Emily, huracán categoría 4, le pegó a Q. Roo, Yucatán, Nuevo León y Tamaulipas.
Foto: EFE
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Desastres naturales



por: Carlos Loret
Fuente: Noticieros Televisa




El tsunami, ocurrido a fines del 2004, marcó el inicio del 2005; huracanes, tornados, incendios forestales y terremotos demostraron la fuerza de la naturaleza






CIUDAD DE MÉXICO, México, ene. 2006.- 2005: El mar se hace en la tierra, los huracanes son más en número y en fuerza, y pasa igual con terremotos, tornados, incendios forestales, nevadas, pero además, un tsunami.

Es la naturaleza que devasta, que arrodilla al ser humano, que vence sus construcciones y modifica sus geografías. Es la naturaleza y es quizá su forma de exigir respeto.

No había comenzado 2005 cuando una tragedia puso de luto al mundo; 26 de diciembre del 2004, 6:58 de la mañana, nada similar había ocurrido en 100 años.

Era domingo y amanecía con el habitual desplante de belleza en el sureste asiático.

En el subsuelo, las placas de India y Burma hicieron contacto, el choque liberó tanta energía que provocó un terremoto de 9 grados Richter, con un epicentro a kilómetros de profundidad enfrente de la Isla de Sumatra, Indonesia.

Fue así como 23 mil bombas atómicas, similares a la de Hiroshima, estallaran simultáneamente bajo la Tierra, en cosa de segundos se sintió y fuerte, en ocho países de la zona, minutos después, todo el planeta, en mayor o menor medida, registraba las ondas sísmicas del tsunami.

Fue tan fuerte que movió de ruta al planeta, el eje alrededor del cual gira la Tierra, entre cinco o seis centímetros.

Eso fue lo que se sintió, pero no se vio, porque lo que se vio resultó mucho más aterrador. Un mar que se retrajo para luego regresar, en cosa de segundos, con toda su furia, olas de 10, 15, 20, 30 metros de altura que viajaban tan rápido como un avión, a 800 kilómetros por hora, una pared de agua que no tuvo misericordia.

El primer golpe fue en Banda-Aceh, Indonesia, primero, contra pescadores y bañistas después, contra toda una ciudad, el 80% de la población murió.

Dos horas después, Sri Lanka, luego el sur de la India, Malasia, las Islas Maldivas, Tailandia, Birmania, Bangladesh. Las olas mortales llegaron hasta África, en Somalia y Kenia.

Hoy sigue sin saberse con certidumbre cuantos murieron, el saldo oficial, 288 mil personas; además, 5 millones quedaron sin nada que comer y un millón perdieron sus viviendas.

Indonesia cargó con el emblema de la catástrofe, sólo ahí, 228 mil personas murieron y 132 mil permanecen desaparecidas.

Seis meses después de la tragedia esqueletos y cuerpos en estado de descomposición aún se encontraban en la calle.

Y es que donde pegó el tsunami no quedó nada, el sismo cimbró las construcciones y la ola las remató. El agua y su furia esparcieron los destrozos, Banda-Aceh era mirar en cualquier dirección y encontrarse, sin forma, metro y medio de escombros apilados y entre las piedras y los fierros, los muertos.

En Sri Lanka, la situación no fue menor, más que 30 mil personas perdieron la vida y así le siguieron 11 países más.

La Armada de México envió tres barcos en auxilio de la población afectada.

Las donaciones internacionales superan hasta hoy los 13 mil millones de dólares, pero a un año de la tragedia, son insuficientes.

El 2005 amanecía marcado por la tragedia del tsunami, pero era sólo el inicio, las devastaciones naturales, las tragedias, seguirían una tras otra.

En el Caribe, los 21 nombres previstos para los ciclones este año fueron insuficientes. Por primera vez desde 1933, fue necesario recurrir al alfabeto griego para agregar Alfa, Beta, Gama, Delta y Épsilon; 26 tormentas tropicales fueron en 2005, y otro récord, 13 se convirtieron en huracanes.

El más devastador, “Katrina”, azotó el sur y el centro de los Estados Unidos con categoría 5 a finales de agosto. Golpeó a seis estados: Luisiana, Mississippi, Alabama, Florida, Georgia y Tennessee.

