicanas.
 
Para reflexionar
• ¿Debe una persona ser dueña de otra?
• ¿Qué era lo más desagradable de Soque, sus exigencias o sus castigos?
• ¿Las doncellas tenían derecho a escapar o estaban obligadas a seguir sirviendo?
• ¿Por qué crees que ellas se convirtieron en estrellas y él en coyote?
 
• De la sabiduría popular
El que siempre es borrego nunca será pastor.
Quien siempre ha sido dominado no puede servir como guía, a menos que se decida y haga un esfuerzo por tomar la situación en sus manos.

Naturaleza

Operación Greenpeace

En 1971 un conjunto de ciudadanos canadienses fundó la organización Greenpeace, cuyo nombre significa “paz verde”. Su propósito es defender el medio ambiente con campañas para detener el cambio climático, proteger a las especies de plantas y animales en peligro, disminuir la contaminación e impedir el uso de la peligrosa energía nuclear. Actualmente cuenta con cuatro millones de socios en el mundo y se ha ganado el respeto de líderes políticos y gobiernos internacionales que apoyan sus esfuerzos.

Paciencia

El travieso agricultor

Rubén era hijo de dos floricultores. Una vez los acompañó a plantar girasoles. Los padres iban por delante plantando, pero cuando avanzaban un poco, Rubén sacaba las semillas de la tierra y las guardaba. Al terminar la jornada, había retirado todas. Unos vecinos del lugar se acercaron a los padres: “Rubén fue quitando todas las semillas. Merece una paliza.” El padre respondió: “¿Qué ganamos con enojarnos? Nos dimos cuenta de que lo hacía y esperamos a que se aburriera. Pero como no se aburrió, sabemos que si tuvo paciencia para sacarlas todas, mañana tendrá paciencia para plantarlas de nuevo. Pasaremos juntos el día labrando la tierra.”

Patriotismo

La expropiación petrolera

Una forma básica de proteger a la patria es administrar eficazmente sus bienes. A inicios del siglo XX el petróleo, el recurso más importante de México, estaba en manos de compañías extranjeras, que obtenían grandes ganancias. El 18 de marzo de 1938 el presidente Lázaro Cárdenas decretó que el petróleo sería explotado por una institución del gobierno nacional y que sus beneficios serían sólo para los mexicanos. Gracias a la expropiación petrolera el país se ha sostenido por setenta años.

Participación

Don Bernardo, un anciano agricultor de Campeche, ya no podía con las tareas del campo. Desde joven había sido labrador y se había agotado en largas jornadas sin descanso. Con el fruto de su trabajo apenas había logrado construir una casita, donde vivía con Lola, su mujer.
En el último año había sembrado apenas algunos cultivos para el alimento cotidiano y sus tierras se veían secas y vacías. Sin embargo, ambos eran muy felices allí y amaban su pequeño mundo, veían el amanecer y el atardecer, cortaban flores silvestres, andaban despacito e iban a un pozo donde se filtraba el agua más pura y deliciosa del mundo.

Una mañana vieron llegar a unos de a caballo. Al frente venía el poderoso cacique de la hacienda cercana que cada vez agrandaba más su propiedad. “¿Qué se le ofrece Don?” preguntó don Bernardo. El cacique le explicó: “Ya reporté al gobierno que su tierra está inútil y vengo a tomar posesión de ella. Ustedes los viejos ya no tienen nada que hacer.” “¡No es justo” replicó el anciano. Cuando doña Lola quiso intervenir, el cacique la interrumpió: “Esto es cosa de hombres”.

Por la tarde él y su esposa fueron a ver al presidente municipal. Éste, que se había puesto de acuerdo con el cacique, confirmó la decisión. “Así es. Tienen dos días para dejar libre el terreno.”

Cuando llegaron a casa, don Bernardo estaba llorando. “No te agüites, viejo” dijo su mujer, mientras acomodaba en la mesa de la cocina unos cigarrillos, un tarro de miel, un rollo de galletas, un plato con jícama picada y una jarra con agua de horchata. “¿A quién invitaste?”, preguntó don Bernardo. “Vámonos a dormir” le respondió ella.
Al día siguiente, cuando despertó, se asomó por la ventana para ver sus tierras por última vez antes de empacar. El terreno era ahora un vergel lleno de flores y árboles con fruta lista para cortar. Su esposa se acercó a la ventana y lo rodeó con su abrazo. “¡Ay vieja, necesito lentes!” comentó don Bernardo. “No mi amor, lo que estás viendo es la purita realidad”. “¿Y quién hizo todo esto?” preguntó. “Fueron los aluxes” respondió ella.
Doña Lola le explicó que los aluxes son miles de duendes indígenas que viven en la selva maya. Salen a jugar a la luz de la luna, chapotean en el agua y ríen con voz cantarina. Si alguna persona los trata mal, le hacen la vida de cuadritos. Pero si los trata bien, le conceden sus deseos. Ellos habían sembrado la milpa de don Bernardo.

