WASHINGTON, Estados Unidos, abr. 27, 2004.- Hace casi un año, el 1 de mayo, a bordo del portaaviones USS Theodore Roosevelt, el presidente George W. Bush anunció sonriente el fin de las grandes operaciones militares en Irak, con una manta que decía "misión cumplida". Lo que resultó tan falso como el arsenal de armas químicas, biológicas y nucleares que la Casa Blanca atribuía a Saddam Hussein. Así lo demuestra el intenso bombardeo nocturno a Faluja la noche del miércoles.
El segundo más intenso desde el bombardeo a Bagdad, ahora producto de la larga frustración del Pentágono que ha sido incapaz de apagar el rechazo iraquí a la ocupación en esta población de 200 mil habitantes, igual que Najaf.
En medio del estruendo de múltiples explosiones y gigantescas llamaradas, vetustos magnavoces desde los minaretes llamaban a la oración para mitigar la desesperación de la población civil, mientras viviendas, mezquitas y hospitales caían bajo el impacto de cientos de proyectiles disparados por aviones AC130 artillados y cañones de 155 milímetros.
Sonriente y tranquilo, Donald Rumsfeld justificó los ataques, diciendo que terroristas y remanentes del régimen de Hussein quieren detener el progreso.
Y el general Richard Myers aseguraba que sus fuerzas trataban de balancear pacíficamente la tensión trabajando con los residentes de Faluja y Najaf, donde las tropas arrojaron panfletos advirtiendo a los insurgentes que su último día de vida fue ayer.
En lo que va de abril han muerto 115 soldados norteamericanos que ahora totalizan 721 y más de 3 mil 900 heridos, sin contar miles de civiles iraquíes, daño colateral de los ataques.