CIUDAD DE MÉXICO, México, feb. 16, 2004.- Corea del Norte es hoy un anacronismo que sobrevive gracias al miedo, a la angustia de un pueblo aterrorizado y al poder de un dictador enajenado. Es triste y dramática la situación de este país que por un lado desarrolla un programa nuclear y por otro permite que millones de sus habitantes esten padeciendo el hambre y la miseria total. Desde su poltrona inamovible y con el respaldo de uno de los ejércitos más grandes del mundo el dictador coreano desafía a Estados Unidos por haber calificado a su país “miembro del Eje del Mal”, categoría que la iguala a las organizaciones terroristas más peligrosas del planeta.
Corea de Norte, su política exterior y su clase dirigente se han puesto de actualidad gracias a las respuestas de Pyongyang a la advertencias de Washington. Las declaraciones del presidente del país más poderoso del mundo en las que incluía a Corea del Norte en el club selecto del “Eje del Mal” –junto con Irak e Irán-, dieron origen a la puesta en marcha de un programa nuclear norcoreano que violaba el Acuerdo Marco suscrito por ambos países en 1994 sobre el estatuto de una península coreana libre de armas atómicas.
Dicho acuerdo establecía, además, la entrega, por parte de Estados Unidos, de 500 mil toneladas de petróleo al año a Corea del Norte y la construcción de dos reactores nucleares de agua ligera para cubrir las necesidades energéticas de ese país a cambio de la cancelación de su programa de desarrollo de armas nucleares.
Sin embargo, el gobierno de Bush suspendió los embarques de crudo a Pyongyang después de que las autoridades norcoreanas confirmaran la puesta en marcha de un programa de desarrollo de armas atómicas -consideradas por Washington como de “destrucción masiva”-, expulsara a los inspectores internacionales de desarme de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), inhabilitara las cámaras de vigilancia de la central nuclear de Yongbyon y abandonara el Tratado de No Proliferación Nuclear (TPN).
Para el gobierno de Corea del Norte cualquier sanción internacional contra su país sería considerada como una “declaración de guerra”, aunque su objetivo último es arrancar de Estados Unidos la firma de un acuerdo de no agresión, sobre todo después de que Pyongyang constatara que Washington ha aumentado la ayuda militar a Corea del Sur y ha desplegado tropas estadounidenses en la frontera surcoreana.
PRESIÓN NORTEAMERICANA
Por su parte, Bush presiona al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para que elabore una declaración que condene a Pyongyang, así como a la amenaza que representan sus programas nucleares.
Entre tanto China, preocupada por relanzar su imagen internacional después del descalabro y la mala gestión durante la crisis del Síndrome Respiratorio Agudo y Grave (SARS), está haciendo todos los esfuerzos posibles por conciliar a las partes, reunirlas en Pekín y encontrar una solución pacífica a un conflicto que parece estar estancado en un callejón sin salida.
Así en agosto pasado, la diplomacia china logró reunir en su capital a las delegaciones de Corea del Norte, Estados Unidos, Corea del Sur, Japón y Rusia, más la suya propia, para tratar el tema de la carrera armamentística en la península coreana.
Las posturas opuestas de los representantes de Pyongyang –que pedían la firma por parte de Estados Unidos de un pacto de no agresión- y los de Washington –empeñados en que Corea del Norte abandonara oficialmente su política nuclear- hicieron que la reunión multipartita de Pekín fuera un rotundo fracaso, resultado que se empeñó el gobierno chino en maquillar y calificar de “gran éxito”, pues se habían sentado las bases para posteriores diálogos.
Desde entonces, los norcoreanos, liderados por Kim Jong Il, se empeñan en poner en marcha sus centrales nucleares, en hacer pruebas de misiles de corto y medio alcance y en desarrollar barras de uranio enriquecido suficientes –objetivo ya cumplido- como para fabricar armas de destrucción masiva, las cuales, según los dirigentes de Corea del Norte, servirán para “proteger su nación del imperialismo estadounidense”.
UNA PAZ QUE NO LLEGA
El 27 de julio de 1953 se firmó en Panmunjom el armisticio, que no la paz, de la guerra civil coreana, concluyendo un alto el fuego que había durado tres años, que costó la vida, entre civiles y soldados, a casi cinco millones de personas –entre ellos 2 millones 600 mil norcoreanos, un millón 070 mil surcoreanos, un millón de chinos y 53 mil 600 estadounidenses- y que terminó igual que había empezado, es decir, con un país dividido en el paralelo 38º en dos mitades, una al norte –bajo el dominio comunista soviético- y otra al sur –bajo la influencia capitalista norteamericana-, igual como se fijara ya en el año 1948.