Cuando el cacique llegó a tomar posesión, supo que ya nada podía hacer; el plantío de don Bernardo era el más bonito de todos. Sin decir palabra regresó a la hacienda. Nunca encontró la paz, los traviesos aluxes no lo dejan dormir: noche tras noche tiran piedritas contra sus ventanas, saltan sobre las teclas del piano y le jalan las cobijas.

—Adaptación de un cuento original de Manuel Anzures incluido en el libro Suspira el viento(1914).

Paz

El testamento de Alfred Nobel

El rico científico sueco Alfred Nobel (1883-1896) decidió que el dinero de su herencia se invirtiera para otorgar premios anuales a quienes realicen “el mayor beneficio para la humanidad” en los campos de física, química, medicina y literatura. También estableció un Premio de la Paz para las personas que “hayan trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz.” Desde su creación este premio ha sido concedido a 95 personas y 20 organizaciones. Hoy día alcanza la cantidad de unos 17 millones de pesos.

Perdón

Simón, pintor de ángeles

Ya nadie sabe si todo esto ocurrió en verdad, si alguien lo inventó o si fue una mezcla de sucesos reales con la imaginación. Pero así son las leyendas. Y dice ésta que en 1566, cuando llegó a la capital de la Nueva España, su excelencia el virrey don Gastón de Peralta estaba acompañado de un numeroso séquito personal. A éste pertenecía un pintor llamado Simón, originario de Flandes. Había vivido en Lisboa y Madrid, sorprendiendo con su habilidad como retratista a ricos y nobles. Don Gastón lo había traído consigo para retratar a las figuras más notables del palacio virreinal y así lo hizo: gallardos caballeros armados y ancianas damas con sombrero.

Su destreza con el pincel era exquisita; sin embargo, tenía un grave defecto: era muy malhablado y por cualquier cosa, aunque no estuviera enojado ni quisiera ofender, soltaba un montón de groserías en los idiomas que conocía: español, flamenco y portugués. Su cercanía con el virrey evitaba que recibiera algún tipo de queja o castigo.

La situación de don Gastón no era sencilla, pues muchos intrigaban en su contra. Aunque era amable y caritativo, los oidores (los magistrados más importantes del gobierno) le levantaron falsas acusaciones con el rey de España y éste ordenó su regreso inmediato.

Simón el pintor se quedó trabajando en México. Sus colegas lo envidiaban pues, a diferencia de ellos, tenía cada vez más encargos. Para poner fin a su carrera lo acusaron falsamente de haberlos insultado. Como ya no tenía la protección del virrey fue encarcelado, algo bastante injusto, pues otras personas sí decían muchísimas groserías en plena calle y nadie las castigaba.

Afligido por el encierro, pensó en un plan. Descosió una moneda de oro que llevaba oculta en el pantalón y se la ofreció al carcelero. “Con la mitad de esto, compra pinceles y pinturas para mí. Guarda el resto para ti”. El carcelero siguió sus instrucciones y le llevó los materiales. Aunque su celda estaba siempre sumida en la mayor oscuridad, conocía tan bien su oficio que con ellos pintó en la puerta sin verla una imagen de la virgen coronada por cuatro graciosos ángeles.

Durante una visita de rutina, los jueces admiraron la gracia y la ligereza de una obra perfecta y delicada en todos sus detalles que vieron a la luz de un candelabro. Pensaron que aunque fuera malhablado Simón merecía que lo perdonaran y lo dejaron en libertad. Saliendo de la cárcel trabajó en la Catedral Metropolitana y realizó la imagen principal que ahora se encuentra en el Altar del Perdón. Hay quien cree que es llamado así en recuerdo de su historia.

