Esto generó más expectativa para Our Love to Admire, su tercer disco de estudio, ya que muchos pensaron que los neoyorkinos cambiarían el sonido que los había llevado a la cima, sin embargo, para esta producción todo sigue igual, cosa que tampoco agradó mucho ya que hay quienes quieren ver una evolución en su música. De esta manera, en 47 minutos, que se dividen en 11 canciones, el grupo demuestra que sigue siendo el líder en este género, obscuro, hipnótico, dramático e independiente, que pusieron de moda a principios del nuevo milenio.
Para este trabajo, de la mano del productor Rich Costey, la banda logró conseguir varios riffs pegajosos, que Daniel Kessler sabe aderezar muy bien con su obscura voz que ha sido copiada por decenas de nuevas bandas. Esto lo demuestran muy bien en “The Heinrich maneuver” y “Mammoth”, primer y segundo sencillo respectivamente, y que sigue una línea a lo presentado en Antics.
Sin embargo, tiene piezas muy bien logradas como “Pioneeer to the falls” y “Rest my chemistry”, la primera, es una de esas canciones que como un libro o película va evolucionando hasta llegar a un climax y luego descender al punto de inicio. La segunda es la gran “balada” del disco.
El disco termina con “The lighthouse”, un tema casi onírico, el segundo más largo, y en el que el grupo muestra su lado más sensible, con un estilo similar a lo que Radiohead hizo con el OK Computer.