Perdón

Cuento

Fuente: www.valores.com.mx

La ballena herida

 

Las islas Orkney se encuentran al norte de Escocia. Son un lugar frío donde casi siempre llueve. La gente anda muy abrigada y vive de la pesca gracias a las especies de sus aguas transparentes.
En ellas suele haber grandes ballenas, a las que llaman “selkie”.
Los niños las quieren, y les gusta contemplarlas. Pero para los pescadores no resultan tan simpáticas. Uno, en especial, las odiaba porque cada vez que echaba sus redes al agua, las ballenas las rompían sin querer, o mordisqueaban los peces y el hombre no podía aprovecharlos.
Durante una temporada la situación se volvió más difícil: no había un solo día en que la red quedara en buenas condiciones. Y tampoco había peces qué llevar al mercado. Furioso, el pescador decidió solucionar al asunto. Una mañana tomó un filoso cuchillo y se subió a su barca vestido sólo con pantalón corto. Entonces vio venir a una ballena. Se puso el cuchillo entre los dientes y se echó al agua. Su juventud y el cuerpo atlético le permitieron nadar hasta el enorme animal.

Sin pensarlo más, la hirió. La ballena, adolorida, se movía con gran fuerza. El cuchillo escapó de las manos del pescador, y se hundió hasta el fondo del mar. Al mismo tiempo, la ballena lastimada se alejaba. “Perdí mi cuchillo”, pensó, “pero por lo menos las ballenas dejarán de molestarme.”

Al día siguiente llegó a la costa, se embarcó y tendió sus redes. Cuando las sacó del agua estaban intactas, pero vacías. La situación se repitió a lo largo de siete días seguidos, en los que no pudo conseguir un solo pez. Había caído sobre él “la maldición de Selkie”. Sentado en la playa estaba pensando en la difícil situación cuando escuchó que alguien le hablaba por atrás.
—Amigo, tal vez puedas ayudarme. Me interesa conseguir pieles de ballena —le dijo un hombre con el rostro envuelto en una bufanda.

—Todo lo que sea contra las ballenas me interesa, ¿cuánto me vas a pagar?
—Eso ya lo platicaremos. Sólo sígueme.

Caminaron hasta un acantilado. Desde la cima el mar se veía en calma. De repente, el desconocido empezó a pronunciar unas extrañas palabras en voz alta: “¡Hey dun dar! ¡Ho dun dar!”. En un momento aparecieron docenas de ballenas. Sorprendido, el pescador trató de retroceder, pero el desconocido, que se había convertido en ballena, dio un coletazo y lo empujó hacia el mar. Ambos se sumergieron en las aguas.

Cuando recuperó el conocimiento, el pescador se hallaba en el fondo del mar. El desconocido tenía de nuevo forma humana. Al verlo despertar éste le señaló el cuerpo de un joven, recostado sobre una piedra. Parecía muerto, excepto por el color rojo intenso de una herida en el muslo.

—Es mi hijo. Y éste es tu cuchillo —le explicó mientras se lo mostraba.
—Me has traído hasta el mundo de las ballenas para vengarte ¿verdad? De seguro piensas matarme con mi propio cuchillo —dijo el pescador.
—No, no te traje para eso. Podría vengarme, pero eso en nada nos ayudaría, ni a ti, ni a mí, ni a mi hijo. Te traje aquí porque sólo la mano que hizo la herida puede curarla.
—¿Cómo?
—Pon tu palma sobre el muslo de mi hijo y piensa que preferirías no haberlo lastimado.
El pescador colocó su mano en el punto exacto de la herida. Ésta comenzó a cerrarse, sin embargo, por el brazo del pescador subía un intenso frío que le llegó hasta el corazón. Se volvió tan fuerte que sintió que pronto terminaría para hundirse para siempre y perdió la conciencia…

Lo despertó el brillo del sol. Le dolía todo el cuerpo, pero estaba vivo y sano, tendido sobre la arena de la playa. A su lado vio un montón de redes. Eran todas las que habían dañado las ballenas. Pero ahora estaban remendadas, completas, listas para usarse. Y entre ellas estaba el cuchillo. La pesca fue mejor que nunca por aquellos días. De vez en cuando alguna red salía rota del agua. El pescador pensaba: “Ah, fueron las ballenas. Pero ellas, como yo, también tienen que vivir”.

 

—Relato popular de las Islas Orkney

 

patrocinadores
Derechos Reservados Fundación Televisa