Para reflexionar

  • ¿Te parece justo que hayan encarcelado a Simón por decir groserías?
  • ¿Qué opinas de quienes le levantaron un falso para perjudicarlo?
  • ¿Piensas que las “malas palabras” siempre intentan ofender?
  • Si la decisión fuera tuya ¿hubieras perdonado al pintor?

Perseverancia

La séptima carrera

Escocia tuvo un rey llamado Roberto. Su reino estaba amenazado por Inglaterra, cuyo monarca había enviado a un ejército para apropiarse de sus tierras. Los escoceses ya estaban cansados 
y el reino poco a poco caía en la pobreza.
Roberto quería hacer la paz, pero tomar las armas le parecía inadecuado. Así que un día envió un emisario a la corte del rey enemigo para proponerle que resolvieran todo mediante una competencia de caballos. Si Roberto ganaba, los invasores se irían de sus tierras. Si Roberto perdía, se las entregaría.
La carrera se llevó a cabo. Roberto perdió, pero le pidió una nueva oportunidad al enemigo. 
—Piensa que mi patria está en juego —dijo al otro rey. 
Seguro de que Roberto no lo lograría, el enemigo le dio cinco oportunidades más. 
En todas lo venció.

Una tarde de lluvia Roberto se refugió en una caverna, triste y sin esperanza. Entonces, sobre su cabeza vio a una araña muy pequeña que trataba de tejer su tela entre dos paredes. En seis ocasiones intentó tender el hilo de un extremo a otro, pero no lo logró. “Pobre animalillo” pensó el rey “tú sabes lo que son seis derrotas seguidas”. 
Pero entonces notó que la araña lo estaba intentando de nuevo y observó con gran interés lo que ocurría. “¿Volverá a fallar?” se preguntó. Pero en la séptima ocasión la araña consiguió su objetivo y siguió tejiendo. Inspirado por ese hecho pensó: “Si ella lo hizo ¿por qué no pruebo una vez más?”
Con ánimo renovado fue en busca del monarca inglés y le pidió una última oportunidad.

—Si en esta ocasión pierdo, me iré para siempre a las montañas —le informó.
—Pobre ingenuo. Te la daré para mostrarte que las tierras no son para ti —respondió, confiado, el contrincante.
En la séptima carrera Roberto puso todo su entusiasmo. Su caballo parecía compartirlo con él. Uno y otro dieron lo mejor que tenían de sí hasta casi perder el aliento. Para sorpresa de todos, fueron los primeros en llegar a la meta. 
El rey de Inglaterra admiró la perseverancia del contrincante. Como hombre de honor que era, poco después reconoció la independencia de Escocia. Hasta la fecha quienes viven allí recuerdan a la esforzada araña que inspiró la última carrera.

—Leyenda escocesa

 

Persona

La discusión sobre los indígenas

En el siglo XVI los exploradores españoles conquistaron México con gran violencia y sin respeto por los pobladores que se hallaban en el territorio. Como los indígenas eran muy distintos a ellos, llegaron a afirmar que no eran personas y cometieron toda clase de abusos para esclavizarlos y despojarlos de sus propiedades. Algunos hombres inteligentes, como fray Bartolomé de las Casas ayudaron a concluir que eran tan humanos como los conquistadores. A pesar de ello hoy día hay quienes, equivocadamente, no los consideran sus iguales.

Respeto

Micha y su abuelo

El abuelo, el mayor de la casa, era muy muy anciano. Sus piernas ya no soportaban su peso, sus ojos ya no podían ver, sus oídos no escuchaban y en su boca no quedaba un solo diente.
Su hijo y su nuera no le servían la comida en la mesa, sino al lado 
de la estufa, para que no ensuciara. Una vez le pusieron la comida en un tazón. Cuando el viejecito quiso levantarlo, lo dejó caer sin querer, y el traste se rompió.

Todo se derramó sobre el piso. Muy disgustada, su nuera le reprochó que dañara los objetos de la casa y que rompiera así los trastes de su vajilla. Empleando un tono grosero, le dijo que a partir de ese día le servirían de comer en una cubeta de madera, como las que se usaban para dar su alimento a los animales.
El anciano suspiró hondamente pero no dio respuesta alguna a esas palabras que lo habían lastimado. Pasó algún tiempo desde esa ocasión. Un día estaban en la casa el hijo y la nuera del anciano.

