Haga clic aquí para ver el micrositio: La Boda Real española CIUDAD DE MÉXICO, México, mayo 24, 2004.- Se cumplió lo que esperaba España entera: Felipe de Borbón y Grecia se casó, cumplio con su destino y con la responsabilidad que le marca la sucesión a la Corona, pero además de ser su boda un evento político y de Estado, España vivió esta gran fiesta como un cuento de hadas, en una ciudad que quiso estar más colorida que nunca y que, a pesar de la lluvia, no disminuyó la alegría de un Príncipe que coronó el amor de su princesa.
Madrid amaneció encapotado, pero listo para la boda.
Se habían dispuesto 169 metros de alfombra del Palacio Real a la puerta de la Catedral de la Almudena.
Los invitados listos desde muy temprano aguardaban el momento.
A las diez de la mañana con 45 minutos repicaron las campanas de Catedral y en el otro extremo el cortejo nupcial estaba listo, la Familia Real en pleno.
Las hermanas del Príncipe, la infanta Cristina con Iñaki Undangarín, primero seguidos de la infanta Elena y Jaime de Marichalar.
Solo entonces apareció el Rey Don Juan Carlos acompanado de su hermana la infanta Pilar, y detrás la reina dona Sofía que acudía a entregar a su hijo Felipe de Borbón y Grecia.
El cortejo completo, el recorrido a penas a tiempo para salvarse de las primeras gotas de lo la tormenta que se avecinaba.
Y ni los cuchillos a San Isidro Labrador, ni los huevos a las monjas Clarisas, impidieron que el cielo se contuviera.
Más de 15 minutos pasó el prometido al pie del altar. Firme, serio y a veces no tan sereno aguardó la llegada de dona Letizia.
Pasadas las once de la mañana, cuando hasta dentro de la catedral se escuchaban los truenos de la tormenta, Letizia llegó a la cita.
Se reveló el secreto que mantuvo a España entera al borde de la desesperacion: el diseño de Pertegaz no desilusionó a nadie. Confeccionado en faya de seda natural española, con un elegante cuello corola y escote en pico, Letizia llevaba una cola de cuatro metros y medio y zapatos del mismo tejido del vestido y un tacón de 10 centímetros de altura.
Entró serena y sobria, del brazo de su padre, esbozando apenas una ligera sonrisa.
Por primera vez, España vio a dona Letizia con una corona en la cabeza y eligió un modelo imperio de platino y diamantes, la misma que uso la reina doña Sofia el día de su boda, un regalo de su madre, la reina Federica de Grecia. Los aretes, también de platino y diamantes regalo de sus majestades , los reyes de España.
Además, la novia llevó una mantilla, regalo de su novio, el Príncipe, bordada con el símbolo de la flor de liz, símbolo de los Borbones.
En sus manos llevaba un ramo en forma de cascada: lirios -emblema también de los Borbones- rosas, azahar y flor de manzano -en homenaje al principado de Asturias- y espigas de trigo, símbolo de la fertilidad.
Y entonces, Felipe la recibió.
Un poco separados, un poco serios, un poco nerviosos y menos emocionados de lo que se esperaba, y cortos en sus señales de afecto, pero muy atentos, sigueron cada momento de la ceremonia.
Don Felipe, respetando el protocolo, pidió la venia de su padre, el Rey, para dar el sí, pero lo sorprendió en un momento de distracción que superó al instante.
Y entonces lo más esperado:
“Yo Felipe te aceptó a ti Letizia como esposa y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y la adversidad, en la salud y en la enfermedad y amarte y respetarte todos los días de mi vida”, decía el príncipe de Asturias.
Ella correspondía apretando fuertemente sus manos y respondió:
“Yo Letizia te recibó a tí Felipe como mi esposo y me entrego a tí, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermeda y amarte y respertarte todos los días de mivida”, correspondió Letizia.
Luego los anilllos. Y en las arras, los nervios traicionaron a más de uno, primero a Monseñor Rouco Varela, arzobispo de Madrid, quien presidió la ceremonia y quien dejó caer algunas de las monedas.
Luego Felipe de Borbón quien olvidó la frase con la que debía entregar a su esposa la señal de que nada faltará en su hogar.
Todo estaba dicho.
La imponente Catedral de La Almudena había sido escenario de la quinta boda real en la historia de la monarquía española: una boda por amor.
Los Príncipes de Asturias subieron al un Rolls Royce desde el que saludaron al pueblo español que, a pesar de la lluvia, salió a las calles para verlos pasar.
La Gran Vía, La calle de Alcalá y el Paseo del Prado fueron algunas de las vías por las que sus altezas reales, Don Felipe y Doña Letizia saludaron por primera vez como príncipes de Asturias antes de llegar a la Basílica de Nuestra señora de Atocha donde ella depositó uno de sus ramos a la patrona de los antepasados de su marido, a quien, según la tradición de los Asturias y los Borbones, debió pedir fertilidad y prosperidad.
De vuelta en el Palacio Real, los esperaban las gaitas asturianas de la tierra de doña Letizia, pero también la familia ansiosa de salir a saludar al balcón, desde donde Felipe y Letizia sellaron su gran historia de amor con un tímido abrazo y un beso en la mejilla antes de volver a su banquete.
Y sí sorprendió el vestido y también la corona, pero lo que más llamó la atención de los españoles fue su actitud, una Letizia como nadie la había visto antes, seria, serena y recatada hasta el extremo y precisamente el día de la boda.