No hubo, pues, ni vencedores ni vencidos, aunque las autoridades de Pyongyang se empeñen en destacar su absoluta victoria contra las fuerzas imperialistas y el número mínimo de bajas que contabilizan en unos pocos cientos de muertos, según nos recitó de memoria una guía bien uniformada en al Museo de la Revolución Coreana de Pyongyang.
La “guerra olvidada” se trató del primer gran conflicto bélico después de la II Guerra Mundial y supuso un auténtico riesgo de llegar a una guerra nuclear entre las dos superpotencias, pues en el verano de 1949 los soviéticos efectuaron con éxito su primer experimento atómico y MacArthur pensó en utilizar la bomba atómica –igual que hizo en Hiroshima y Nagasaki en 1945-, para terminar con la guerra, en la cual había entrado ya China, país con pretensiones de superpotencia asiática.
Panmunjom, situado a ocho kilómetros de la histórica capital de Kaesong y en medio de la Línea de Demarcación Militar (LDM) en el centro de la Zona Desmilitarizada (ZD), parece ahora una tierra de nadie donde la tensión y el odio fraternal flota en el aire como único testigo vivo de una Guerra Fría anacrónica.
En él se pueden visitar los lugares donde se mantuvieron las distintas conversaciones para alcanzar el cese de las hostilidades, se negoció el intercambio de prisioneros y la sala donde se firmó el Acuerdo de Armisticio, la cual se conserva tal cual desde hace ahora exactamente 50 años.
Sin lugar a dudas, visitar la Zona Desmilitarizada –uno de los mayores ecosistemas vírgenes del mundo debido a sus cuatro kilómetros de ancho, dos hacia el norte y dos hacia el sur desde la Línea de Demarcación Militar, y casi 250 kilómetros de largo, vigilada por los ejércitos de ambas naciones coreanas más tropas estadounidenses y en el que está prohibido el uso de armas pesadas, aunque no ligeras-, fue el acontecimiento más esperado y espectacular de mi viaje.
Alambradas, carreteras con sistemas de seguridad de reconquistas medievales, torretas de vigilancia, minas personales, altavoces emitiendo mensajes propagandísticos, un muro de ocho metros de altura, militares uniformados hasta los dientes y un silencio aterrador, ese fue el paisaje que me recibió en una de las zonas fronterizas más fortificadas, vigiladas y seguras del mundo.
Kim, un oficial del Ejército Rojo ataviado con su uniforme verde musgo y con decenas de condecoraciones en la chaqueta, nos sirvió de guía. Primero nos llevó a contemplar una maqueta, reproducción exacta de la zona que íbamos a visitar y parada fundamental para entender a vista de pájaro por dónde nos íbamos a mover y por dónde no podíamos cruzar.
En un vehículo militar escoltado nos dirigimos hasta el lugar donde se firmó el Acuerdo de Armisticio y donde se celebró un banquete. Después, visitamos las casetas militares, seis en total -tres perteneciente a Corea del Norte y sus aliados y tres a Corea del Sur y Estados Unidos-, donde tuvieron lugar las conversaciones para lograr dicho alto el fuego.
Soldados de ambos ejércitos vigilaban de pie y armados nuestros movimientos. Los surcoreanos, con mirada fiera, intercomunicadores y botas negras, iban ataviados con uniformes de camuflaje de última generación, cascos de protección y armas automáticas, mientras que los norcoreanos vestían ropas militares de la década de 1950, zapatos de calle y gorra en la cabeza.
Desde un balcón se podía observar los movimientos de un ejército mejor preparado y perteneciente a un país capitalista, tras cuya alambrada, a unos pocos metros de nosotros, reinaba el imperio capitalista, el consumo desenfrenado, la tecnología informática, el bienestar social y las comodidades de cenar en un restaurante de lujo o de conducir un deportivo por una autopista segura.
Durante toda la visita a Panmunjom, que se prolongó un par de horas, pudimos conversar con nuestro guía sobre temas políticos. Su curiosidad y numerosas preguntas incentivaron nuestras ganas por conocer su punto de vista.
“La culpa de todo la tiene Estados Unidos”, decía Kim. Y es que si desde siempre el país norteamericano ha sido el enemigo número uno de Corea del Norte, desde que Bush lo incluyera en la lista del “Eje del Mal”, mucho más.
“Si estamos desarrollando una política armamentística nuclear, es para defendernos de un enemigo que tiene más armas atómicas que nosotros”, se justificada el militar.
