Cada persona es valiosa desde el primer momento de su vida. Por el simple hecho de existir posee una dignidad que nadie puede quitarle. Un buen ejemplo es el caso de Joseph Merrick (1862-1890), llamado “el Hombre elefante”.
Se cuentan muchas leyendas sobre su origen. La más absurda sostiene que era hijo de una mujer y un elefante. En realidad nació como un niño común, en una familia inglesa pobre. En los primeros años de su vida no le ocurrió nada raro, pero cuando cumplió cinco empezó a tener síntomas de una extraña enfermedad que le produjo crecimiento desordenado en la piel y los huesos y le dio un aspecto poco común. Su cabeza medía un metro de circunferencia, en el rostro y la nuca tenía un tejido esponjoso que le colgaba, la deformación de sus mandíbulas le impedía hablar claramente, en vez de mano derecha tenía una aleta y sus piernas torcidas le impedían caminar bien sin ayuda de un bastón.
Su madre murió cuando él tenía doce años. Su padre se volvió a casar y la madrastra rechazó al niño que se convirtió en vendedor ambulante para ganarse la vida. Los pequeños de su barrio lo insultaban y se burlaban de él. Decidió huir de su hogar y comenzó a trabajar como atracción de ferias populares, cuyos dueños lo maltrataban y le robaban sus ganancias. Durante una función conoció al doctor Frederick Treves, quien le ofreció ayuda. Joseph inicialmente lo rechazó, pero cuando enfermó gravemente de bronquitis, decidió buscarlo.
A partir de 1833 el doctor Treves lo alojó en el Hospital de Londres para cuidarlo, darle tratamiento médico y evitar que siguiera sufriendo en la calle. La alta sociedad de la época (incluyendo a la reina Victoria) se conmovió al conocer su caso y varias personas acudían a visitarlo para darle ánimos y ayuda material. Joseph Merrick quería vivir como una persona común y en varias ocasiones le pidió a su médico que lo llevara a un hospital de ciegos para encontrar a alguna mujer que no se asustara por su apariencia y pudiera darle el amor que necesitaba. Aunque su aspecto era extraño, sus emociones y deseos eran iguales a los de cualquiera.
Su actividad favorita era pasear por el campo y disfrutar la naturaleza, donde nadie lo rechazaba. En varias temporadas estuvo de vacaciones en fincas rurales de Inglaterra. En ellas hizo nuevos amigos, jóvenes agricultores que lo aceptaban con cariño, y pasaba mañanas enteras recogiendo flores silvestres que luego llevaba a Londres. Lo mejor de todo es que estaba rodeado de personas que lo protegían, lo respetaban y lo consideraban igual.
El 11 de abril de 1890, Joseph murió mientras dormía. Al parecer, intentó reclinar la cabeza como hacemos cualquiera de nosotros para descansar y, por el enorme tamaño de ésta, se fracturó los huesos del cuello. Sus restos se conservaron por interés científico y hasta la fecha los médicos se preguntan qué enfermedad tenía. También se guardan algunos de los pensamientos que dejó escritos: “Mi cabeza es tan grande porque está llena de sueños”, dijo. Aunque pareciera un fenómeno, el “Hombre elefante” tenía anhelos e ilusiones como nosotros.
“Es preferible un fracaso honorable que una victoria cobarde.”
—Filóctetes