WASHINGTON, Estados Unidos, feb. 17, 2004.- El vicepresidente Dick Cheney tiene apenas seis años más que su jefe George W. Bush, pero sus años de servicio en el gobierno y sus canas ayudaron a compensar la falta de experiencia del gobernador de Texas en las elecciones del 2000. Esas mismas cualidades parecen haber perdido valor político ahora que Bush enfrenta una ardua reelección y Cheney, de 63 años, carga con sus propios fardos políticos.
Las acusaciones de especulación en Irak por la gigantesca empresa de servicios a la industria petrolera Halliburton, presidida por Cheney, así como su insistencia frecuente en que Irak poseía armas de destrucción masiva, se han convertido en blancos habituales de los demócratas.
Bush respalda enérgicamente al ex congresista de Wyoming, secretario de Defensa de su padre y jefe de personal del ex presidente Gerald Ford. Pero algunos republicanos preguntan discretamente si Cheney representará una ventaja o un lastre en las próximas elecciones.
Esto a su vez ha dado lugar a especulaciones sobre los posibles reemplazantes de Cheney. Los nombres más mencionados son el presidente del bloque republicano en el Senado, Bill Frist; el secretario de Seguridad Interior, Tom Ridge; el gobernador de Nueva York, George Pataki y el ex alcalde de la ciudad de Nueva York, Rudolph Giuliani.
Encuestas recientes indican que la popularidad de Cheney es inferior a la de Bush en 10 puntos porcentuales, y son tantos los ciudadanos que piensan que debe partir como los que creen que debe seguir en el gobierno.
"Digamos que me encantaría ver a Giuliani en la vicepresidencia", dijo el ex dirigente republicano Jerry Roe.
"Creo que la salud de Cheney podría ser un factor. Y el asunto de Halliburton suma muchos factores negativos".
Pocos prevén un cambio de fórmula en la mitad de la campaña. Cheney sigue siendo popular entre las bases republicanas y entre el sector más conservador, cada vez más molesto con el aumento galopante del déficit fiscal y con los planes de liberalizar las leyes de inmigración.
Pero si el presidente sigue bajando en las encuestas y las críticas a Cheney se intensifican, los republicanos podrían pensar en un reemplazante.