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The Cure lanza su último hechizo

por: Béla Braun
Fuente: esmas.com



CIUDAD DE MÉXICO, México, oct. 23, 2007.- La noche de ayer el Palacio de los Deportes se ocupó a medias y la gente que había adquirido boletos en la sección “E”, la más económica, tuvo que ser reubicada más abajo, y las tribunas vacías fueron cubiertas con enormes mantas negras para disimular el vacío.

Pero eso pareció importarle poco a Robert Smith, a quien se le vio alegre, encendido y vibrante durante las más de tres horas que duró el tercer concierto que The Cure ofreció en esta ciudad.

Esta vez no fueron los fanáticos de culto los beneficiarios más directos de la selección de canciones de Smith, pero tampoco lo fue el público masivo, que tuvo que esperar un buen rato antes de escuchar un desfile de sencillos radiofónicos que lo hiciera levantarse con euforia de los asientos.

The Cure volvió a utilizar la fórmula del ‘Dream Tour’ para abrir el concierto: “Out of This World” y “Watching Me Fall”, esta última de más de 11 minutos, abrieron el camino a “Fascination Street”, que inyectó la primera dosis de euforia entre los asistentes.

Luego vinieron “From the Edge of the Deep Green Sea”, “Club America”, “alt.end”, “The Blood” y “The End of the World”. Pero el mejor momento del concierto se vivió cuando los acordes de “Lovesong” irrumpieron en el recinto y fundieron a la multitud en un coro hermoso y coordinado. Siguió “A Letter to Elise”, igualmente lograda y emocionante; luego, una para fanáticos: “The Big Hand”, que hipnotizó a la audiencia.

Luego vinieron tres joyas más: “Pictures of You”, “Lullaby” y “Kyoto Song” en una versión brillante, cadenciosa, que deleitó a los fanáticos del The Head on the Door, el primer álbum mundialmente exitoso de The Cure.

“Hot Hot Hot”, brillante, abrió paso al que muy probablemente se convierta en el nuevo clásico de The Cure: “Please Project”, una bella pieza de pop cuya melodía vocal es tan imaginativa y perfecta como la de los grandes clásicos de la banda.

En la misma tónica siguió el repertorio con “The Walk”, “Push”, “Friday I'm in Love”, “Inbetween Days”, “Doing the Unstuck”, “Just Like Heaven”, “Never Enough”, y “Wrong Number”.

La noche volvió a aterrizar en el Domo de Cobre cuando la batería de “One Hundred Years” comenzó a sonar, seguida por el típico solo de guitarra de Robert Smith: dos notas rechinantes, duras, metálicas, y luego esa letra extraña y vigorosa: “No importa si todos morimos…” Y no, parece que no importa… luego de tres noches así, de esta magia y de este vigor, no importa si todos morimos, finalmente “Una y otra vez morimos uno, seguido del otro”.

Con la lenta y simétrica agonía de “Bloodflowers” The Cure se despidió. Pero una ovación enorme rugió en el Palacio de los Deportes y ya estaba escrito que la banda volviera, esta vez con un encore enteramente complaciente: “Lovecats”, “Let's Go To Bed”, “Close To Me” y “Why Can't I Be You?”, además de una nueva canción, extrañamente punketa, de la que probablemente escuchemos en el futuro.

El segundo encore fue idéntico al de la primera fecha: un tren de siete canciones de la época de Three Imaginary Boys/Boys Don’t Cry: “Three Imaginary Boys”, “Fire In Cairo”, “Jumping Someone Else's Train” ligada con “Grinding Halt”, “Boys Don't Cry”, “10:15 Saturday Night” y, entre una euforia bíblica, “Killing An Arab”, que fue coreada tan alto que era difícil escuchar la voz de Smith, cantando su clásica pieza dedicada a El extranjero, de Albert Camus.

Una larga pausa antes de que se encendieran las luces hizo que muchos soñáramos con un tercer encore, pero éste jamás ocurrió. Sólo quedaron el eco, el silbido en los oídos, la muchedumbre cansada, camino del caos y la lluvia invocada por la banda la noche anterior, y el vacío. Porque el espacio que ocupa The Cure en el corazón del hombre y en la historia de los hombres no lo llena nadie, ni en "cien años de sangre".