Cuando me preguntó quién creía yo que ganaría una hipotética guerra entre Corea del Norte y Estados Unidos, no pude más que contestarle que fuera el país que fuera “mucha gente inocente moriría y que esa era la mayor desgracia que podía ocurrir más allá de naciones, líderes o ideas políticas”.
Sin embargo, Kim contestó que él lo tenía muy claro. ”Si hay una guerra entre Corea del Norte y Estados Unidos, nuestro ejército saldrá vencedor, porque los norcoreanos estamos entrenados a luchar por la patria hasta derramar la última sangre de nuestras vidas. No nos importa morir por nuestro país y por el Gran Líder Kim Jong Il”, contestó convencido de que se enfrentaría a una guerra de características similares a la civil coreana de 1950-53.
Kim se olvidó de que una guerra nuclear, va más allá del enfrentamiento cuerpo a cuerpo y que un solo misil puede matar en cuestión de segundos a cientos de miles de personas.
Tras regalarle una cajetilla de cigarrillos Marlboro y una tableta de chocolate amargo, nos despedimos de Kim con un fuerte apretón de manos. “Nosotros aceptamos fumar tabaco norteamericano, porque cada vez que encendemos un cigarrillo es como si quemáramos vivo a uno de ellos”, apuntó el militar contento tras guardarse la cajetilla en el bolsillo de la chaqueta.
Nuestra próxima visita la realizamos a un puesto de vigilancia desde el cual se podía observar un muro de ocho metros de altura levantado por el ejército de Corea del Sur que separa los más de doscientos kilómetros de frontera con Corea del Norte. “Este muro es más alto que el de Berlín”, nos dijo un soldado de edad avanzada encargado de la seguridad del puesto.
Con unos prismáticos algo anticuados y de poca precisión, pudimos contemplar el muro blanco que desaparecía detrás de colinas y montículos. “Es vergonzoso que nuestros propios hermanos del sur nos traicionen construyendo un muro como este”, decía el militar reflejando la idea norcoreana de que Corea sólo hay una y ha sido dividida temporalmente por las fuerzas imperialistas.
Y es que desde la parte norcoreana de la Zona Desmilitarizada, daba la sensación de que Corea del Sur había protegido su frontera con más medios, soldados y recelo que sus vecinos y hermanos del norte, provistos, en todo caso, de un penoso tirachinas.
PROFECÍAS DESALENTADORAS
La escalada de tensión que se vive en el nordeste asiático producida por las pretensiones nucleares de Corea del Norte y las descalificaciones de Estados Unidos no presenta una solución fácil a corto plazo. A este ambiente de confrontación hay que añadir los malos augurios de un antiguo libro de profecías reeditado en Corea del Sur en el cual se pronostica que el conflicto internacional causado por el programa armamentista nuclear del régimen de Kim Jong Il desembocará irremediablemente en una guerra atómica en el año 2007, la cual terminará con la victoria de Estados Unidos, el derrocamiento del líder norcoreano y la unificación de las dos Coreas.
El libro, titulado Las profecías de Song Ha, sabio coreano nacido en 1845 durante la dinastía Chosun (1392-1910), vaticina un panorama mundial entre 2003 y 2010 muy pesimista y anuncia otra guerra nuclear entre Estados Unidos y China, debido a la creciente hegemonía estadounidense en la región, postura que Pekín entiende como un “peligro latente”.
Según las profecías, ciertas o no, creíbles o no, la escalada de tensión entre Corea del Norte y Estados Unidos comienza en el año 2003 y se intensifica en el 2004 después de que George W. Bush pierda las elecciones para su segundo mandato como presidente de la Casa Blanca y sea asesinado, incidente que endurecerá la política exterior y la lucha contra el terrorismo de Washington e incentive a lanzar ataques militares esporádicos a los centros nucleares norcoreanos hasta el 2006.
Sin embargo, el libro también aconseja, cosa que no hace otras profecías como las de Nostradamus, cómo librarse del desastre y alcanzar un consenso pacífico mediante el uso de una diplomacia neutral, equilibrada y el sentido común.
Aunque las profecías en general suelen levantar críticas y comentarios de incredulidad por parte de los que prefieren una postura pragmática según la realidad del momento, la editorial del libro se defiende enumerando algunos vaticinios anunciados de hechos ya pasados.
Así, Song Ha ya pronosticó en su momento el lanzamiento de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki en 1945, la guerra de Corea de 1950 a 1953, la caída de la Unión Soviética en 1991, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington y la guerra en Irak en 2003 que enfrentaría a Francia y Alemania contra el Reino Unido, Estados Unidos y España.