Simón, pintor de ángeles
Ya nadie sabe si todo esto ocurrió en verdad, si alguien lo inventó o si fue una mezcla de sucesos reales con la imaginación. Pero así son las leyendas. Y dice ésta que en 1566, cuando llegó a la capital de la Nueva España, su excelencia el virrey don Gastón de Peralta estaba acompañado de un numeroso séquito personal. A éste pertenecía un pintor llamado Simón, originario de Flandes. Había vivido en Lisboa y Madrid, sorprendiendo con su habilidad como retratista a ricos y nobles. Don Gastón lo había traído consigo para retratar a las figuras más notables del palacio virreinal y así lo hizo: gallardos caballeros armados y ancianas damas con sombrero.
Su destreza con el pincel era exquisita; sin embargo, tenía un grave defecto: era muy malhablado y por cualquier cosa, aunque no estuviera enojado ni quisiera ofender, soltaba un montón de groserías en los idiomas que conocía: español, flamenco y portugués. Su cercanía con el virrey evitaba que recibiera algún tipo de queja o castigo.
La situación de don Gastón no era sencilla, pues muchos intrigaban en su contra. Aunque era amable y caritativo, los oidores (los magistrados más importantes del gobierno) le levantaron falsas acusaciones con el rey de España y éste ordenó su regreso inmediato.
Simón el pintor se quedó trabajando en México. Sus colegas lo envidiaban pues, a diferencia de ellos, tenía cada vez más encargos. Para poner fin a su carrera lo acusaron falsamente de haberlos insultado. Como ya no tenía la protección del virrey fue encarcelado, algo bastante injusto, pues otras personas sí decían muchísimas groserías en plena calle y nadie las castigaba.
Afligido por el encierro, pensó en un plan. Descosió una moneda de oro que llevaba oculta en el pantalón y se la ofreció al carcelero. “Con la mitad de esto, compra pinceles y pinturas para mí. Guarda el resto para ti”. El carcelero siguió sus instrucciones y le llevó los materiales. Aunque su celda estaba siempre sumida en la mayor oscuridad, conocía tan bien su oficio que con ellos pintó en la puerta sin verla una imagen de la virgen coronada por cuatro graciosos ángeles.
Durante una visita de rutina, los jueces admiraron la gracia y la ligereza de una obra perfecta y delicada en todos sus detalles que vieron a la luz de un candelabro. Pensaron que aunque fuera malhablado Simón merecía que lo perdonaran y lo dejaron en libertad. Saliendo de la cárcel trabajó en la Catedral Metropolitana y realizó la imagen principal que ahora se encuentra en el Altar del Perdón. Hay quien cree que es llamado así en recuerdo de su historia.
Para reflexionar
La decisión de don Benito
La segunda mitad del siglo XIX fue una época de agitación en México. Dos grupos con ideas contrarias se disputaban el poder. Los liberales proponían la separación de la Iglesia y el estado y el proyecto de una república democrática. Los conservadores defendían el poder de la Iglesia y los grandes propietarios; pensaban que México no podía gobernarse solo y necesitaba ayuda extranjera.
Los liberales, encabezados por el presidente Benito Juárez, triunfaron en la Guerra de Reforma (1858-1861) librada entre ambos grupos. Juárez recuperó las riendas de la nación e informó que por el momento el país no podía pagar su deuda externa. Francia era uno de los acreedores y al recibir la noticia Napoleón III, su gobernante, planeó invadir México. Los conservadores lo apoyaron y se entrevistaron con el archiduque Maximiliano de Austria para ofrecerle el trono de México. Éste solicitó que se hiciera una consulta y, al recibir una respuesta positiva, aceptó. Él y su esposa Carlota llegaron en 1864.
Por el avance de la invasión el gobierno de Juárez tuvo que salir de la capital y huir de una ciudad a otra. Maximiliano se instaló en el Castillo de Chapultepec y comenzó a gobernar como emperador. El país se sumió en una nueva guerra entre liberales y conservadores pero la situación cambió en 1867, cuando Napoleón ordenó el retiro de las tropas francesas.
Maximiliano permaneció en el país a petición de los militares conservadores y después de varias batallas las tropas republicanas los sitiaron en Querétaro y los derrotaron el 15 de mayo de 1867: Juárez y la república habían triunfado. Una corte marcial sentenció a muerte al emperador. La noticia causó conmoción en el mundo y algunas figuras ilustres, como el escritor francés Victor Hugo y el caudillo italiano Giuseppe Garibaldi, solicitaron a Juárez (a quien admiraban por el poder de sus convicciones) que lo perdonara y le permitiera regresar a Austria.
El presidente Juárez, sin embargo, no le otorgó su perdón pues consideraba fundamental demostrar al mundo que México no estaba dispuesto a aceptar intervenciones extranjeras. Maximiliano murió fusilado el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas de Querétaro y el gobierno de Austria sólo recibió sus restos días después.
Este incidente abre varias preguntas interesantes: ¿fue correcta la decisión del presidente Juárez? ¿Hubiera sido mejor que perdonara a Maximiliano? ¿Qué consecuencias pudo tener una decisión contraria? ¿Importa más la soberanía de un país que la vida de una persona? Discútelo con la guía de tus padres o maestros.
“El dolor es como las nubes: cuando estamos dentro de él sólo vemos gris en rededor, un gris tedioso y trágico; pero en cuanto se aleja y lo dora el sol del recuerdo, ya es gloria, transfiguración y majestad.”
—Amado Nervo
Sea vuestro pecho de bondades nido,
No ambicionéis lo que ninguno alcanza,
Coronad el perdón con el olvido
Y la austera virtud con la esperanza.
—Juan de Dios Peza