Generosidad

Cuento

Fuente: www.valores.com.mx


El rico y el pobre

 

En algún lugar del norte de Europa vivía el conde Walsegg, dueño de una enorme fortuna: entre sus bienes se contaban casas, tierras y animales. Sus negocios lo obligaban a viajar
con frecuencia y solía llevar consigo una bolsita con una importante cantidad de monedas de oro. Una vez se le perdió en el camino, pero como llevaba mucha prisa no se detuvo a buscarla.
A la orilla de ese camino vivía Roderick, un hombre muy pobre, dentro de una modesta choza en la que apenas tenía lo necesario. Una mañana que salió a buscar algunas hierbas para comer, se encontró la bolsita llena de relucientes monedas. En el pueblo cercano preguntó si no sabían quién era su dueño, pues quería devolvérsela. No logró saberlo.

Esperó varios meses a que apareciera el propietario. Como nadie llegó a pedírsela, después de un año pensó que podía usar las monedas sin sentirse culpable por hacerlo. Con ellas compró una granja y le regaló su chocita a un pobre hombre que no tenía dónde dormir. Mediante su esfuerzo la finca fue prosperando poco a poco. Llegó a ser una de las más hermosas y productivas de la región: contaba con lechones, pollitos y vacas que producían abundante leche.
Pasaron muchos años. Una tarde el conde Walsseg andaba por el mismo camino. Como se hacía de noche se acercó a la finca y preguntó si podía quedarse allí. Roderick lo invitó a pasar, le asignó una habitación y le propuso que cenaran juntos.
Animados por el calor de la fogata y una jarrita de vino comenzaron a charlar. El visitante, admirado por el orden y riqueza de la finca, le preguntó cuándo y cómo la había comprado.

—La adquirí hace varios años gracias a una pequeña bolsa de monedas de oro que encontré en el camino. Nunca pude hallar a su dueño —explicó Roderick.
—¿Cómo era esa bolsa? —preguntó el visitante.
—Pequeña, de piel marrón, con un lazo… ¡Espere! ¡Voy a buscarla para mostrársela!
Al verla, el conde reconoció que era la bolsa perdida años atrás y se lo informó a su anfitrión.
—Entonces toda esta finca le pertenece a usted. Con gusto se la puedo entregar —dijo Roderick.
—No querido amigo. Eres un hombre trabajador y honrado que supo aprovechar bien ese hallazgo y se merece lo que tiene. Disfrútalo —asentó Walsseg antes de despedirse.

—Cuento tradicional nórdico.

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