Queridos amigos, si ustedes saben de alguien que venda, rente o regale un bozal, por favor avísenme, porque en serio, me urge y es que luego de sumarme a las voces discordantes que aseguraban la derrota del América en Brasil, no me queda más remedio que colocarme el adminículo y callarme el hocico. Las Águilas se metieron al legendario estadio de Maracaná con la etiqueta de víctimas ante el poderoso Flamengo, que los había derrotado al son de 4 por 2 en el Azteca, marcando el adiós de Rubén Omar Romano.
Juan Antonio Luna, relevo del argentino, declaró con cristalina inocencia que sería un milagro si remontaran el marcador en tierras cariocas y ¡bolas!, nomás tres le metieron al popular cuadro negro e vermelho del Fla.
Los de Coapa se rehicieron de un resultado que parecía lapidario pero también lucharon contra una historia que sentenciaba derrotas cada vez que se jugaba contra un equipo brasileño, siempre en fases definitivas, como ocurrió un par de veces ante Sao Caetano y frente al Santos.
América fue coherente y ordenado en su accionar y, cuando la tuvo, se mostró contundente para irle dando forma al milagro, encarnado en un Enrique Esqueda que ya la debía, un Guillermo Ochoa sacando un cabezazo de la línea y ese rentabilísimo chaparrón que es Salvador Cabañas convertido en líder y símbolo de este equipo que se acordó se su raza y estirpe.
Poca gente se acuerda que fue José Antonio García, cuando Jaguares pertenecía al Grupo Pegaso, quién tuvo la visión para traer al guaraní, hoy convertido en ícono del americanismo y así como al inquieto directivo de le señalan las malas, habrá que aplaudirle las buenas y Cabañas ha sido un cañón.
Pero el tema del bozal da para mucho más pues todos aquellos que le entraron al difícil arte de la adivinación, conjeturando la pronta y expedita eliminación del cuadro azulcrema, deberían ir haciendo su pedido ya que las tallas estándar se acaban pronto y uno más chico debe resultar incomodísimo.
Ahora, sin la presión del torneo local y con la moral por los cielos, América se mete de lleno en la pelea por la justa continental y la lección que debe dejar el partido en Brasil, es que nunca hay que dar a un equipo por muerto y menos con el carácter mostrado por los jugadores en la cancha y su vergüenza profesional.
Las críticas vertidas en su momento ante el pobre accionar del conjunto milloneta no se deben soslayar solo por la histórica victoria en Brasil, pero a ésta, es necesario dimensionarla como uno de los episodios épicos en toda la Historia del futbol nacional.
Y a los verdaderos aficionados del América, felicidades, pues han sabido aguantar con los dientes apretados la burla y el ridículo y el triunfo les debe ser dedicado a ustedes, por su fidelidad y amor a los colores.
Bien por América y yo, como dijo el “tata”: ¡Quiero mi bozal!