Los dos esposos miraban con mucha atención al pequeño niño de ambos. El infante estaba en el suelo, jugando con unos bloques de madera. Los acomodaba de una manera y de otra, como si quisiera darle forma a un objeto en particular.
—¿Qué figuras est·s haciendo con esos pedazos de madera, hijo? —preguntó con curiosidad su padre.
—Estoy haciendo una cubeta de madera papá. De esa forma, cuando tú y mamá sean tan viejos como el abuelo podré usarla para servirles su comida —informó el pequeño Micha.
Sin decir palabra, el hombre y la mujer se pusieron a llorar. Sentían vergüenza de haber tratado al abuelo de aquella manera. Desde aquel día le sirvieron nuevamente la comida en la mesa, y lo cuidaron bien.

—León Tolstoi

Responsabilidad

Una visita al mago del ahorro.

Ana es una niña que recibe de su mamá diez pesos para gastarlos en su escuela. De ese dinero, ella ahorra la mitad todos los días, lo guarda en su alcancía, por lo que al final del año ¡tiene mil! ¡Es rica! Pero, para Ana, tener tanto dinero es un problema que resolver, pues se pregunta qué hacer con él. Quiere comprarse tantas cosas y al mismo tiempo no gastárselo todo. Desea comprar los caramelos de colores que tanto le gustan, la muñeca de trapo que venden en la tienda de la esquina y visitar a su abuelo a quien ve tan poco por vivir tan lejos.

Esta situación llegó a oídos del Mago del Ahorro quien, sin más, tomó su varita mágica y voló a visitar a la niña. Al llegar le dijo:

—Hola Anita, vengo a darte consejos para que planees bien cómo gastar tu dinero, pero también cómo seguir ahorrándolo.
—¡Tú sí me comprendes, Mago!— exclamó la niña, entusiasmada.
—Sé exactamente a lo que te refieres —respondió divertido. —Quieres saber cómo emplear tu dinero sin gastarlo todo, es decir, planear bien qué hacer con tus ahorros.
 
Entonces, dio un giro a su varita, hizo aparecer un lápiz y una libreta y escribió:
—¡Esta es la fórmula mágica!  Puedes ahorrar de tres formas: a corto, mediano y largo plazo. A corto plazo significa ahorrar en periodos breves para adquirir algo barato, como los caramelos que tanto te gustan. A mediano plazo es ahorrar en periodos más o menos largos para comprar algo un poco más caro, como la muñeca que quieres. En cambio, ahorrar a largo plazo es hacerlo en periodos más amplios para algo que resulte caro, como un viaje a la lejana casa de tu abuelo.

—¡Zas! ¿Eso significa que puedo ahorrar, gastar y seguir ahorrando?
—Así es —sonrió el Mago—. Puedes hacerlo de esa forma.

Entonces, la niña sacó un calendario de su cajón, tomó el lápiz y la libreta que le dio el Mago y comenzó a planear su ahorro y sus compras en el tiempo. Hizo cálculos y vio que el dinero que había ahorrado le podía servir para todo lo que quería y, aún así, seguir ahorrando para otras metas. Utilizaría una alcancía para cada tipo de ahorro: una de color amarillo, para el corto plazo, una naranja, para el mediano, y otra de color azul para el largo plazo. ¡Que buena idea!

Ana, desde que siguió el consejo del Mago del Ahorro, es una niña afortunada pues ya conoce cómo ahorrar, planear y utilizar su ahorro. Ana sabe de tesoros.
 
—Verónica Huacuja

Sabiduría

Oportunidad para todos

Como alumno de una escuela te encuentras en una situación formidable para adquirir conocimientos. A veces se te olvida, pero precisamente a eso vas a la escuela. Si te fijas, éstos van avanzando poco a poco. Cuando eras pequeño sólo sabías dibujar, luego aprendiste a leer y escribir, ahora estás recibiendo información sobre el cuerpo humano, las plantas, los animales, la historia del mundo y la forma de hacer operaciones matemáticas. Así que una buena idea es aprovechar al máximo la experiencia del estudio.
escuela o incluso en la universidad (si llegas a estudiar una carrera) vas a adquirir sólo unos cuantos conocimientos. Tu responsabilidad es buscar muchos más por tu cuenta. Lo más divertido es saber un poco de todo, pero también profundizar en los temas que te interesan, buscar información por tu lado en los medios disponibles, como las bibliotecas, algunos canales de televisión y páginas de Internet. Es interesante combinar ese trabajo solitario con el aprendizaje que pueden ofrecerte las personas: tus padres y otros familiares, el señor que vende periódicos, la señora que ofrece verduras en el mercado y los operarios del camión de la basura. Todos ellos saben algo especial, tienen experiencias distintas que enriquecen tu panorama.
Tus conocimientos acumulados no son adornos: son recursos que te ayudan a pensar mejor y, por supuesto, a ser más feliz. El extremo contrario, la ignorancia, provoca aflicciones y sufrimientos. Si estás leyendo este libro significa que ya te interesa aprender nuevas cosas. No te detengas: lee siempre con cuidado, escucha con atención, aprende de tus errores y comparte todo lo que sabes. Cuando todos pensemos así la humanidad llegará a ser inmensamente rica.

