COLOMBO, Sri Lanka, ene. 4, 2004.-A las afueras del poblado de Ahungalla está un cementerio budista tradicional, por casi un siglo dedicado a entierros de gente local. Pero en sólo cinco días el cementerio dobló su tamaño: una tras otra en este nuevo lugar se entierran las víctimas del desastre.
Por cinco largos días Arvin de Zoysa y sus hermanos buscaron a su padre Kumara. Por cinco largos días esperaban en silencio, que el anciano de 76 años todavía estuviera vivo.
"Esta mañana finalmente encontré el cadáver de mi papá, casi a un kilómetro de nuestra casa. Por días su cuerpo estuvo entre el barro. No fue fácil encontrarlo", dijo Arvin de Zoysa, hijo de la víctima.
Minutos después llega otro ataúd. Otra vida, de una madre, esposa y hermana, cortada por la gigantesca fuerza del tsunami en el Océano Índico.
Esta tragedia nacional en Sri Lanka consiste en 25 mil tragedias personales.
Usualmente los budistas arreglan funerales muy ceremoniales, pero esta vez las familias acuerdan con las autoridades para enterrar de inmediato los cadáveres descompuestos, para prevenir epidemias.
"He visto muchos más cuerpos que todavía no están recogidos, están en las junglas y es difícil alcanzar estas áreas. He visto cuerpos de hasta 50 turistas, que han muerto", aseguró Dummika Mebdi, hermano de la víctima.