PARÍS, Francia, abr. 6, 2004.- La reina de Inglaterra, Isabel II, se acercó este martes a la vida cotidiana de los parisinos con un paseo por el céntrico mercado de Montorgueil, antes de almorzar con el primer ministro, Jean-Pierre Raffarin, en la segunda jornada de su visita de Estado a Francia. Por expreso deseo de la soberana, que quería sentirse "cerca" del pueblo, según fuentes diplomáticas, el protocolo incluyó en el apretado programa real la caminata por una calle peatonal llena de pequeños comercios y cafés, siempre en pleno bullicio.
Vestida con un traje azul claro, con su habitual sombrero a juego, la reina recorrió los cerca de 200 metros de Montorgueil protegida por extremas medidas de seguridad, siempre rodeada por sus colaboradores y junto al alcalde de París, el socialista Bertrand Delanoe, en perfectas labores de anfitrión.
"Me ha dicho que estaba muy honrada por el regalo y también emocionada de recorrer un barrio como este, de encontrase junto al pueblo parisino", explicó después un tanto nervioso el pastelero que le había ofrecido un gran huevo de Pascua, de chocolate, confeccionado especialmente para ella.
Acogida calurosamente por los vecinos, que fueron obligados a situarse tras las vallas metálicas que formaron el perímetro de seguridad, Isabel II recibió también varias flores, entre ellas las la de pequeña que logró saltarse el protocolo.
Tras intercambiar algunas palabras -habla perfectamente francés- con comerciantes y artesanos y después de media hora de paseo, una 'limousine' recogió a la reina y al alcalde, que previamente la había recibido en el majestuoso edificio que acoge el Ayuntamiento de París a orillas del Sena.
ALFOMBRA ROJA
Después de una recepción oficial en la alcaldía, que desenrolló la alfombra roja para la visita de la reina y su esposo, el duque Felipe de Edimburgo, la pareja real se desplazó hasta un cuartel de la Guardia Republicana, situado a sólo unos metros de la famosa plaza de la Bastilla.
Allí, ambos siguieron las evoluciones de un grupo de alumnos de la prestigiosa escuela ecuestre de Saumur, en un espectáculo especialmente preparado para la reina, muy aficionada a los caballos.
Tras el paseo "popular" por Montorgueil, la soberana británica y su marido se dirigieron a Matignon, la sede del jefe del Gobierno, Jean-Pierre Raffarin, que les ha ofrecido un almuerzo en su honor.
Esta tarde, en una jornada cargada de actividad, la reina debe visitar la galería de arte británica que el Museo del Louvre abrirá en 2005 en su último "baño de multitudes" en París, además de ser recibida en el Senado y antes de asistir a la cena de gala organizada por el embajador británico en París, John Homes.
Mañana, en la tercera y última jornada de su visita con motivo de las celebraciones de la "Entente Cordial" -el tratado que en 1904 puso fin a las históricas rivalidades entre ambos países-, la soberana y el príncipe consorte se desplazarán a Toulouse (sur).
Allí serán recibidos por el alcalde de la ciudad, Philippe Douste-Blazy, antes de visitar las instalaciones del fabricante aeronáutico Airbus -en el que el grupo británico BAE Systems tiene el 20 por ciento-, en particular la nueva planta de ensamblaje del futuro avión gigante A380.
Desde allí, la reina y su esposo volverán a Londres, tras completar un viaje cargado de simbolismo para celebrar cien años de amistad franco-británica cuando Francia y el Reino Unido se esfuerzan en "armonizar" sus relaciones tras la pasada crisis de Irak, en la que chocaron frontalmente.
Un siglo después de la "Entente Cordial", que abrió la puerta a una alianza anti-alemana, París mantiene un estrecho eje con Berlín, mientras que Londres prefiere mirar al otro lado del Atlántico y se ha convertido en el más fiel aliado de Washington, pero sin olvidar que ambos se necesitan el uno al otro.