Salud

Los niños del doctor Balmis

La viruela es una enfermedad infecciosa que causó millones de víctimas. A inicios del siglo XIX, cuando se descubrió la vacuna para prevenirla, el doctor español Francisco Javier Balmis (1753-1819) realizó una expedición a México para aplicarla a cientos de pequeños. La vacuna no existía como producto de una farmacia, sino en la sangre de los niños que habían sobrevivido al mal; por eso, con el doctor Balmis vinieron a México varios pequeños españoles que llevaban la vacuna en sus venas. Ésta se aplicaba de brazo a brazo, de niño a niño. Gracias a esos héroes la enfermedad quedó controlada en México.

Sinceridad

Un juego de dados

Había en la ciudad de Benarés un hombre, llamado Apu, aficionado a los juegos de mesa. Solía practicarlos en compañía de su amigo Amir. Sin embargo, entre ambos había una gran diferencia. Apu era honesto y sabía perder. Amir no: cuando iba ganando seguía con el juego; cuando iba perdiendo, sin que Apu se diera cuenta, se metía el dado a la boca y lo mantenía escondido debajo de la lengua para deshacerse de él más tarde.
—¡El dado se perdió! No lo veo por ningún lado —decía hablando de una forma peculiar.
Como si estuviera muy preocupado, fingía buscarlo abajo de la mesa, en sus prendas de ropa, entre los pliegues de la alfombra y terminaba por decir:
—Ni modo. El juego se acabó porque el dado no aparece.
Apu no tardó en darse cuenta de esta trampa y decidió darle una lección a su amigo. Al día siguiente, antes de la acostumbrada cita para jugar tomó el dado que iban a emplear y lo metió en una mezcla líquida de especias muy picantes. Lo sacó, lo dejó secar y como el dado era amarillo no se notaba nada extraño en él.
Amir llegó y comenzó el acostumbrado juego. Todo fue bien durante las tres primeras rondas, pues iba ganando. Sin embargo en el cuarto juego estaba a punto de perder. Le pareció sencillo usar el truco de siempre y se metió el dado a la boca. Pero en cuanto eso ocurrió sintió como si tuviera verdadera lumbre bajo la lengua.
—¡Socorro! ¡Socorro! —gritaba mientras corría de un lado al otro de la habitación.
Apu le preguntó, con malicia, qué le pasaba. Amir ya no podía hablar y sólo alcanzó a sacarse el dado de la boca. Apu le acercó una bebida que ya tenía preparada, a base de mantequilla, aceite de palma, miel y jugo de caña, especial para quitar el gusto picante. Amir la apuró de un sorbo sintiendo un gran alivio. Pronto estuvo en condiciones de hablar:
—¿Por qué me hiciste eso? —preguntó a Apu.
—Porque me di cuenta que me hacías trampa en el juego y no lo podía aceptar.
—¿Pero por qué te pareció tan importante, si jugamos sólo para entretenernos? —cuestionó Apu.
—Porque quise enseñarte que entre los amigos existe un compromiso de lealtad y que en cualquier situación, por simple que sea, hay que conducirse con rectitud. Vivir haciendo trampas sólo te traerá problemas, como este picante dado que te sorprendió. —Cuento budista incluido en la antología Jataka.

Sociedad

La lucha de Doña Benita.

A lo largo de la historia han existido personas dedicadas a corregir las injusticias sociales. Una de ellas fue la mexicana Benita Galeana (1907-1995). Tras vivir de niña en extrema pobreza, era vendedora ambulante y aprendió a leer a los veinte años. Se dedicó a promover los derechos de los trabajadores y, en especial, a defender a las desprotegidas mujeres obreras. Fue detenida y golpeada en casi sesenta ocasiones, pero al final de su vida su esfuerzo alcanzó logros y reconocimientos.