Los mayores daños, en Nueva Orleáns, una ciudad construida dos metros por abajo del nivel del mar y rodeada de diques que la ponían a salvo de las aguas del Río Mississippi y del lago Pontchartrain, pero no, al final no la pusieron a salvo.

“Katrina” rompió los diques y al agua que venía del cielo se sumó la que ya estaba en la tierra, el lago vertió sobre la ciudad y la ciudad quedó ahogada, las trompetas del jazz no suenan bajo el agua.

La catástrofe, no la de un huracán, sino la de los diques que no iban a aguantar, había sido anunciada durante años. En Nueva Orleáns vivían 500 mil personas, 100 mil no evacuaron.

En los días siguientes la ciudad se sumergió en el caos. La gente empezó a saquear los almacenes en busca de comida y agua; pero también de armas.

Rápidamente se organizaron bandas de delincuentes, lo que hizo más difícil e impidió, en algunos casos, la acción de las organizaciones de rescate.

Fue necesario imponer la Ley Marcial y enviar 24 mil soldados para restaurar el orden, soldados que pelearon en Irak ahora combatían en su propia tierra y contra los suyos.

Los estadios se volvieron albergues, no bastaron.

La emergencia sanitaria se extendió desde Florida hasta Luisiana por la descomposición de cadáveres bajo el agua.

La Casa Blanca se declaró dispuesta a recibir cualquier ayuda del exterior, el imperio había sido vulnerado.

En una misión humanitaria sin precedente, elementos del Ejército y la Marina de México cruzaron la frontera para ayudar en territorio de Estados Unidos. Por tierra, el convoy estuvo integrado por 45 vehículos con 270 toneladas de alimentos, el Ejército repartió desayunos, comidas y cenas a todos los damnificados.

Por mar, la Armada de México envió al buque Papaloapan con helicópteros, lanchas y vehículos anfibios.

Por culpa de “Katrina”, casi mil personas murieron, cuatro mexicanos incluidos, las pérdidas económicas superaron los 100 mil millones de dólares.

No habían pasado ni tres semanas cuando otra amenaza al acecho, el 22 de septiembre “Rita” llegó a Texas, el saldo, nueve personas fallecidas y grandes inundaciones en ese estado y en Mississippi.

Veinticuatro ancianos murieron a bordo de un autobús cuando huían del ciclón y es que por el puro recuerdo de “Katrina”, todo mundo salió corriendo.

“Emily”, de categoría 4, le pegó a Quintana Roo, Yucatán, Nuevo León y Tamaulipas. Diez mil tamaulipecos se quedaron sin hogar, sólo una persona murió.

En octubre, la devastación llegó a México y Centroamérica de la mano de “Stan”. No parecía una amenaza, pero el problema no era su baja categoría, apenas la uno, la más débil entre los huracanes, sino la cantidad de agua que traía.

El martes 4 de octubre “Stan” azotó las costas de Veracruz. En unas hora provocó 2 millones de damnificados y daños por casi 9 mil millones de pesos.

Pero en la zona más pobre de México, “Stan” fue sólo el remate, la puntilla; desde 10 días antes, intensas lluvias azotaron día y noche a Chiapas, Oaxaca y Guerrero.

“Stan” modificó la geografía del sureste a causa del desbordamiento de 82 ríos.

En Chiapas, el Suchiate, el que divide la frontera México-Guatemala arrancó pedazos del territorio mexicano con todo y casas. En Tapachula, el río Coatán partió en dos la ciudad.

En su intento por escapar de la muerte, algunos quisieron ganarle el paso a los ríos y quedaron atrapados. Decenas de personas desesperadas por huir de la furia del agua lo arriesgaron todo.

No había luz, no había agua potable, se acabó la comida, y lo peor, no había modo de llegar a los sitios, de todos, el problema más crítico fue siempre la incomunicación.

Las intensas lluvias no pararon en 13 días, 13 días sin tregua, por tanto, la esquina de la República no sólo estaba afectada, sino que estaba totalmente aislada.

Con el paso de los días, comenzaron a flotar los primeros cadáveres y surgió el pillaje, helicópteros de la Marina no se dieron abasto en las labores de rescate de personas y distribución de alimentos.

