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Bjork mueve los hilos del mundo

por: Béla Braun
Fuente: esmas.com



CIUDAD DE MÉXICO, México, dic. 10, 2007.- Este fin de semana la Barranca de Huentitán se convirtió en un paraíso pagano de amor y desenfreno, y miles de personas, provenientes de diversos puntos del país se entregaron por completo a la celebración oficiada por Björk: una maga, una niña cósmica que sostiene los hilos del sueño y teje con ellos las danzas de la locura.

Altas eran las expectativas y muchas las dudas. Pero Sonofilia rebasó las primeras y sepultó las segundas. A las dos de la tarde, unas 3 mil personas esperaban bajo el sol a que las puertas del festival se abrieran. Algunos habían llegado desde la noche anterior, aunque debieron replegarse y volver a las siete de la mañana.

Un escuadrón de policías de aspecto hostil y armas automáticas al hombro custodiaba las inmediaciones del lugar, como si esperaran una guerra y no un festín de música, color y devoción.

Al fin las puertas se abrieron y muy lentamente fueron entrando los primeros fanáticos, que corrieron frenéticos los cerca de 600 metros que separaban el acceso principal del escenario. Ahí quedaron, tumbados en la hierba, aferrados a la valla de protección que los separaba del escenario, esperando.

Al fin y al cabo, México esperó a Björk durante años… ¡qué significaban unas horas más!

El sol calaba con fuerza y la bruma dificultaba una vista profunda de la barranca. Incluso desde los dos miradores habilitados, que sostenían a los curiosos a unos 12 metros de altura, era difícil apreciar el esplendor del pequeño cañón.

Sin embargo, cuando el sol se rindió ante el horizonte y se recostó tras las colinas, los observadores pudieron gozar de un espectáculo natural discreto pero hermoso. Comenzaba la noche y en el aire se percibía su espíritu: un caldero de amor y de ansiedad, un desfile de recuerdos y expectativas, un banquete nupcial que celebraría las bodas del dios Hoffman y la Reina de Cristal.

La multitud ansiosa comenzó a saturar los parches de pasto seco dispuestos sobre la terracería y a las siete de la noche se había compactado ante el escenario, a la expectativa de que a él subiera Jay Jay Johanson, pero eso no ocurrió sino hasta la madrugada. Un problema logístico lo marginó de su avión y retrasó su llegada varias horas.

Así que le tocó a Ratatat abrir el espectáculo y lo hizo prodigiosamente, con esa mezcla de rock guitarrero y música electrónica que frenetizó al público.

En poco menos de una hora, el grupo estadounidense colocó los ánimos bien arriba, pero las dudas estaban en el aire: ¿quién saldría ahora? ¿Jay Jay o Björk?

Así comenzó la espera más angustiante de la jornada. Un equipo de utileros y productores de escenarios trabajó afanosamente durante un rato eterno para colocar en su sitio toda la escenografía y los instrumentos que se requerían para el siguiente acto.

Mientras tanto, un coro de geishas enanas bailando hawaiano cantaba desde las bocinas. Una de ellas pedía una sandía con insistencia. O, al menos, eso parecía.

Los tapatíos, impacientes, comenzaron a cantar “Las mañanitas”, el “Cielito lindo”, el Himno Nacional y hasta los “Peregrinos”, mientras un chilango, con un humor mucho más viciado, gritaba: “ya quiten esa chingadera”.

Las enanas callaron. Las luces se apagaron y el escenario se encendió. Una orquesta de vientos con atuendos circenses entró tocando. Les siguió la bruja, la niña diablo, la marciana angelical.

“Anchor Song”… nadie lo creía. Todos se volteaban a ver, como buscando un pellizco. Pero era real. La islandesa encantada brotó desde el escenario como una fuente multicolor y lo inundó todo. La locura comenzó.

“Inmature” y “Aurora” abrieron boca para una de las piezas más significativas de la noche, “All is Full of Love”, que puso a cantar a los cerca de 20 mil devotos asistentes a la misa pagana, mientras Björk, visiblemente emocionada, alternaba con su voz.

El tipo de al lado está llorando. La chica de atrás está llorando. Un poco más allá unos jóvenes se abrazan y se miran como buscando una explicación y todo es sueño y despegar.

Antes de continuar, Björk pidió al público que se concentrara en el momento:

“Siento que me estoy comunicando con cámaras y no con seres humanos… quiero comunicarme con seres humanos, por favor apaguen sus cámaras… quiero que estén aquí, conmigo, esto es un concierto en vivo, no una grabación”.

La multitud aplaudió el gesto y lo devolvió guardando los celulares y las cámaras para que el concierto siguiera su curso.

Cuando las notas de “Hunter” tintinearon en la noche estrellada de Huentitán, la multitud enloqueció. En el escenario, Björk y sus saltimbanquis lo entregaban todo.

“Army of Me”, con rayos láser brotando del escenario, hizo temblar al cañón. La gente estaba frenética, los músicos, conectados, las luces rayaban el cielo y daban color a las nubes de polvo y humo que sobrevolaban a la multitud.

“Wanderlust”, la canción más hermosa de Volta, último álbum de estudio de Björk, pareció larga, significativa, y penetró profundo a los asistentes, ya para entonces rendidos a los encantos escénicos de la artista.

“Hyperballad” y “Pluto” pusieron fin al set principal, y luego de una larga espera los músicos volvieron al escenario. Björk pidió al público que cantara las “Mañanitas” a una de sus cómplices en la orquesta de vientos y los fanáticos obedecieron con entusiasmo.

El encore finalizó con un grito frenético de la islandesa: ¡viva la revolución!, seguido de otra canción de su nuevo álbum: “Declare Independence”, que sonó vibrante, emotiva, punky… y que puso a saltar a la concurrencia.

Björk se retiró del escenario, dejando tras de sí una estela de magia y de elevación.

Luego… el caos. Pupilas abiertas como pozos, extraviadas en la bruma y en las estrellas vigilantes; cadáveres de cerveza en el piso; sujetos dormidos o muertos o huérfanos de sí, tumbados por todas partes; miles bailando, cientos de abrazos colectivos y besos y expresiones de incredulidad y de amor.

Con la música de MSTKRFT, Sonofilia se convirtió en un gigantesco rave, con todas sus implicaciones. Luego vino Jay Jay a aplacar los ánimos con su meloso trip-hop extra fino. Pero ya nada importaba: Björk había movido los hilos del mundo y ya todo estaba en su lugar.