Solidaridad

Tres hermanos habían partido, cada uno por su lado, en busca de fortuna. Los mayores eran apuestos e inteligentes. El menor, llamado Benjamín, no tan guapo y un poco distraído.

Meses después se encontraron. Los grandes se rieron de Benjamín y le comentaron: “Si nosotros, con todo nuestro ingenio no hemos podido salir adelante, cómo quieres hacerlo tú, siendo tan bobo?”Andando, llegaron a un hormiguero. Los mayores quisieron revolverlo para divertirse viendo cómo corrÌan los asustados insectos. Pero BenjamÌn intervino:
—Déjenlas en paz. No las molesten.
Pasos más adelante encontraron un lago con docenas de patos silvestres. Los mayores propusieron apoderarse de un par de ellos para asarlos y comerlos. Pero Benjamín se opuso:
—Déjenlos en paz. No los molesten.

 

Por último, en el tronco de un árbol, hallaron una colmena. Producíaa tanta miel que ésta escurríaa por las ramas. Los hermanos mayores planeaban encender una hoguera para hacer un espeso humo, expulsar a las abejas y comerse toda la miel. Pero Benjamín salió en su defensa:
—Déjenlas en paz. No las molesten.
Cansados de caminar sin rumbo, llegaron finalmente a un pequeño pueblo donde, por efecto de un hechizo, todos los animales y los habitantes se habÌan convertido en figuras de piedra. 
Entraron al gran palacio. La corte y el rey habían sufrido el encantamiento de otra manera: habáan caído en un sueño profundo. Tras recorrer las galeríaas los tres hermanos llegaron a una habitación donde habÌa un hombrecillo de corta estatura. 
Al verlos, éste no les dijo nada. Simplemente los tomó del brazo y los condujo a una mesa donde estaban servidos ricos manjares. 

Cuando terminaron de cenar, sin pronunciar palabra, llevó a cada uno a un confortable dormitorio. Los tres durmieron un sueño reparador, y despertaron llenos de energía al día siguiente.
El hombrecillo fue por el hermano mayor y lo llevó a una mesa de piedra para darle de desayunar. Sobre ella estaban escritas las tres pruebas que debía superar para librar al pueblo del encantamiento.
La primera era ésta: en el bosque, bajo el musgo, estaban las mil perlas de la princesa. Había que buscarlas todas antes de que el sol se pusiera y traerlas al palacio. Si no las hallaba, él mismo se convertirÌa en piedra.
El mayor fue pero, a pesar de su esfuerzo, sólo halló cien, y se convirtió en piedra.
Al dÌa siguiente, el segundo hermano realizó la prueba, pero sólo halló doscientas y también se convirtió en piedra.

Llegó el turno de Benjamín. Éste llegó temprano y se puso a buscar en el musgo. Casi no encontraba ninguna y se sentó en una piedra a llorar de aflicción. Pero por allÌ andaba el rey del hormiguero que él habÌa salvado. Veníaa acompañado de cinco mil hormigas para ubicar las perlas.
En muy poco tiempo habÌan encontrado todas y las juntaron en un montón.
Cuando volvió al palacio para entregarlas, BenjamÌn encontó que le esperaba la segunda prueba. La llave de la alcoba de la princesa se habÌa caÌdo al fondo del lago. Era necesario recuperarla. 
Al llegar a la orilla vió a los patos que había protegido de sus hermanos. Todos se sumergieron bajo el agua y, en cuestión de minutos, uno traía la dorada llave en el pico.
La tercera prueba era la más difÌcil. Entre las tres hijas del rey, que estaban dormidas hacÌa meses, había que escoger a la menor, que era la más buena.

El problema es que eran muy parecidas. Sólo las diferenciaba un detalle. Las dos mayores habÌan comido un terrón de azúcar, y la menor, una cucharada de miel. "¿Qué haré?” pensó Benjamín muy apurado. 
Pero entonces, por la ventana entró volando la reina de las abejas y se posó en la boca de la que habÌa comido miel. De este modo, Benjamín reconoció a la más buena.