México, una vez más, mostró su lado más noble, la sociedad se organizó para hacer llegar a Chiapas toda la ayuda posible, la Marina y el Ejército desafiaron las condiciones del tiempo para hacerla llegar a comunidades que llevaban días sin comer.

“Stan” cobró la vida de 71 chiapanecos y dejó sin hogar a 31 mil familias.

Pero a unos metros de Chiapas, tan sólo del otro lado de la frontera, Guatemala sufrió más con la misma agua. Oficialmente, murieron 663 y 844 jamás fueron halladas.

El caso más emblemático fue el de Santiago Atitlán; toneladas de lodo enterraron a este pueblo y sepultaron vivos a todos los habitantes, lo que antes era una aldea se tuvo que declarar cementerio.

Cuando apenas iniciaba la reconstrucción de “Stan”, llegó “Wilma”, un monstruo de agua y viento que tocó tierra mexicana a medio día del 21 de octubre y no se fue hasta cuatro días después. Pegó con categoría 4, rachas de 285 kilómetros por hora y un diámetro de 750 kilómetros.

Luego de barrer con la Isla de Cozumel, la emprendió contra la península, desde Cabo Catoche hasta Playa del Carmen, en Quintana Roo, una franja costera de 300 kilómetros.

En Cancún, el principal destino turístico del país, se vivía el mayor desastre de su historia. Los hoteles quedaron en el cascarón, lo mismo hospitales y escuelas. Las casas con un metro de agua, las playas fueron invadidas por el mar, desaparecieron. Los ferrys fueron juguetes de las olas, en la famosa zona hotelera el mar se unió con la laguna. Era un sólo cuerpo de agua que ahogaba Cancún.

El huracán vulneró toda la playa de Cozumel, hoteles, tiendas, restaurantes, centros comerciales que parecían obra negra.

Tres cuartas partes de Isla Mujeres se inundó, era una isla dentro de la isla.

“Wilma” también impactó sobre el oriente de Yucatán.

Un millón de damnificados y luego, lo nunca antes visto en México, la rapiña, la autoridad fue rebasada por los saqueos, la gente tuvo que defenderse sola, era un Quintana Roo sin ley.

La autoridad local no sólo se vio rebasada, sino que fue cómplice de los saqueos. Hasta policías le entraron. Tuvieron que intervenir, de emergencia, las fuerzas federales y el Ejército. Y después del agua, la realidad, sin turistas, sin servicios, el desempleo.

Como nunca el huracán, como nunca los saqueos, pero también como nunca la gente se volcó a la reconstrucción cuando no había terminado de pasar la lluvia.

Las pérdidas y daños por “Wilma” y “Stan” son millonarios. El presidente Fox calcula que el costo será de 30 mil millones de pesos.

El Gobierno Federal aún se rasca los bolsillos en busca de los fondos suficientes para enfrentar la situación, asegura que habrá ayuda económica para cada comunidad, cada damnificado, pero a nivel internacional, México fue reconocido porque la población, Gobierno y medios de comunicación son un ejemplo de actuación conjunta ante las tragedias; el mundo se admira porque en México, las pérdidas son fundamentalmente materiales, no humanas.

Y es que no son sólo huracanes, nada más en noviembre, 35 tornados mataron a casi 30 personas en dos semanas en el centro y sureste de Estados Unidos.

En Europa, cada año se habla de las peores inundaciones, Las peores ondas de calor, las peores nevadas.

Los incendios forestales también van al alza y anualmente devastan 500 millones de hectáreas en todo el mundo.

Sólo en Portugal el fuego arrasó este año con el 10% de sus bosques.

Y los terremotos, los sismos se suceden a lo largo de 2005, en Indonesia, en Chile, Los Ángeles, Japón, Perú. El peor fue en octubre; un terremoto de 7.6 grados en la escala de Richter, desapareció cientos aldeas en Pakistán, murieron más de 70 mil personas.

En este 2005, motivos sobran para preocuparse por la fuera de la naturaleza.

A pesar de los pronósticos, aún estamos a tiempo de detener el deterioro de la naturaleza, de los ecosistemas, del medio ambiente en general, antes de que cada año digamos que es el peor o en un futuro, ni siquiera podamos ya decirlo.


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