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Como España y Portugal en los años sesenta, México es un país exportador de personas. Los mexicanos migran de sus comunidades típicamente hacia el norte en busca de empleo y de oportunidades, y de una vida digna, ya sea de manera legal e ilegal, solos y con familia.
En el camino con frecuencia son vejados y sufren varias calamidades, pero la abrumadora mayoría logra superar los obstáculos y construir un nuevo mundo de oportunidades, a pesar de ello, la ilegalidad de su estatus migratorio constituye una fuente permanente de incertidumbre e inseguridad. Desde esta perspectiva la lógica de un pacto migratoria es obvia y necesaria, pero quizá la verdadera solución resida menos en un gran planteamiento amplio y definitivo que en una serie de arreglos parciales con varios países que en conjunto transformen el fenómeno de una manera integral.
Además de lo que pudiera negociarse con Estados Unidos, hay otras posibilidades. España por ejemplo es uno de los países con menor crecimiento demográfico en el mundo. Su realidad poblacional y su creciente riqueza la han convertido en un país demandante de mano de obra foránea. Yo me pregunto si no sería posible negociar un acuerdo migratorio con España para exportar trabajadores mexicanos a ese país, trabajadores que serían de entrada más compatibles con la sociedad española que los migrantes africanos que dominan la totalidad de la oferta en ese país ibérico. No hay necesidad de poner todos los huevos en una sola canasta.
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