En ese mismo instante se rompió el encantamiento. Los habitantes del palacio despertaron y todas las figuras de piedra recuperaron su forma humana. Benjamín se casó con la princesa más joven y, años después, llegó a ser rey. Sus hermanos, liberados también del hechizo, se casaron con las otras dos hermanas.

 

—Adaptación de La abeja reina de los Hermanos Grimm.

Templanza

Todas las horas de todas las edades

Eso no significa que debas atreverte a cualquier cosa: si intentas volar como el superhéroe puedes descalabrarte; si tratas de derribar una pared con el puño, el dolor te hará ver estrellas. La templanza está relacionada con la cautela y la moderación: observar las situaciones, reflexionar con cuidado en ellas, saber distinguir dónde y cuándo enfrentas un peligro y decidir la mejor manera de actuar, guiarte siempre por la inteligencia y no dejarte dominar por el miedo. Ser valiente no es aceptar cualquier peligro, sino saber cuál sí y cuál no debes enfrentar recurriendo siempre a la información y el consejo de las personas mayores en las que más confíes.
Como viste, el acero queda templado en un momento. Pero las personas, sus sentimientos y emociones requieren un trabajo mucho más delicado y laborioso que se lleva a cabo a toda hora, todos los días. Es aquí donde entra en juego el valor de la constancia: mantenerte firme en tus principios; rechazar todo lo que intenta apartarte del camino que te has fijado; defender tus propias ideas ante los demás y evitar falsos apoyos como el alcohol y las drogas.
Todos, a diferentes edades, necesitamos de la templanza y tenemos la oportunidad de templarnos. Cuando somos niños, para resistir las dificultades que a veces se viven en la escuela o el hogar; cuando somos jóvenes para seguir con disciplina nuestra elección profesional, aunque exija esfuerzo y sacrificio; cuando somos adultos para formar una familia fuerte y segura y, cuando seamos viejecitos, para entender que ya no tenemos tantas fuerzas o posibilidades como antes, pero que la vida siempre es hermosa y emocionante. Así podremos convertirnos en hombres y mujeres de acero que guarden en su pecho un corazón de oro: los genuinos súper-héroes que el mundo necesita.

Tolerancia

Un bebé rana saltaba por el campo, feliz de haber dejadode ser renacuajo, cuando se encontró con un ser muy raro que se arrastraba por el piso. Al principio se asustó mucho, pues jamás en su corta vida terrestre había visto un gusano tan largo y tan gordo.

Además, el ruido que hacía al meter y sacar la lengua de su boca era como para ponerle la piel de gallina a cualquier rana. Se trataba en verdad de un bicho raro, pero tenía, eso sí, los colores más hermosos que el bebé rana había visto jamás. Este vistoso colorido alegró inmensamente al bebé rana y le hizo abandonar de un momento a otro sus temores. Fue así como se acercó y le habló. 
–¡Hola! –dijo el bebé rana, con el tono de voz más natural y 
selvático que encontró–. ¿Quién eres tú? ¿Qué haces arrastrándote por el piso? 
–Soy un bebé serpiente –contestó el ser, con una voz llena de silbidos, como si el aire se le escapara sin control por entre los dientes–. Las serpientes caminamos así. 
–¿Quieres que te enseñe? 
–¡Sí, sí! –exclamó el bebé rana, impulsándose hacia arriba con sus 
dos larguísimas patas traseras, en señal de alegría. 

El bebé serpiente le dio entonces unas cuantas clases del secreto arte dearrastrarse por el piso, en el que ninguna rana se había aventurado hasta entonces. Luego de un par de horas de intentos fallidos, en los que el bebé rana tragó tierra por montones y terminó con la cabeza clavada en el suelo y sus largas patas agitándose en el aire, pudo por fin avanzar algunos metros, aunque de forma bastante cómica.
–Ahora yo quiero enseñarte a saltar. ¿Te gustaría? –le preguntó el bebé rana a su nuevo amigo. 
–¡Encantado! –repuso el bebé serpiente, haciendo remolinos en el suelo, de la emoción.
Y el bebé rana le enseñó entonces al bebé serpiente el difícil arte de caminar saltando, en el que ninguna serpiente se había aventurado hasta entonces. Para el bebé serpiente fue tan difícil aprender a saltar como para el bebé rana aprender a arrastrarse por el piso.

