Perdón

Cuento

Fuente: www.valores.com.mx

La sala de los espejos

 

En una rica casa de Estambul, con espléndida vista al Bósforo, vivía Gallip, un funcionario poderoso y extravagante que se creía superior a todos: “Soy rico, importante, y guapo. Nadie puede compararse conmigo” se decía a sí mismo.
Para admirarse de cuerpo entero hizo recubrir una habitación con espejos, e iluminarla con una lámpara. Al entrar en ella los reflejos se multiplicaban y Gallip veía su imagen acá y allá. Pasaba horas encerrado allí porque se sentía solo: quién sabe por qué, pero estaba rodeado de personas dedicadas a hablar maravillas de sí mismas.


Sus familiares tenían prohibido entrar a la sala de los espejos, que mantenía cerrada con llave. Pero en una ocasión Gallip tuvo que salir a toda prisa y, por un descuido, dejó abierta la puerta… Y aquí aparece su mascota: el perro Manchas, famoso por sus riñas callejeras. Al peligroso animal siempre le había intrigado qué había en la habitación cerrada, así que aprovechó aquella tarde para ingresar a ella. Peleonero como era, entró a la defensiva, mostrando feroces colmillos y lengua babeante. Una vez dentro se alzó de patas para atacar. Pero lo invadió el miedo.


—¡Santas croquetas enriquecidas con hierro! —ladró para sí. Por el efecto de los espejos le pareció ver a miles de perros iguales a él, furiosos y listos para echársele encima. ¡Grrrrrincluso algunos se proyectaban desde el techo! Manchas creyó que sus enemigos eran reales, se proyectó contra los reflejos y la batalla fue subiendo de intensidad.

 

Fue una lucha terrible: el tonto perro se abalanzaba contra los espejos que había de pared a pared y se golpeaba una y otra vez. Entre el agotamiento y el dolor de tantos trancazos que se dio solito, quedó desmayado.


Cuando Gallip llegó, se dio cuenta de lo que había ocurrido. Levantó al perro y lo llevó al bazar de las especias, con una anciana doctora, a quien reveló el secreto del salón. Ésta reanimó al animal con aceite de árnica. Muy mustio, Manchas se fue a un rincón con la cola entre las patas. Mientras, la doctora hablaba con Gallip:
—Creo que hoy los dos recibieron una lección —le dijo.
—¿De qué hablas? —preguntó Gallip.


—Mira. El mundo es un lugar tan limpio y neutro como los espejos más brillantes. Igual que ellos, nos devuelve lo que damos: si estamos tranquilos, nos regresa  tranquilidad. Pero también ocurre lo contrario: si somos vanidosos, como tú, nos veremos rodeados de personas presumidas; si no olvidamos los errores de los demás, nadie olvidará los nuestros, y si somos violentos, como tu querido Manchas, pronto estaremos entre miles de criaturas igual de agresivas.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Gallip.


—Por lo pronto págame. Luego quítate ese horrible turbante con plumas que te va fatal. Lleva a este perro con un domador y sácalo con correa. Beban agua de hinojo tres veces al día y de ahora en adelante traten de ser modestos y pacíficos.
—¡Guuuauuu! —ladraron a coro el Manchas y Gallip.

—De la tradición popular

 

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