Fueron precisas más de dos horas para que el bebé serpiente pudiera despegar del suelo por completo su larguísimo cuerpo. Al fin lo logró, pero se veía tan gracioso cuando se elevaba, y chapoteaba tan fuertemente entre el barro después de cada salto, que los dos amigos no podían menos que reírse a carcajadas. 

Así pasaron toda la mañana, divirtiéndose como enanos y burlándose amistosamente el uno del otro. Y hubieran seguido todo el día si sus respectivos estómagos no hubieran empezado a crujir, recordándoles que era hora de comer. 
–¡Nos vemos mañana a la misma hora! –dijeron al despedirse. 
–¡Hola mamá, mira lo que aprendí a hacer! –gritó el bebé rana al entrar a su casa. Y de inmediato se puso a arrastrarse por el piso, orgulloso de lo que había aprendido. 
–¿Quién te enseñó a hacer eso? –gritó la mamá rana furiosa, tan furiosa que el bebé rana quedó paralizado del susto. 
–Un bebé serpiente de colores que conocí esta mañana –contestó atemorizado el bebé rana. 
–¿No sabes que la familia serpiente y la familia rana somos enemigas? –siguió tronando mamá rana–.Te prohíbo terminantemente que te vuelvas a ver con ese bebé serpiente. 
–¿Por qué? 
–Porque las serpientes no nos gustan, y punto. Son venenosas y malvadas. Además, nos tienen odio. 
–Pero si el bebé serpiente no me odia. Él es mi amigo –replicó el bebé rana, con lágrimas en los ojos. 
–No sabes lo que dices. Y deja ya de quejarte, ¿está bien? 

El bebé rana no probó ni una sola de las deliciosas moscas que su mamá le tenía para el almuerzo. Se le había quitado el hambre y no entendía por qué. (Lo que pasaba era que estaba triste y no lo sabía). Cuando el bebé serpiente llegó a su casa, le ocurrió algo similar. 
–¿Quién te enseñó a saltar de esa manera tan ridícula? –le preguntó su mamá, parándose en la cola de la rabia. 
–Un bebé rana graciosísimo que conocí esta mañana. 
–¡Las ranas y las serpientes no pueden andar juntas! ¡Qué vergüenza! ¡La próxima vez que te encuentres con ese bebé rana, mátalo y cómetelo! 
–¿Por qué? –preguntó el bebé serpiente, aterrado. 
–Porque las serpientes siempre han matado y se han comido a las ranas. Así ha sido y tiene que seguir siendo siempre. Ni falta hace decir cómo se sintió el bebé serpiente de sólo imaginarse matando a su amigo y luego comiéndoselo como si nada.

Al día siguiente, a la hora de la cita, el bebé rana y el bebé serpiente no se saludaron. Se mantuvieron alejados el uno del otro, mirándose con desconfianza y recelo, aunque con una profunda tristeza en el corazón. Y así ha seguido siendo desde entonces.

—Cuento tradicional africano

Trabajo

Madre Nieve

Había una vez dos hermanas: Otilia, hermosa y activa, y Regina, perezosa y fea. En una ocasión Otilia llegó a la casa de Madre Nieve, quien le pidió que sacudiera las plumas de una almohada para que nevara en la Tierra. Otilia la obedeció y, cuando quiso volver a su hogar, Madre Nieve la cubrió con polvo de oro. Cuando Regina la vio, sintió envidia y fue a buscar a Madre Nieve. Ésta le pidió sacudir las plumas del colchón, pero Regina no hizo caso. Al despedirse esperaba que la cubriera de oro pero recibió polvo de carbón. ¡Quedó negra de pies a cabeza! "Los que trabajan reciben oro y quienes no lo hacen, carbón" dijo Madre Nieve tras despedirla.

Urbanidad

Juan el sucio

A un niño le decían "Juan el Sucio" porque dejaba todo fuera de su lugar y metía los dedos a la mermelada. Un día el Hada Ordenada entró a su cuarto y le dijo: "Voy a arreglarlo; mientras, ve al jardín". Ahí halló a un cerdito que lo saludó: "¡Hermano!". "No soy tu hermano" contestó Juan. "¡Claro que sí! Mírate las manos y la ropa. Ven al lodo a jugar conmigo" le propuso. "¡No!", dijo Juan. Entonces llegó el Hada: "Tu cuarto está limpio, así debes estar tú desde ahora. ¿Quieres ir con el cerdito o venir conmigo?" "¡Contigo!" gritó Juan, y se fue volando con ella.